Moira Soto: ¿Habemus Papessae?

Estándar

¿Hubo una vez una Papisa Juana que llegó al sacerdocio y luego al pontificado travestida? ¿De qué le serviría a las causa de las mujeres ingresar a la jerarquía eclesiástica en una institución básicamente patriarcal y misógina que las ha descalificado durante 20 siglos?

Cuadro0050

Tal parece que con su renuncia al poder papal Benedicto XVI se hubiera convertido en un níveo cordero inmolado por la “hipocresía de la Iglesia” –según sus propias palabras-, en poco menos que un mártir de la rectitud y la bondad más prístinas. Nadie (salvo algunas monjas protestonas, no argentinas, precisamente) parece acordarse de sus manejos para instalarse en el pontificado, de su conservadurismo recalcitrante, de las modificaciones de 2010 a las Carta Apostólica Sacrametorum Sanctiatis Tutela, donde bajo el título Normae Gravioribus Delictis, incluye la ordenación sacerdotal de las mujeres entre los delitos más graves que pueden cometer los eclesiásticos (¡en el mismo nivel que la pedofilia y la pornografía infantil!).
En verdad, las mujeres no le deben nada a Joseph Ratzinger, un papa retrógrado que recién en 2010, en Barcelona, se dignó decir que la Iglesia abogaba por adecuadas medidas económicas y sociales para que la mujer encontrase en el hogar y el trabajo su plena realización. Y hasta hubo quien consideró un avance que les reconociera a ellas el derecho a trabajar, sobre todo teniendo en cuenta que el Papa anterior, Juan Pablo II, solo concedía a la mujer su condición de “insustituible como madre y educadora, las tareas que el Creador le había asignado”. Y si nos remontamos a 1988, veremos que el mismo Pontífice en la Carta Apostólica del Año Mariano, Mulieribus Dignitatem, le sermonea a la mitad del cielo: “Hagamos ahora objeto de nuestra meditación la virginidad y la maternidad, como dos dimensiones particulares de la personalidad femenina”.
Por cierto, estos dos últimos papas se mantuvieron ciegos y sordos frente a –al decir de Susan Sontag- la revolución más importante del siglo XX, a los reclamos y avances del movimiento feministas, a la evolución de las costumbres que –con altibajos- se fue dando. Nunca una palabra de Wojtila o Ratzinger sobre el machismo o la violencia de género. Pero sí la pertinaz resistencia a que las mujeres accedieran al sacerdocio, la obcecada negativa a reconocer sus derechos reproductivos (anticoncepción, aborto).
La zona del poder o la representación sigue obturada para las mujeres en la Iglesia Católica Romana oficial, mientas que la gran mayoría de la grey que la sostiene es femenina. Para ellas, se reserva el rol secundario de monjas, secretarias, catequistas, asistentes domésticas…Por más que se intente cada tanto dorarles la píldora a las mujeres hablándoles de la dignidad de ser mujer en la Tierra, la mentalidad arraigada en el trasfondo, con leves cambios, es la de los Padres de la Iglesia. No la de Jesucristo que permitió acercarse a las mujeres, perdonó a la adúltera, discurrió con María (la hermana de Marta y Lázaro), trató de igual a igual a María de Magdala (que fue la primera testigo de la resurrección)… Para nada: el aprecio yla proximidad de Jesucristo respecto de las mujeres fue demolido por la acendrada misoginia de los Pablo de Tarso, de los Tomás de Aquino y de otras figuras influyentes que estigmatizaron a la mujer por ser ocasión de pecado para el varón, entre otros anatemas.
Antes del Domingo de Pascua, el 31 de marzo, se supone que la cristiandad tendrá nuevo jefe supremo y ya empezaron a barajarse apuestas. Obvio de toda obviedad que las mujeres no tendrán ni presencia ni voto en el cónclave, ni siquiera serán consultadas por fuera de esas reuniones secretas que tan genialmente satirizó NanniMoretti en su film Habemus Papam (2011). Discriminadas y excluidas porque no se las considera iguales en su valor como personas: esa es la verdad de la milanesa, aunque la Iglesia no pueda prescindir de ellas como fieles practicantes y colaboradoras.
Pero hay una historia –o una leyenda, lo mismo da- que procura deleitosas gratificaciones a las mujeres que se siente agraviadas por la interdicción de alcanzar el sacerdocio, cuando hace rato existen pastoras protestantes, rabinas judías. Y quien dice el sacerdocio, dice el obispado, el cardenalato, el pontificado… Esta historia es la de la Papisa Juana, una joven mujer que habría reinado sobre la grey católica hacia fines del siglo IX, de 855 a 858, entre León IV y –aquí aflora un guiño inevitable- ¡Benedicto III! Tanto empeño puso la Iglesia siglos después en borrar las pistas de esta pontífice (quitar su busto de la catedral de Siena, arrojar al Tíber la estatua que recordaba el lugar donde había parido en plena calle, etcétera) que es para pensar que Johannes Anglicus –citada por varios cronistas eclesiásticos bajo su nombre masculino- verdaderamente existió.
De origen anglosajón –Jean de Mailly sostiene que era alemana- Johanna era una joven avispada y arrojada que se enamoró de un monje y huyó con él a Atenas. Sedienta de conocimiento y ya vestida con ropas masculinas, estudió ciencias y filosofía. Luego de la muerte –o quizás abandono- de su amante, Johanna llegó con los hábitos de él a Roma donde, como varón, obtuvo un puesto de lectora de las Sagradas Escrituras, antesde ingresar en la Curia. A esta altura de la soirée, Johanna era bastante popular merced a su carisma, erudición y piedad. El Papa León IV la nombró cardenal y a la muerte de aquel fue elegida papa por aclamación general.
Dos años más tarde, la Papisa, según consignan algunos historiadores seducida por un eclesiástico –aunque dados sus antecedentes, es probable que se lo haya levantado ella- quedó embarazada. Y su panza creció disimuladamentebajo el amplio y rico ropaje pontificio. En otras circunstancias, acaso Johanna-Benedicto habría podido ocultar el nacimiento de su hijo, pero hete aquí que en medio de una procesión –algunos dicen que a caballo, otros que llevada en la silla llamada gestatoria-, irrumpieron fuertes contracciones y la Papisa parió en un callejón. Aunque las versiones difieren en algunos detalles, casi todas coinciden en que el populacho indignado se abalanzó sobre ella con intención de lapidarla. El escándalo fue raudamente sofocado y una de las astutas decisiones para anular el papado de la mujer que había fingido ser hombre, fue que el siguiente pontífice se hiciera llamar ¡Benedicto III!
Esta estupenda historia fue acreditada por la propia Iglesia hasta el siglo XVI y reforzada por relatos de cronistas, citas de Anastasio el Bibliotecario que habría dejado registrado el paso de Johanna por el trono pontificio. Lutero y Calvino también supieron dar fe de haber visto huellas del reinado de esta papisa. Y desde luego, los ingleses, con posterioridad a la creación de la Iglesia Anglicana, usaron a Johanna como objeto de chanzas y hasta se escribió una sátira teatral sobre ella.
Tan fuerte fue la creencia en la papisa travesti que para evitar que se repitiera el engaño, durante cierto tiempo, cuando tenía lugar el advenimiento de un nuevo jefe supremo de la Iglesia, el elegido debía sentarse en un sillón calado en la zona donde se apoya el trasero y un diácono tenía que encargarse de palpar manualmente las partes pudendas del prelado. Si el examen daba positivo, exclamaba: Dues habet, bene pendentes e bene occupatus (latinazgo que no requiere de traducción), a lo que el coro de cardenales respondía aliviado: Deo gratias.
La literatura se inspiró reiteradamente en este atractivo personaje: ya en 1362, Boccaccio escribió una suerte de biografía picante, De Joanne Anglica Papa, dentro del volumen De Claris Mulieribus, que incluye a Safo, Semiramis, Cleopatra… El griego Emmanuel Royidis pergeñó a fines del XIX la novela La Papisa Juana, luego traducida al inglés y adaptada por Lawrence Dürrell, versión esta retraducida al español por Estela Canto y editada por Edhasa (se puede encontrar en librerías de viejo). Por sulado, la feminista estadounidense Diana W Cross es la autora de Pope Joan: A Novel (1996), que dio origen al film La papisa (2009) dirigido por SönkeWortman (2010). Pero antes, en 1972, la radiante LivUllmann elevó la mediocridad de una película también llamada La papisa Juana, que dirigiera Michael Anderson. Y todavía más atrás en el tiempo, en 1760 fue diseñado el segundo arcano del tarot de Marsella con la imagen de nuestra Papisa, la tiara pontificia sobre su cabeza, el libro de la sabiduría en sus manos representando la voluntad de conocimiento y de reflexión.

Nota publicada en el Nro. 4 de Damiselas en apuros.
Ilustración: “La Papisa” de Silvina Benguria.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s