Ana María Torres: La Obsesión de la muerte en Luisa Mercedes Levinson

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Podemos considerar a Luisa Mercedes Levinson como una escritora regional: A la sombra del buho (1) describe zonas de la provincia de Buenos Aires; en La isla de los organilleros, el delta del Paraná y sus islas; La Casa de los Felipes, (2) el Buenos Aires de antaño; en el cuento Sumergidos, la provincia de Misiones, El último zelofonte, (5) el Buenos Aires actual y el tango.
“En todas las novelas y cuentos encontramos una clave: la persistencia de situar la narración en un territorio específicamente argentino”, nos dice María del Carmen Suárez. (3)

luisamlevinsonLuisa Mercedes Levinson

La muerte es un tema recurrente en la obra de Luisa Mercedes Levinson. Para ella la muerte es femenina y la vida y la muerte están entrelazadas.
Si consideramos que A la sombra del búho (1) comienza con una muerte, que la muerte asola La Casa de los Felipes, (2) donde hay un clima envenenado, que otra de sus obras se titula Ursula y el ahorcado (4) -por sólo citar algunos ejemplos-, no podemos dejar de pensar que el tema de la muerte siempre estuvo presente en su obra.
¿Cómo es la muerte para Luisa Mercedes Levinson?
A veces tiene efectos curativos como en A la sombra del búho, (1) donde los indios enfermos piden permiso a Felicitas para “tomar una mano del finado y pasarla por su cara, o sus llagas u otra parte del cuerpo y para curar el mal de ojos.” Y luego: “Se dice que un ciego recuperó la vista después de la noche del velatorio.”
Otras veces trae suerte, como en el caso de Ursula y el ahorcado: (4) “La Gertrudis, cercenó la mano de un ahorcado y tuvo clientela rica y gozadora toda la semana.”
Hay, entonces, partes del cuerpo humano de los muertos que sirven de amuletos, la autora juega o coquetea con la muerte atribuyéndole poderes mágicos curativos o de buena ventura.

Voy a analizar el tema de la muerte en El último zelofonte (5) que es también la última novela de Levinson, publicada en 1984. Un antropólogo vive obsesionado buscando un ejemplar de zelofonte, al que finalmente encuentra en un viaje a Oriente. Vuelve a Buenos Aires con el exótico animal y con Sri, una bellísima joven. Su ayudante es Rupertus Meni, un perverso embalsamador. El zelofonte es un mítico animal, fruto de la imaginación de la autora.
En los primeros capítulos de esta obra, hay dos personajes principales: la naturaleza y la muerte que se atraen y se rechazan.
La naturaleza tropical, exuberante y “enemiga” cobra su primera víctima en Nikos, el bello joven griego, envenenado por la mandrágora y ahogado por la ciénaga. Rupertus Meni embalsama a Nikos utilizando, entre otros elementos, el mismo veneno de la mandrágora.
El semiderruido templo de Ankon también está amenazado por una naturaleza destructiva que lo invade con árboles y lianas.
En esta novela hay tres muertes fundamentales: las de Sri, de Rupertus Meni y del zelofonte. Las tres son diferentes.
La muerte impera en la ciudad de los zelofontes, que es, en realidad, el cementerio de los zelofontes, donde la autora destaca “la belleza” de los huesos de los legendarios animales.
La belleza de la muerte está simbolizada en el bello cuerpo de Sri, la atracción que su cuerpo ejerce sobre Rupertus Meni es también para Levinson la atracción y la sensualidad de la muerte.
Rupertus Meni encarna lo morboso: el embalsamador que profana los cuerpos y los mantiene aunque muertos, con vida, al librarlos de la corrupción. Sin embargo, al embalsamar el cuerpo de Sri, Rupertus quiere que la belleza y la vida triunfen, impide la muerte de la muerte.
Rupertus ama voluptuosamente el cuerpo muerto de Sri, la muerte entonces, no sólo se relaciona con el amor sino que ama, es genital.
Hay escenas en que Rosri, la niña de tres años, juega con el cuerpo embalsamado de Sri, su madre: “jugaba sobre ese bello cuerpo como si fuera una gran muñeca de porcelana. Buscaba sus labios, le perfumaba los lóbulos de las orejas, trenzaba y destrenzaba su cabellera.” Rosri y Sri simbolizan la vida y la muerte: sobre la morbosidad de estas escenas hay un halo de extraña belleza.
Nuevamente la muerte es el personaje principal, acompañada aquí por la lujuria, y como en el caso de la naturaleza que cobra su primera víctima en Nikos, es la muerte la que triunfa sobre la bella Sri -a pesar de que su cuerpo permanezca embalsamado- y sobre la voluptuosidad de Rupertus.
Tal como lo hace Levinson, podemos comparar el mbalsamamiento de Sri con el de Evita.
Evita es “la reina de la muerte”.
El doctor Ara es quien -como Rupertus Meni en El último zelofonte- (4) va a dar vida inmortal al cadáver embalsamado de Evita. Al igual que en el caso de la belleza de Sri, nos dice Tomás Eloy Martínez en Santa Evita: (6) “Evita se había tornado tersa y joven, como a los veinte años… Todo el cuerpo exhalaba un suave aroma de almendras y lavanda… una belleza que hacía olvidar todas las otras felicidades del universo”.
Si Ara como Rupertus Meni fueron los que embalsamaron sus cadáveres, Levinson al escribir la historia de Sri continuó con la obra del embalsamador, así como Tomás Eloy Martínez con su Santa Evita y todos aquellos que antes o después de él relataron la historia, continuaron con su mito.
Levinson también asocia con la muerte a la sonrisa de La Gioconda, que es: “la comunión de la juventud, la belleza y la muerte”. La sonrisa de la Mona Lisa “no es otra que la sonrisa de la amada, muy amada y muerta.” La sonrisa es “el secreto de la vida y de la muerte.”
Relaciona, de esta manera, a Sri, a Evita y a La Gioconda.
Como una piedra que arrojásemos en un estanque de quietas aguas, los círculos de la muerte se van abriendo, los anillos se van multiplicando: la muerte se relaciona con poderes mágicos y curativos, con la naturaleza, la belleza, la morbosidad, la atracción, la sensualidad, el amor y lo genital. En definitiva, la vida y la muerte que se atraen y se rechazan.
¿Cómo es, en cambio, la muerte en los hombres?
Levinson los acusa con dureza, son los hombres quienes guerrean y matan otros hombres, son los hombres los que provocan la muerte, no las mujeres.
La muerte de Rupertus Meni es muy diferente a la de Sri. Antes de morir, Rupertus piensa en matar: “Claro, matar. Matar al zelofonte. Matar ríos, venas, islas, archipiélagos, matar astros.” No hay belleza en la muerte de Rupertus Meni: “Esos cuerpos rellenos de nada, que ahora son él, él, Rupertus Meni.” Y, “de pronto Rupertus vomita la vida, vomita corazón, terror al zelofonte.”
La muerte de Rupertus es abyecta, representa el miedo y el horror a la muerte. Es la contrapartida del morir de Sri.
En la antigüedad, las serpientes, fueron relacionadas con la muerte y el reino de los muertos. Levinson asocia la muerte con las víboras.
Son las víboras y las serpientes las que arrastran el cuerpo de Rupertus y a este hombre que iba contra la naturaleza, lo hunden en lo profundo de un pantano.
Rupertus vuelve a un pantano similar al pantano donde cayó Nikos, a quien Rupertus no pudo, o dijo que no pudo salvar a tiempo. Rupertus, entonces, va a formar parte de esa naturaleza contra la que luchó para conservar cuerpos vacíos, “rellenos de nada.”
También la muerte del zelofone es diferente a la de la mujer y del hombre. El zelofonte muere para salvar a Rosri, su muerte es heroica.
El arpón del zelofonte tiene un “fino cordón sedoso y comunicante con su vida y con su muerte. Era el arpón con que podía matar, pero a condición de morir.” “Un arma que si la empleaba, ciertamente para matar, era a costa de su vida.”
El zelofonte le dedica su muerte a Rosri: “Tuya es mi muerte”, le dice.
Muerto el zelofonte, la zelofonte realiza la ceremonia de comer su carne, sangre, músculos, jugos y vísceras cumpliendo, tal vez, antiguos ritos caníbales. En esta forma lo incorpora a su ser. Comerse al bien amado es, tal vez, una instancia más que hacer el amor con él. Los huesos del zelofonte, pulidos hasta resplandecer, servirán para construir luminosas ciudades.
Por boca de Rosri, la autora nos habla del temor a la muerte. “¡Espanta a la muerte!”, pide Rosri a Nikos.
Nuevos círculos se van multiplicando en torno a la muerte: el horror, el heroísmo, el temor.
Nos preguntamos: ¿es definitiva la muerte para Luisa Mercedes Levinson?
La tierra entierra, sin embargo, salvo Rupertus, que aunque no es enterrado, vuelve a la naturaleza, ninguno de los muertos de El último zelofonte es sepultado, y en esto radica, a mi juicio, la originalidad de la autora.
Nikos vuelve a la vida o se reencarna en un nuevo Nikos, el zelofonte va a formar parte de la zelofonte. La autora dice: “el zelofonte o la zelofonte, ¿qué importa?”.
Sri como Evita permanece embalsamada. Levinson va más allá y da otra vuelta de tuerca cuando inmortaliza a la sonrisa de la muerte en la Mona Lisa, es decir, en el arte, en la obra de arte por excelencia. Es la sonrisa de la mujer amada y muerta que perdurará para siempre en la obra de Leonardo, desafiando de esta manera a la muerte.
Todas ellas, más que muertes son transformaciones, mutaciones que tratan de tapar ese vacío, ese silencio de la muerte tan difícil de aceptar.
En El pesador del tiempo, (7) la escritora dice: “De pronto la muerte no le pareció el último repliegue sino un tramo, sin mucha importancia, de la continuidad.”
Como la yarará que al cambiar de piel va dejando intacta la piel anterior, la muerte puede ser el renacer a otra vida o a otra forma de vida.
A partir de todas estas asociaciones tan dispares unas de otras, Luisa Mercedes Levinson revela un escondido deseo de vencer a la muerte, de triunfar sobre ella por lo que encierra de cruel e irreparable.

Los artistas también pueden considerar, sin lugar a dudas, que sus obras, sus libros, son una parte suya que los continúa después de la muerte.
Los escritores tienen distintas posturas ante la muerte.
Alberto Girri en una postura similar a Levinson sostiene que una sola vida no alcanza y tiene la intuición de que retornamos al mundo incesantemente, en distintas reencarnaciones.
Hay dos formas de continuarse después de la muerte: una, es vivir en el recuerdo y en el amor de nuestros amigos, de los que nos quisieron: en tanto vivan en nosotros los muertos siguen en la tierra, siguen con nosotros; otra, la de los artistas, los científicos, las grandes figuran de la humanidad que vencen a la muerte por sus obras, por sus actos y continúan vivos en la memoria de la posteridad.
Luisa Mercedes Levinson queda en nuestra memoria por sus obras y por su exótica personalidad que derramaba un inolvidable encanto sobre todas aquellas personas que la conocieron y la quisieron.

(1) Luisa Mercedes Levinson, A la sombra del búho, Buenos Aires, Editorial Losada, 1972.
(2) Luisa Mercedes Levinson, La casa de los Felipes, Buenos Aires, Santiago Rueda Editor, 1969.
(3) María del Carmen Suárez, Potencia del símbolo en la obra de Luisa Mercedes Levinson, Buenos Aires, Ediciones Ultimo Reino, 1993.
(4) Luisa Mercedes Levinson, Ursula y el ahorcado, Buenos Aires, Editorial Crea, 1981.
(5) Luisa Mercedes Levinson, El último zelofonte, Buenos Aires, Sudamericana -Planeta, 1984.
(6) Tomás Eloy Martínez, Santa Evita, Buenos Aires, Planeta, 1995.
7) Luisa Mercedes Levinson, El pesador del tiempo, Buenos Aires, Ediciones Gaglianone, 1980.
Del libro “Detrás de la palabra”1ª Edición , Ana María Torres, Buenos Aires, Botella al Mar, 2004, 2ª.ed.2015.

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