Beatríz Broide: Dina Rot -Una cantante comprometida

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Trazar una semblanza de  la riquísima trayectoria de Dina Rot implica, además, recorrer  los caminos de la memoria, de la Historia y de las historias. Porque en su canto,  en su decir, en su refinada voz también resuenan las voces de sus antepasados, de los ausentes, de los que no pararon de transitar las arenas del mundo: son voces que la habitan y que Dina  construye y re – construye  con honestidad,  rigor  y disciplina. Lo hace desde el corazón  y desde el alma,  en una obstinada y fascinante búsqueda que amalgama impregnando  su canto con amorosas vibraciones  y exquisita sensibilidad.

Nació en Mendoza, en el seno de una familia de inmigrantes judíos rusos, que muy pronto se trasladó a Santiago de Chile. Su abuelo había sido cantor litúrgico en una sinagoga de un pueblo cercano a Kiev  y  en  su madre  quedó ostensiblemente depositado el dolor del trasplante.

La familia siempre cantaba: la alegría o la nostalgia se expresaban cantando. La voz grave de su abuelo era serena, melodiosa, cálida … La hermosa voz de contralto de su madre mostraba una intensa tensión: cantaba un pasado perdido  e implacablemente empecinado en acosarla, en afligirla , en lastimarla…

Esas voces dejaron huellas imborrables en el canto de Dina. Fueron dos voces conductoras, dos latidos disonantes que la perturbaron durante muchos años: el timbre dramático de su madre  y la voz de su abuelo, en la que no  había exigencias ni temores, sólo placer.

Aquellas eran dos maneras de cantar, dos maneras de vivir. Dos voces esenciales que finalmente, con un profundo trabajo de introspección reflexiva,  Dina consiguió ensamblar para convertirlas en una sola voz . Una voz que adquirió una  magnífica sonoridad entera, integrada, armónica…

Hoy,  pregunta y se pregunta: ¿qué cantaban esas voces?

Y reflexiona: “El exilio se lleva consigo la lengua y la canción. Son el bagaje sentimental de un pueblo y, cuando se abre la caja de los recuerdos, se canta. Lo que percibimos en una voz no es sólo su sonido; nos conecta además con un cuerpo, con paisajes, con una historia y con las voces que en ella resuenan”

El canto fue, desde su infancia, su compañía natural el camino más directo para la expresión de sus emociones  y la comunicación con el afuera.

dinarot

Siendo apenas adolescente escuchó por primera vez  una romanza en lengua sefaradí-ladino-judesmo. “Su melodía me resultó enternecedora – relata-  pero fueron sus palabras, dichas en un español curioso con algo de reminiscencia portuguesa por la dulzura de su pronunciación, las que me impactaron y aún me siguen emocionando …  una canción judía cantada en un idioma que no era el yidish ni el hebreo, sino en mi propia lengua, el español…”

El ladino fue la lengua del forzoso exilio judeo español, el testimonio redivivo de aquellos judíos españoles desterrados en 1492 . Como otras diásporas, sus sentimientos y su paisaje humano pervivieron en la memoria de la sangre asumiendo sonoridades a través de canciones que se fueron transmitiendo por tradición oral, de madres a hijas, durante más de cinco siglos.

Y ese es,  precisamente,  el precioso bagaje  que nos acerca la cálida y trabajada voz de Dina Rot: un encuentro casi mágico con la poesía sencilla y a la vez refinada; poesías que hablan de amores tiernos de sugerente y delicado erotismo, historias de aliento y desaliento, de melancolías  y de ilusiones… que nos sumergen en un añejo y fascinante mundo poético de siglos.

Cuando tenía dieciocho años, sus padres resolvieron abandonar Santiago de Chile y el traslado de la familia a Buenos Aires. Para Dina fue un cambio desolador . Tuvo que adaptarse con desconsuelo a las nuevas circunstancias  y comenzar una vida de inmigrante. La lengua parecía la misma  pero no era la misma  y  en su mundo emocional quedó fuertemente incrustada  la lacerante marca de la pérdida de  los misterios  y los secretos escondidos de la ciudad cordillerana.

Siguió cantando, perfeccionándose,  conectándose con nuevos caminos que fueron dando más vuelo y consistencia a su canto.

Transcurrieron los años y Buenos Aires, esa ciudad que ya había pasado a ser suya, la acogió y  reconoció con entusiasmo como una profesional sólida y admirada . La seguía un público fiel  que comprendía su probidad  y la coherencia de su repertorio.

Continuaba cantando. Ésa había sido su elección y su compromiso frente a quienes confiaron en su voz  y en la palabra cantada que la caracteriza.

Se sucedíeron los viajes, los recitales, las grabaciones. y cada vez se inclinaba más a musicalizar las palabras de los poetas.  Las canciones y los poemas que elegía para cantar y musicalizar iban contando su propia historia y expresando lo que su alma sentía.

Lo explica así: “Cuando cantaba a los poetas cuyas palabras había musicalizado, no pretendía hacer de ellos una canción. Me guiaba la propia música de sus versos  y procuraba conservar y traducir el ritmo elegido por el poeta, su intención y su mensaje. La elección surgía naturalmente frente al impacto que me producía el encuentro con la resonancia de una profunda identificación”.

En 1975 dió un concierto en la ciudad de Córdoba. La situación  política se estaba poniendo muy difícil en la Argentina y se sucedían los episodios que pronosticaban un desenlace grave. El teatro estaba vigilado por soldados armados que supuestamente debían “contener” a un público desbordado.

“Puedo volver a ver esa sala desde el escenario -rememora- y sentir la presencia amenazante de la represión. Esa sensación que mi cuerpo había percibido durante el día por las calles de la ciudad, sumada a la vivencia del concierto por la noche , adquirió su verdadera dimensión”

Sintió que todo comenzaba a desmoronarse…

Casi simultáneamente se le notificó que ya no podía actuar en los programas culturales de la televisión oficial, que la tenía como una de sus protagonistas. Teatros y radios oficiales silenciaron su trabajo…

Su pecado había sido elegir las palabras de sus poetas amados: Gabriela Mistral, Pablo Neruda, César Vallejo, Federico García Lorca, Miguel Hernández, Rafael Alberti,  Leon Felipe, Violeta Parra. así como letristas anónimos de Latinoamérica y España cuyas coplas se repetían desde hacía siglos; y también  el romancero sefaradí, con su diáfana transparencia y su sabia poesía…

1976 . Nuevamente el exilio… Y la pérdida del entorno afectivo,  profesional,  geográfico- Sólo vacío y dolor.

Madrid. España vivía la euforia de un entusiasta renacer.Y fue también el inicio de otra historia. La historia de un sufriente exilio que la llevó a empezar una nueva vida que tuvo que reinventar.

Pero su voz no se silenció.  Sólo silenció su canto público. Hizo un largo paréntesis en su actividad como compositora e intérprete para dedicarse a la labor pedagógica, poniendo sus energías en la tarea de investigación y práctica en la educación musical, la  musicoterapia y la interdisciplina en técnicas de expresión.

Creó una técnica propia destinada a la búsqueda de la propia voz como expresión de la personalidad individual, técnica que utilizó especialmente en la educación vocal de cantantes y actores.

Después de veinte años, llegaron a su casa madrileña algunos poemas del argentino Juan Gelman, un judío ashkenazi que se expresa en español, y que estaban escritos en ladino. Y así comenzó algo que Dina define  como “ una bella rueda mágica”.  Guardó aquellos preciosos textos convencida que en algún momento iba a encontrarles una música.

Tiempo después recibió los poemas de Clarisse Nicoidsky, una escritora sefaradí de origen bosnio que produjo toda su obra en francés.

Las palabras de estos poetas -que en ambos casos optaron por el antiquísimo  judeo español para expresarse-  ya habían desatado el hechizo.

Hubo un enamoramiento, una sensación que ése era precisamente el detonante que estaba esperando. Posiblemente, en aquel instante tomó conciencia  que había en ella un canto que aún no había salido.

Comenzó a buscarles una música y un lugar en su voz a esos poderosos poemas, sin saber todavía que todo ello la llevaría a volver a pisar los escenarios y re-encontrarse con su público.

Una vez más, Dina apostó a su sensibilidad como un valor inalterable: era su propia voz que estaba esperándola. Y el dolor del exilio fué exorcisado a través del canto-

Su último gran concierto fue en Moscú, invitada por el Instituto Cervantes de esa ciudad, para participar en un recital de canciones de poetas españoles y latinoamericanos. Sintió que esa invitación era una generosa ofrenda que le ofrecía la vida: cantar en Moscú significaba llevar la voz de su madre al lugar que tuvo que abandonar en su adolescencia, cargada de recuerdos, de emociones y de su lengua tan querida  y expatriada.

Preparó el concierto de una manera muy especial. Eligió cuidadosamente cada una de las canciones que más amaba.

La elaboración de un recital  incluye repasar una canción para el posible “bis”. Generalmente se la elige porque se la identifica con alguna muy conocida  o interpretada en muchas ocasiones por quien canta.  Pero esta vez Dina sintió que un singular ronroneo  había comenzado a emitir sus señales y pronto percibió que quería cantar una canción rusa.

No era fácil elegirla.  Recurrió entonces a la orientación y a los consejos de una joven y talentosa muchacha rusa que había sido su alumna. Le pidió que buscase alguna canción rusa tradicional: alguna de aquellas canciones que permanecen desde siempre y se siguen cantando. Estudió pacientemente la pronunciación correcta hasta lograr finalmente que la canción fuera suya.

¿Cantar en Moscú no era acaso entregar el canto de su madre a través de una vieja canción que quizás ella misma habría cantado en otro tiempo?

Esa noche, la hermosa sala del Teatro y Complejo Cultural Hermitage de Moscú estaba repleta, llena de un público cálido y expansivo.

Recibió flores… muchas personas se levantaban de sus asientos durante las pausas entre las canciones y las colocaban silenciosamente en el escenario. Una flor, un ramillete, tres flores. La estaban acogiendo como a un familiar que vuelve de un largo viaje.

Al finalizar el programa, salió a agradecer una vez más y a capella  comenzó a cantar “Oy maros maros…”  una canción popular que expresa los deseos del campesino de regresar a la tibieza del hogar tras un largo día de esforzado trabajo.

A los pocos compases, las voces del público se fueron uniendo a la de Dina, y envueltos todos en la emoción del canto, la acompañaron a oficiar la ceremonia postergada.

Publicado en la página

Extranjera en la intemperie

 

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