Susana Cattaneo: Prácticas de horror y vergüenza contra las mujeres

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PRÁCTICAS DE HORROR Y VERGÜENZA CONTRA LAS MUJERES

A través del tiempo me fui enterando de situaciones terribles infligidas a las mujeres. Muchas me produjeron sentimientos de horror. Me invadió frente a la práctica de la ablación del clítoris y de la infibulación.

En este acto se elimina en forma total o parcial el tejido de los órganos femeninos, en especial el clítoris, para evitar que se sienta placer sexual.

Muchas veces me he preguntado qué llevó al hombre a semejante acción. Temor, acaso, de  no satisfacer lo suficiente a su compañera y ser tildado de poco hombre? ¿Qué esto la lleve al adulterio? ¿Envidia frente a la indiscutible superioridad orgásmica de la mujer? Las preguntas son muchas. En  nombre de una religión que no podría nunca dejar de rechazar, o de una cultura para la cual la mujer no es nada más que una “cosa”, se han hecho rituales salvajes como este. Y como es triste aceptar, hay mujeres, demasiadas, que se han identificado (¿será el síndrome de Estocolmo?) con esta barbarie y son ellas mismas las que la llevan a cabo. Vemos aquí una total deshumanización y ruptura de los derechos de la mujer.

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Niñas pequeñas de tres años o más son llevadas a lugares específicos, ya sea al desierto o debajo de algún árbol. Una mujer sostiene desde la espalda los brazos de la criatura y otras dos le abren las piernas. Queda así totalmente expuesta la vulva. Una cuarta con una cuchilla o piedra filosa procede a la ablación, haciendo caso omiso del llanto de dolor de su víctima. (utilizo ex profeso la palabra “víctima”).

Esto es una práctica que afecta a treinta millones de mujeres en veintiocho países africanos y ciento treinta o ciento cuarenta millones en todo el mundo, aunque se ha sospechado que esta cifra puede aumentar mucho más, porque hay países en los que no se ha podido investigar si se realiza o no.

La doctora Olayinka Koso ha dicho: “No hay una escala de crueldad para medir la agonía”.

Algunas versiones afirman que esto comenzó en el antiguo Egipto y se extendió al resto del continente. Lamentablemente se ha propagado a varios países de Asia, Europa (por el aumento de la inmigración), Oceanía e incluso América, aunque aquí en la mayoría de los países se prohíbe.

Después de la ablación del clítoris, sigue lo que se llama infibulación. Consiste en un corte a lo largo del labio menor y luego se elimina, raspando, la carne del interior del labio mayor. Se realiza en ambos lados de la vulva. A veces se verifica el trabajo introduciendo los dedos. Es de suponer que el dolor  no tiene límites. Queda una abertura minúscula para orinar y para que pase el flujo menstrual. Con espinas de acacia se perfora un labio y se clavan en el otro; así los unen, tal cual fuera hilo de coser. Como no es del todo seguro que se unan los labios, a la niña la atan desde la pelvis hasta los pies y quedan así inmovilizadas sus piernas. Posiblemente a un escritor de cuentos de horror no se le habría ocurrido tanto.

Muchos se han hecho la pregunta; ¿cultura o crimen? Yo me pregunto cuál es la diferencia entre crimen y cultura criminal. El diccionario nos dice que cultura es el conjunto de modos de vida y costumbres, grado de desarrollo científico entre otras cosas. ¿Podemos justificar un acto semejante porque la “cultura” de un país, su tradición, etc. indique que la mujer no tiene derechos y debe soportar esta tortura? Afirmo que en esas geografías se está llevando a cabo un crimen institucionalizado.

Las consecuencias de la ablación e infibulación son varias. Una mujer que ha pasado esta situación traumática no se recuperará jamás psicológicamente. También hay peligro de hemorragias graves, infecciones, tétanos, problemas urinarios, lesiones en los tejidos vecinos y llagas, quistes, esterilidad y también muerte.

Hay muchos casos donde el padre de la niña la obliga a la ablación, porque si está mutilada, al entregarle al esposo que él elija, recibirá más dote.

En este tema no podemos dejar de mencionar a Waris Dirie que es una modelo somalí, embajadora especial de la ONU, quien lucha contra estas atrocidades. Ella ha creado su propia fundación para combatir esta tortura en el  mundo. A los cinco años, su madre la llevó de noche al desierto para que la abuela le extirpara el clítoris con una hoja de afeitar y, claro, sin anestesia. Antes de sus trece años la iban a dar en matrimonio, canjeándola por tres camellos, para que sea la cuarta esposa de un hombre cuarenta años mayos que ella. Waris logra escapar y atraviesa el desierto hasta llegar a la capital de Somalía donde trabaja como empleada doméstica en el seno de una familia de diplomáticos. Esta familia la lleva luego a Inglaterra. Allí trabaja de mesera y un fotógrafo la descubre y la convierte en modelo internacional. Viaja mucho y se exhibe en las más importantes pasarelas, pero ella tiene por meta su lucha y públicamente cuenta su espantosa experiencia sufrida en su infancia. Explica al mundo que a partir de ese  momento pensó que si sobrevivía al daño haría algo para terminar con esa aberración. En su torturada mente de criatura, esto fue un esbozo de proyecto que afortunadamente logró llevar a cabo, dejando de lado lujo y viajes para dedicarse a su causa.

Así el mundo escucha sobre estas prácticas, para  mucha gente, desconocidas. Waris explica que cada once segundos, en el planeta una niña sufre la ablación. Esta mujer somalí de una enorme belleza física y espiritual, ha publicado un libro que tituló “La flor del desierto”, donde habla de estos sangrientos episodios que muchas veces son considerados la iniciación de la adolescencia. Pero también nos cuenta que se le practica desde bebés de pocos días hasta mujeres que han llegado a la treintena.

Waris se dedica hoy en día a reivindicar los derechos de la mujer y pide que todos  nos unamos para lograr que se respeten.

El hombre, en nombre de ciertos “dioses” y en nombre de alguna “cultura” (como ya dijimos), en nombre de una “superioridad” propia de personalidades muy enfermas, ha utilizado a la mujer para prácticas siniestras, que van desde tratarlas como menos que objetos, hasta exponerlas a tormentos físicos como el que tiene por tema este artículo.

Está claro que de todos los seres vivientes, sólo el humano masculino ha llegado a un lugar de perversión sin fronteras.

Hasta que no logremos frenar lo que yo denominaría, plaga, lacra, escoria, nunca tendremos paz.

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