Ana D’Elia: Apuntes sobre la creación y las mujeres

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La creadora delimita en su obra un campo de expresiones ofrecidas a la consideración ajena. Ese campo encierra determinaciones concientes, generadas por los hondones de la experiencia óptica tanto como resoluciones volitivo-intelectuales, A las primeras pertenecen las intuiciones individuales e irrepetibles cuya mayor o menor profundidad dará el grado de excelencia del tale3nto creador. Las determinaciones volitivo-intelectuales, en cambio, configuran el laborioso trabajo que todo ser creador conoce. Artesanía que se nutre de la tradición, de lo observado, de la memoria, de lo que le suministra, en síntesis, la realidad. Para luego elegir los elementos con que diseñará los caracteres, dará la forma de un poema, articulará una trama o ensayará una tesis.

Inmersa en su circunstancia, heredera del pasado, la creadora, al trazar los signos que quizá sean perdurables, no podrá evadir las exigencias, imperativos, señales, mandatos del mundo que la rodea y que, en parte, configura también su mundo interior. Y no podrá hacerlo porque el orden de la sociedad reina omnímodo y el escape total es imposible. Toda vez que alguien lo pretenda, quien ose estar afuera, ya no tendrá ojos para ver y el precio para conseguirlos será el valor de las convenciones de lo social.

 

endoespejo

 

La literatura, el arte en general, han sido hasta ahora, casi sin excepciones, falsamente neutrales. En verdad, arte y literatura tienen color, posición social nacionalidad, raza y, sobre todo, tienen género.  En este sentido, el patriarcalismo y el clima cultural adverso han efectuado un verdadero canibalismo sobre el potencial creativo femenino. Porque a la mujer le fue sistemáticamente negad o retaceada la libertad de expresarse, de ser, que exige todo acto creador. Enormes y variadas fueron las prohibiciones y censuras que se levantaron como muros poco menos que infranqueables: carencia de educación apropiada, falta de estímulos, de dinero y poder, de un estatus social reconocido.

Los mandatos de la sociedad pugnaron permanentemente por ahogar a la creadora incipiente. En muchos caos, el éxito fue total; en muchos otros, afortunadamente, las presiones negativas no lograron silenciar voces como las de Safo o Colette, Santa Teresa,  lady Murasaki o Virginia Woolf. En otros caos todavía, el impulso creativo, contrapuesto a las exigencias y expectativas sociales, acabó por devenir en una tensión insoportable que, al no encontrar una solución de equilibrio, terminó en fines trágicos, como el suiciio que puso fin a tantas valiosas artistas.

Género postergado socialmente, la cultura del velo le ha negado asimismo a la mujer el cultivo y desarrollo de las cualidades sobre las que se asienta la creación: la independencia de juicio, la auto-afirmación y la autoridad para hacerlas válidas y creíbles para los demás. Asimismo, ha negativizado las motivaciones: impulso de competencia, desarrollo intelectual, necesidad de diferenciarse por lo que se hace, preferencia por la complejidad. En resumen, rebeldía e independencia se encuentran en las antípodas del modelo femenino tradicional. En consecuencia, la necesidad de comprenderse ante todo a sí mismas hubo de relacionarse largamente con el acto creador. Esto se evidencia en gran parte de la literatura contemporánea, particularmente en la norteamericana y europea. Las mujeres están haciendo ingresar su cuerpo a la escritura. Y este ingreso se debe a que quizá sea lo más confiable y seguro con que cuenta la mujer, aun cuando incluso los datos de los sentidos suelen esta mediatizados por la óptica androcéntrica.

A pesar de que la morosidad en lo corporal quizá no sea lo óptimo, es preferible que la creación se resienta de un exceso de biologicismo antes de la queja o el lamento que han fisurado muchos excelente intentos femeninos, tanto en poesía como en narrativa.

De todos modos, tanto el sollozo como la auto-percepción son dos formas de conciencia de sí que no siempre han dado buenos frutos. Muchas damas solitarias que las cultivaron con frecuencia no lo hicieron con el talento que se precisa para salvarlas de lo pedestre.

En su faz combativa, reivindicatoria de lo femenino encontramos una ancha franja política que ha dado excelentes textos. La prosa de una Gabriela Coni, de una Carolina Muzzili, de una Alicia Moreau de Justo, se encienden con su ansia de independencia pero, precisamente el exceso de preocupación por ese objetivo  limita su alcance literario, plegando las alas del vuelo que exige la creación.

 

Según Bachelard, quizá nada defina mejor un estilo o una poética que el tratamiento del espacio. En las expresiones de las mujeres poco lugar se le concede a ámbitos como el mundo del dinero, la delincuencia, las intrigas internacionales, cierto tipo de conflictos espirituales. Antes bien, los espacios que proponen se relacionan con una perspectiva más intimista y particularizada. Más privada y armoniosa. Sin embargo, para plasmar ese mundo se enfrenta con que su herramienta principal, el lenguaje, no reúne las condiciones para transmitirlo adecuadamente.

El lenguaje, hecho cultural determinante, es una construcción parcializada y artificial, un venero de simbolismos y sentidos que se han ido fraguando desde los albores de la cultura. Ese repertorio ha sido labrado y burilado generación tras generación, depositando allí losas sucesivas ideas y creencias de la mandad.  Ese repertorio de comunicación, que debe ser asimilado por cada persona, pronto se demuestra insuficiente para la creadora que no quiere repetir fórmulas patriarcales porque el lenguaje no ha sido vivenciado desde los aportes femeninos y, por ende, no responde a sus exigencias y necesidades.

En la apropiación que el varón ha efectuado en el plano social como representante de la mujer y en el psicológico como sujeto significante, ha ido diseñando uan forma de tratamiento personal e interpersonal que acabó por convertirse en norma. Así, desde la infancia, se recibe con el lenguaje la noción de género, no solamente un género gramatical de aplicación arbitraria sino un masculino y un femenino con significaciones y contenidos tendenciosos. Esta duplicidades valorativas conllevan un signo de predominio a favor del varón; en cambio “… la mujer -afirma Robin Lakoff- experimenta la discriminación lingüística de dos maneras: en el modo en que la enseñan a usar la lengua, y en el modo en que el uso colectivo del lenguaje la trata a ella.”

Sea a las connotaciones diversas que tiene una misma denotación, según se aplique a uno u otro género; sea en el ocultamiento o escamoteo de lo femenino -por ejemplo, en la formación de plurales-: sea en las forma automatizadas del habla o en el reflejo arbitrario de los valores morales, el lenguaje demuestra permanentemente su doble código, la carga de cuyo beneficio es masculino. Sin olvidar, obviamente, el peso semántico de las palabras mismas, forjadas a imagen de la acción y el cuerpo masculino. Por ello, toda escritura que quiera modificar esos lineamientos, que quiera plegarse a las circunvoluciones auténticas del género mujer, no podrá dejar de lado el intento de transmutar el vehículo expresivo. Eso no significa que haya de crear un lenguaje críptico, hermético, sino que ha de ir integrando su cosmovisión a la lengua común para que ésta se flexibilice con una marcación menos rígida de la dicotomía natural de los sexos biológicos.

alternativa

 

 

Desde los primeros balbuceos en la arena literaria, cuando las mujeres hubieron de lanzarse con regularidad a la arena creadora hasta el momento actual, mucho ha cambiado el panorama de las letras. La novela y la autobiografía, los moldes preferidos, van a ser transitados una y otra vez con una auto-conciencia femenina cada vez mayor. Sin embargo, esta fidelidad a las propias percepciones no suele ser aceptada fácilmente, ni por el público en general -que silenció durante largo tiempo las producciones de mujeres- ni por sus pares, cuyo juicio suele ser parcial y poco benévolo.

Lo cierto es que la obra de una mujer que no se traicione ni elija las vías de expresión consagradas por el patriarcado, produce siempre malestar y escozor en la conciencia de la comunidad, porque necesariamente contiene elementos que se apartan de la norma. Y la norma es que las mujeres no se erijan en sujetos críticos protagónicos.

El cuarto propio, que quería Virginia Woolf, un espacio-tiempo necesario para el sueño, la meditación o el trabajo, es una realidad para muchas creadoras. Tanto, que la literatura está cada vez más en manos de mujeres, tal vez por ser un oficio poco rentable, sobre todo en nuestro país. Sin embargo, los temas específicamente femeninos y sus desarrollos  no son tomados como de primordial importancia. Ni forman parte de la estética predominante. Más respetuosa de enfoques bélicos, violentos, de dominio que de los derivados de una concepción más armoniosa de las relaciones.

La gran corriente estética no ha sido generada con el aporte de las diferencias: los colonizados, los oprimidos, las minorías de toda clase sino con la imposición de un patrón al cual plegarse. Modelo del cual también estuvo ausente, por supuesto, la gran diferencia, la diferencia de género. Aunque resulte difícil de creer, esta omisión voluntaria de más de treinta siglos de literatura, recién comenzó a cuestionarse hace un par de décadas. Por primera vez comenzó a discutirse la universalidad de las preceptivas y normativas estéticas hasta entonces aceptadas.

El debate se centró en dos ejes: redefinir lo general mediante el aporte de las mujeres o, en su defecto, construir, lisa y llanamente, una estética femenina alternativa. Por ser muy reciente este movimiento, los resultados son todavía magros. No obstante, comienzan a entreverse algunas señales postivoas.

Una de ellas es que las producciones femeninas ganarán en auténtica originalidad en tanto las mujeres adquieran una mayor conciencia de sí y de sus percepciones. Percepciones que, en general tienden a la curca, a la espiral, a la morosidad y el regreso a un mismo punto -pensemos, por ejemplo, en una <Marguerite Duras o una Clarice Lispector- antes que al estilo triunfalista y uni-direccional de la visión masculina.

Las escritoras están empezando a re-dimensionar su tiempo y su espacio junto con el espacio y el tiempo ajeno, en una síntesis valorativa distinta. Escuchan sus propias voces antes que los cantos de los faunos y dialogan con menos trabas y miedos con su cuerpo, su mente y su medio. Así, lentamente, de la crisálida de la misoginia está surgiendo la mariposa de un arte donde no está excluidas la sangre, la médula, las lágrimas dolores y alegrías emanados de la mitad silenciada de los seres humanos.

Imágenes: http://rxpression.wordpress.com   

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