María Amelia Díaz: Ángela Carranza. La Iluminada.

Estándar

Además de ser mujer fue oriunda del interior, reivindicó la santidad de un indio, criticó abusos del clero y se atrevió a opinar sobre los dogmas. No cabía para ella otro destino que el silencio.

Había nacido aproximadamente en 1642, en la ciudad de Córdoba, provincia de Tucumán. Declaró ser hija legítima de don Alonso de Carranza y Mudarra, español, caballero de la Orden de Santiago, y de doña Petronila de Luna y Cárdenas, natural de Santiago del Estero (Tucumán). En sus declaraciones agregó ser cristiana, bautizada y confirmada, y doncella. Cerca de sus veinticinco años se trasladó sola a Lima sin marido ni dote, entregada a un profundo misticismo que la llevó a tomar el hábito como beata Agustina, por esta elección lno estaba obligada a vivir en forma conventual ni apartarse del mundo. Era la única forma de mantener su independencia frente a la Iglesia y la sociedad y lo hizo bajo el nombre de Ángela de Dios.

Ángela declaró tener visiones y en  algún momento declaró oír una voz que “le parezió ser la del Señor que le dixo no te tengo para casada y otras vezes oía una voz frequentemente que le dezía sígueme”. Se le atribuyeron muchos milagros, tantos que la gente, sin distinción de clases, la se disputaba sus reliquias, que llegaron hasta Roma. Adquirían hasta sus uñas como amuletos con poderes sobrenaturales.

Como era de rigor, Ángela Carranza  elige entonces al fraile agustino Bartholomé de Ulloa para tenerle “obedienzia”. De allí en adelante, y de acuerdo al consejo de su éste, la beata sólo hablaría de sus reflexiones y de sus arrobos místicos con él, quien es el que la insta a escribir sus revelaciones. Lo reemplazaría Agustín Roman, también agustino, y más tarde Ignacio de Ixar, cura de San Marcelo. La presencia de estos clérigos, según las propias palabras de Ángela, garantizaba el buen camino de su experiencia mística y “corría con seguridad de conzienzia”.

Sus abundantes escritos en materias teológicas fueron el resultado de quince años en los que redactó quince libros, compuestos de quinientos y cuarenta y tres cuadernos, con más de siete mil y quinientas fojas, cuyo asunto principal era el misterio de la Concepción purísima de Nuestra Señora, y. decía,”se encaminaba a que por sus escritos había de declarar la Santa Sede Apostólica por de fe, y que para este fin la había Dios elegido singularmente, constituyéndola maestra y doctora de los doctores.”
Según los cuadernos y las propias declaraciones, la beata recibía las revelaciones divinas durante sus arrobos místicos que se llegaron a suceder a diario. También experimentaba “transportaciones” que la llevaban a otros lugares. Este tipo de experiencias fueron comunes en los místicos y santos de la época y de periodos anteriores.

También tiene poderes especiales en el terreno de lo profético, anunciando desgracias y buenaventuras.

La beata se conecta además con “los alumbrados” grupos que no constituyeron un movimiento unificado. Sánchez Dragó  los describe como brotes de grupos e individualidades en Castilla y Andalucía y otros transplantados a Hispanoamérica donde todos sus seguidores perseguían el mismo fin: la vivencia directa en su relación con la divinidad no intermediada por las jerarquías; la valoración del sentimiento más que lo ritual y una fuerte relación afectiva con Cristo y su Madre. Ese movimiento determinaba en sí mismo una religiosidad de enfrentamiento frente al poder absoluto de la Iglesia.

En 1689, la Santa Inquisición la detuvo acusándola de no guardar los votos de obediencia, pobreza y castidad.

Porque no sólo de la Concepción Purísima trataba Ángela en sus escritos. A la beata le inquietaban también las penurias de su entorno, que fueron interpretadas por sus como castigos al mal comportamiento.

Pero también sus críticas iban hacia la vida conventual, a la jerarquía eclesiástica, a la Inquisición, que ella llamaba “cueva de ladrones”, al gobierno colonial “lleno de injusticias, codicias, tiranías y ventas de oficios” a la monarquía, a los virreyes españoles y a los funcionarios por sus abusos de poder “no tienen otra mira que al dinero y pervertir la justicia

Ángela se hizo notar por su piedad, sus visiones, su inclinación al razonamiento teológico y al debate de cuestiones eclesiásticas. Ella sostenía que en sus diálogos con el Señor Él llegó a decirle: “Con el amor que te tengo no reparo en nada”

Su principal acusador, el inquisidor Francisco de Valera, manifiesta que funcionarios y dignatarios destacados consideraban una distinción el trato con la iluminada, ya que Angela orientaba tanto a los poderosos como a la gente común con sus consejos y visiones, pero acusaba a esta mujer con acceso a Dios como una mistificadora que Satán utilizaba para adiestrar el mal.

Durante su proceso actuaron como calificadores ocho sacerdotes de todas las órdenes, excepto de los propios agustinos, que leyeron y analizaron durante tres años los cuadernos de la beata así como las declaraciones de 130 testigos. Estas autoridades calificaron a sus escrituras como heréticas por sus opiniones a propósito de la Inmaculada Concepción. Otras afirmaciones fueron evaluadas como “malsonantes, temerarias, escandalosas, ofensivas en los piadosos oydos, sismáticas, impías, injuriosas, denigrativas de los próximos, blasfemas, peligrosas, arrogantes, presumptuosas, disparadas, y muchas de ellas abrir al puerta al desemfrenamiento de las costumbres”. “(…) pudiera tenerse por heresiarca famossa, autora de pestilentes doctrinas y dogmatisante”

 Ángela de Carranza reconoció ser autora de cada afirmación escrita en el diario, aunque negó algunas de las acusaciones. Pero aseguró una vez más que lo había hecho en un acto de obediencia, y no por su voluntad.

Pero el colmo del escándalo era que se atreviera a escribir. Refiriéndose a Ángela nos lo dice una vez más el propio inquisidor Valera: “lo que más horrible fue era lo que ocultaba al pueblo y solo manifestado a sus confesores”

La Dra. Rocío Quispe Agnoli, una erudita en literatura colonial, señala este otro terreno en el que Angela Carranza se salió de los roles permitidos a una mujer de su tiempo: el control de su escritura.

La escritura en la sociedad colonial hispanoamericana fue regulada de manera muy efectiva. Si una mujer escribía, eran hombres (confesores, padres, guías, jueces) los que evaluaban dicha escritura antes de que se hiciera pública y, si era necesario, la reescribían.” Pero “ Ángela revierte la jerarquía religiosa que inaugura la relación entre hombre confesor-guía espiritual y mujer confesada / guiada, al reclamar durante su juicio la propiedad intelectual de sus cuadernos”.

Al culminar el proceso, los abogados pidieron su absolución dado que la acusación de herejía no procedía, puesto que la presencia de sus confesores la amparaba. En 1693 Ángela de Dios fue sometida a tormento “puesta en la sincha y ligados los brasos y no más” . Se limitó a decir que no había nada más de lo que tenía escrito y declarado en las audiencias

Tras una audiencia voluntaria solicitada en 1694 debe reconocer sus faltas y pedir perdón. En ese mismo año el Tribunal sentencia a la beata a salir en auto público de fe que e lleva a cabo en el convento de Santo Domingo.

Carranza fue sentenciada a cuatro años de encierro en un convento, a otros diez años de destierro, a la prohibición de hablar de sus experiencias y a la privación de “papel, tinta y plumas “para que no escriba”.Sus 500 cuadernos fueron quemados.
Esta política de silenciamiento femenino fue eficaz sido eficaz, consiguió  instalar en el recuerdo a otras personalidades religiosas más sumisas al orden eclesiástico.  De Ángela Carranza, que ha sido olvidada casi hasta hoy, en nuestra Argentina, su tierra natal, poco se ha dicho o escrito sobre ella, solo hallamos una mención de Sarmiento en “Recuerdos de provincia” y lo hace ridiculizándola.

Pudo haber sido nuestra santa Teresa que gracias a su inteligencia y sus trabajos fue declarada doctora de la Iglesia, una mística de la literatura femenina, nunca lo sabremos.

Su osadía fue haberse enfrentado  al orden establecido y peor todavía haber escrito en una época donde la lucidez femenina y la libertad de pensamiento no estaban permitidas, no cabía para ella otro destino que el silencio.

Seguramente sofocada por tanta mordaza murió al poco tiempo, en 1698.

 

 

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