ANA D’ELIA. A propósito de las catedrales

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Así como existe un aprendizaje de la lengua, también existe un aprendizaje de las formas. Saber mirar es menos común de lo que se piensa. Los prejuicios, las falsas ideas, conspiran contra un mirar correcto casi tanto como la falta de capacidad para discernir volúmenes y contornos. Por ello, al mirar solemos producir una verdadera reducción subjetiva del mundo y la realidad. Si pensamos en una catedral, inmediatamente la asociamos a las altas bóvedas lanzadas a la búsqueda del cielo, al empecinado anhelo humano de espiritualidad. Sin duda eso es verdad, pero no enteramente. Es probable que los prejuicios moralistas más o menos actuales de muchos viajeros que han pasado por el pórtico de las catedrales del Medioevo hayan conspirado para que descubrieran las facetas no celestes de estas iglesias episcopales.

Cuántos habrán recorrido los amplios espacios catedralicios, contemplando sin ver lo que las piedras cuentan. El mirar relativizado quizá no les haya permitido detenerse ni un instante frente a las representaciones de los muros. Si los prejuicios no le hubieran velado la visión, en bajorrelieves y gárgolas, en puertas y columnas, habrían descubierto, en sorprendente desfile, una fauna hiperbólica y una flora asombrosa. Esto, junto a escenas de la vida campesina, a monjes y santos, a personas corrientes y seres fabulosos: toda la caleidoscópica multiplicidad del universo y de la fantasía reflejadas allí.

La época en que se erigieron las catedrales fueron los tiempos anteriores a la aparición de la imprenta. En consecuencia, el monumento de piedra habria llenado una funcion pedagógica, divulgadora, siendo, como decía Cabanes, “el único libro disponible para el pueblo”. La catedral, imagen del mundo, compendio de historia, es una proyeccion popular que no escatima los desbordes, los obigarramientos, los elementos edcabrosos.

Gárgolas que vomitan, monos onanistas, los pecados capitales-sobre todo la lujuria- personificados con una imaginacion sin trabas, se trepan por las graves columnas catedralicias, adornan sus frontispicios, conviven en sus ámbitos con penitentes arrepentidos o dulces santas martitizadas. En pleno recinto eclesiastico, el gran tema de la pintura, sin embargo, es la ridiculizacion de los sacerdotes, la igualacion de sus conductas con las peores seglares. No obstante, la mofa a la que se los sometia no era tomada en cuenta por la institucion.

Esta se mostraba tolerante porque el centro de burlas y satiras eran sus miembros, no la institucion misma, que se sabia universalemte aceptada para sentirse insegura por esos ataques que, en ultima instancia, antes que mellarla, la reforzaban. Lo cierto es que la mezcla constante de lo licencioso con la pureza, la seriedad con la sátira, lo privado con lo público, confituraban un orden donde las fronteras entre lo sagrado y lo que no lo era, entre lo permitido y la transgresión diferían notablemente de las nuestras.
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Lo que ahora llamamos obscenidad o pornografia, tenía en la Edad Media un valor muy dispar: todo formaba parte de lo sacro. Erotismo y excreciones, incesto u obsenidades, la vida entera, aun en sus escenas mas grotescas o sus mayores bufonadas, aparecian impregnadas de sacralidad con igual titulo, por ejemplo que los objetos del culto. Lo sagrado no estana estancado, no residia en las imagenes edulcoradas, de una suavidad convencional y distante, a las que nos acostumbrabamos despues, sino que se encontrana en cada objetoy cada ser, palpitaba incluso en actos humanos o bestiales que posteriormente se consideraron repuganrtes. De la casa de Dios, que todo lo habia creado y todo lo puede comprender, nada quedaba excluido, bueno o malo: nadie pretendia usurpar el juicio divino y dilucidad que era apto o inapropiado para figurar alli. Algun padre de la iglesia habia prestado por la intromision de lo pagano en el arte sacro; no obstante, el sincretismo de ambos siguio alimentado el espiritu con un halito divino y candido que se esparcia por doquier.

Los conceptos morales y estéticos son relativos. Por ello, la mujer de las catedrales, que expresa en su rostro los dolores del alumbramiento, afirma su derecho a ocupar el primer rango de belleza al ver forma con su vientre hinchado al escudo del papa Urbano VIII. O los santos caminos del cielo que no vacilan en mostrar sus desnudeces, hablan que la diferencia entre la moral y la no-moral no esta determinada por el grosor de un vestido. Idénticos conceptos de moral y belleza, tan distintos a los nuestros, aparecen también tratados con similar desenfado en los misales y las misericordias de las sillas de coro. Bajo el cincel experto de los artistas del Medioevo, las sillas de coro se colman de imágenes satíricas que no perdonan a siervos ni a monjes, a señores ni a prelados. Castigos y pobreza, delitos y hechicerías, pasan por lo asientos, mostrados al rojo blanco por probos artesanos. Pero, sobre todo, lo que gustan representar son las costumbres licenciosas de la época: monjes lúbricos que acuden a las misas negras nocturnas; maridos disolutos que engañan casi abiertamente a sus viejas esposas con un jovencita; mujeres que se dejan administrar una lavativa en la ventana de un apoticario que da a la plaza pública.

Ni siquiera los misales quedaron exceptuados de la procesión medieval. Los imagineros dejaron en los márgenes de aquellos las huellas de todos los vicios, de los hábitos menos pudorosos. No solo representaron gentes de los pueblos sino, y principalmente, gentes de la Iglesia. De este modo una escena grotesca aparece representado junto a un Miserere, un prelado frente a un cerdo-erguido sobre sus patas traseras y decorado como el, con las insignias del episcopado- se pavonea al lado de la letra de un salmo. Nadie se escandalizaba de las ilustraciones de los antiguos misales, ni de las sillas de coro, ni de las catedrales. Todo ello constituía los emergentes del medio en que se producían, siglos de fe ingenua en que predominaba la alegría de la infancia. De esa infancia que aceptaba el universo tal y como éste se manifiesta. Sin la hipocresía de una educación que suele desviar la mirada, que disfraza y oculta la realidad, en lugar de templar el alma en lo relativo y abrir el espíritu a las expresiones infinitas de la vida.

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