MARION BERGUENFELD Graciela Cabal: “Para mi los libros son un conjuro contra la muerte” (1)

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Se llama Graciela Cabal. Está por cumplir 60 años y tiene 65 libros publicados. Uno de poesía, varios de teatro (una obra suya se está dando actualmente en Buenos Aires), novelas para adultos, para adolescentes, cuentos para chicos… Es abuela, una abuela muy especial, que viaja por el mundo contando sus cuentos en escuelas, en aldeas, en congresos, en bares, a plena luz del sol o junto a la chimenea, como las abuelas de los relatos. En la última década ha recibido muchos premios, los últimos: el Pregonero, de la Fundación El Libro y uno de la Municipalidad, con pensión vitalicia incluída. Pero los bebés que leen sus historias no saben nada de honores, ellos sólo saben que Tomasito, un personaje de Graciela amadísimo, como ellos, una vez estuvo en la panza de su mamá y que aprendió a hablar cuando lo dejaron, por accidente, debajo de la lluvia (una historia real de Graciela con su hijo, el periodista Pablo Pla). Los bebés la adoran y punto. Por eso fuimos a visitarla a su casa de San Cristóbal.

¿Graciela, cuándo comenzó a escribir literatura infantil?

Yo tenía poco más de treinta años, un marido periodista que viajaba mucho, dos mellizas de meses y un nene de tres años. Había estudiado Filosofía y Letras y tenía que trabajar, no por realización personal sino por los mangos, y entré al Centro Editor. Trabajaba de noche corrigiendo galeras. Me gustó eso porque leía muchísimo. También hacía traducciones y un día me propusieron escribir un cuento para chicos. No, yo no se, dije. Me insistieron. Hice entonces mi primer cuento para chicos, Jacinto, que ahora volvió a salir. Ahí me di cuenta que me gustaba escribir aquello, además el libro tuvo mucho éxito, era para nenes bien chiquitos. Contaba la historia de una hija mía con un personaje imaginario que se le aparecía. En esa época escribí el primer Tomasito. Pero nos prohibieron Jacinto en varias provincias. Ni los abogados de la editorial ni yo supimos por qué.

¿Le prohibieron otros libros?

No, pero tuve sugerencias de modificar cosas, sugerencias que nunca acepté. Cuando escribí Tomasito no encontró editor, porque hablaba de un bebé en la panza. De Tomasito me decían además que no se podía ilustrar, pasó mucho tiempo, escribí Barbapedro, entre otras cosas. Ya estando en el Quirquincho se me ocurrió reflotar a Tomasito. Nora Gil que fue la primera que lo dibujó.

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¿Existe alguna diferencia entre escribir para nenes más grandes o para bebés?

Yo no me propongo escribir para una edad, aparece. Si libros como Tomasito, Miedo, Batata o Jacinto, tienen éxito es porque son literatura, no son libros juguete que apretás y suenan cositas, prenden luces, que por supuesto a los chicos les encantan. No son tampoco libros para enseñar. Son historias. Yo no quiero enseñar nada. Todo libro deja una enseñanza pero la literatura no tiene nada que ver con las intenciones. Yo escribí Miedo no para que los chicos no tengan miedo sino porque yo de chica tenía mucho miedo. De noche no podía dormir del miedo que tenía a morirme. Escribo porque no me quedó más remedio que escribir, porque no tenía hermanos, ni perro, ni gato, mis viejos se llevaban mal. Porque cuando mi mamá me leía un libro se iba el miedo y venía el sueño.

¿Qué importancia tiene la literatura en la infancia?

Yo hablo mucho del impacto inicial de los libros en los chicos. Hay una frase de Juan Gelman que me fascina, él habla de la herida inicial de la palabra. Cuando voy a trabajar con docentes les hago recordar las primeras cosas vinculadas con la palabra, las canciones que les cantaba la mamá, o los abuelos, palabras en otros idiomas. Es importante contarles historias a los chicos desde que tienen meses, historias reales o no reales, darles libros. Mamá me cantaba cuplés para que me durmiera. Cuando ella murió lo primero que hice fue buscar un libro que tengo en la biblioteca, de Andersen, que me leía, y volver a leérmelo en voz alta. Yo ya tenía un nieto pero igual estaba triste, tristísima, hacía un año y medio había muerto mi papá. Uno es huérfano aunque tenga cien años, aunque sea abuelo. Entonces para recuperar la voz de mamá empecé a escribir Secretos de Familia, una novela que recibió varios premios. Me encerré en mi casita del mar, a escribir a mano, cosa que nunca hago, eran como recuerdos. Me llevó tres años hacerla y al terminar me sentí mejor.

En sus historias usted vuelve una y otra vez a la infancia…

Escriba para chicos o para grandes siempre escribo desde la infancia, no para la infancia. Todo lo que narro es autobiográfico, pasado por la literatura. Uso palabras que no son de ahora, como acococho, los chicos las incorporan perfectamente. Pido por favor que no cambien las palabras cuando les hablan a los nenes porque es así como el lenguaje se trasmite. Además no hay que entender todo, la esencia de lo literario justamente es el doble mensaje, el misterio, la magia. Lewis Carroll decía que cuando la palabra se entiende toda, se seca.

 

O sea que no le parece bien que la literatura infantil sea para enseñar algo…

Yo jamás haré un libro para enseñar, excepto si tengo una intención didáctica, por ejemplo con libros que hice sobre ecología. Pero con la literatura… ¿qué se yo qué quiero?, yo escribo. No pienso ni en los nenes, ni en los grandes ni en nadie. Pienso en esa historia que estoy escribiendo y después el resultado es el resultado. Y lo que nunca hay que hacer es usar la literatura para otra cosa, para enseñar sujeto y predicado, por ejemplo, ni siquiera para salvar a las ballenas, para eso existen otros discursos. Por eso lo importante es que los adultos lean, a un maestro muy lector jamás se le va a ocurrir algo así. Porque como decía John Carver, la literatura está ahí sólo por el feroz placer de escribirla y por el feroz placer de leerla. Por ese placer y nada más.

Nota del blog:  (1)

El presente trabajo le fue encargado a Marion Berguenfeld hace más de una década por un importante diario de Buenos Aires pero, por diversas y confusas razones, nunca llegó a publicarse. Reproducimos hoy este reportaje por considerar que Graciela Cabal fue realmente una mujer del tercer milenio, una escritora inteligente, osada, creativa, culta y sencilla. Vaya entonces este testimonio como homenaje a la creadora desaparecida en febrero de 2004.

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