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LEDA VALLADARES o el desentierro musical de América

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ledaLeda Valladares: más de 30 discos publicados; compositora premiada, recopiladora música; autora de cuatro libros de poesía y uno autobiográfico; interprete incansable e nuestro folklore en el país y en el extranjero.

Leda nos recibe en su nuevo departamento. Mientras nos ayuda a preparar el grabador que registrara nuestra charla, mantiene una actitud atenta y comprensiva sobra un fondo de ensoñación y lejanía. Nos sorprende la suavidad silenciosa de sus movimientos. Antes de formular la primera pregunta, nos detenemos un instante a reflexionar sobre que espíritu la habitara para que su cuerpo frágil se transforme sobre el escenario en una figura imponente, para que su voz de susurro resuene con una intensidad estremecedora en su canto.

-Leda Valladares poeta. Leda Valladares cantora y recopiladora de música argentina, ¿son dos actividades que se contraponen?

El mundo de la música es muy avasallante, muy mágico, y en América está el paraíso de la música ancestral, sobre todo andino, del costado del Pacifico. Yo pertenezco a la cultura urbana, netamente europeizante, y de golpe me encuentro con una cultura de cinco siglos, o muchos más, que es la cultura de gran parte de Sudamérica, de la cual nadie habla, nadie disfruta. Una cultura permanentemente descuidada, solo conocida por arqueólogos o antropólogos-que no son muchos tampoco-. Lo que hay que investigar es enorme y poco el auxilio. Yo no tuve ningún subsidio, solo una beca del Fondo Nacional de las Artes con la que compre un grabador y anduve sola por los valles, buscando por Salta, Catamarca y La Rioja. Cuando volví, empecé a buscar sellos discográficos y encontré uno que me lo edito. Fue el primer disco documental que se hacía en la Argentina. Eso fue en el ’60 y el Instituto de Musicología recién publico un disco documental en el ’72, después de la muerte de Carlos Vega. Después continúe, continúe hasta hacer doce discos.

El patrimonio musical del país estaba bajo llave: algo tan importante. Porque el canto es una de las cosas más internas que tiene un país o una cultura, una de las cosas más lacerantes y mas intimas. El canto es un parto o una revelación sobre el alma de un país. Yo me di cuenta que lo que había en nuestros cantos era un poder y un misterio y que ellos nos iniciaban en otra dimensión. Esos cantores de los valles que cantaban –y siguen cantando, gracias a Dios- el canto más antiguo que tiene América del Sur: el canto andino con caja, es preincaico y se ha cantado en lenguas indígenas. En Argentina lo sigue cantando el N.O. en sus valles hasta Santiago del Estero, que aun practica vidalas en quechua.

Creo que, para no andar extraviados en el tiempo y el espacio de tu país, se necesita saber de dónde estás viniendo, que es lo que ha pasado a tus espaldas, a que responde esa naturaleza, ese paisaje, ese sistema de valores. Mientras uno no descubra eso, esta extraviado. Cuando yo descubro el canto de los valles, que fue lo que más me impacto –el canto con guitarra es mas encogido y púdico, no tiene el delirio ni el misterio del canto con tambores-, cuando lo descubro, encuentro que detrás de esas canciones esta América y que yo no sé que es América. Entonces me entra una angustia, una desesperación, una fiebre. Al mismo tiempo, estaba estudiando filosofía en la Universidad y me sentía muy deslumbrada con la cultura europea. Pero me daba cuenta que no sabía bien qué hacer con la cultura europea.

Soy hija, nieta y bisnieta de santiagueños y tucumanos, pero también me siento con genes españoles. Cuando me recibí de profesora de filosofía y pedagogía, no sabía bien qué hacer. Para enseñar filosofía tenía que reconocer todas las teorías del ser y no ser y canto, que lo enseñara y lo concientizara en el país. Opte por seguir con el canto; con los años, me di cuenta que fue más importante que yo enseñara el canto con caja y no filosofía.

La música siempre me enloqueció; yo cantaba desde chica. También componía. Como el jazz siempre ha tenido algo poderoso musicalmente, y era difundido aquí y el mundo, empecé por componer jazz. Hasta que descubrí la baguala, después de haberla oído en los valles. Empecé a preguntar por la baguala en la ciudad; nadie sabrá nada. Hacia solo dos años que se había fundado el instituto de Etnomusicología en Buenos Aires, de modo que las investigaciones musicológicas estaban en pañales. En 40, 50 años se han realizado grandes tareas de investigación con Vega, Aretz y sus discípulos, pero todavía siguen siendo pocos los investigadores para los valles, campos y montañas que tiene América, para todo su caudal de música. Dada la velocidad de los tiempos técnicos, es peligrosísimo que no se acabe de recopilar datos antes que la técnica uniforme a todo el mundo. Lo que todavía se conserva puro, virgen, es el canto agreste. El canto con guitarra se ha ido abolerando o jazzificando, pero no ha conservado el carácter que tiene el canto con caja que es el más rico, el más misterioso y americano. Y que es el que reconocen: la gente cree que son salvajadas, harapos rusticales.

¿No pensas que esa tarea de recopiladora ha postergado tu expresión personal?

Claro que sí, que me postergue. Pero siento que he cumplido con mi país y con América, porque he sacado, desenterrado, esas maravillas: los trajes de los campos y las montañas a las ciudades. Lo que sucede es que entre en conflicto: si me doy cuenta de lo que vale nuestra música, debo responder a su desamparo, debo buscarla y llevarla por todos lados. Porque yo persigo el folklore anónimo, el que tiene todo el aroma del interior. El folklore que hago es autentico: el que tiene el pasado indígena en sus genes musicales; el que tiene la magia del grito, de los laberintos guturales que exige la baguala, una tonada. El que canta el pueblo rural que se nutre de la tradición y las sobrevivencias.

La baguala está en la misma dimensión que la música hindú, árabe o africana, porque es una música cósmica, donde se oye lo planetario. Ha nacido bajo los cielos, a la intemperie, y no tiene armonía. Es melodía y ritmo, canto y tambores. El tambor es el instrumento que se usa en las religiones primeras como convocador de los dioses, propicia la unión con los dioses, la fusión del hombre con el cosmos.

Es curioso, pero la música electrónica y la música concreta que nace en Europa están muy cerca de la música milenaria, de la música cósmica, y la consideran la madre de las músicas.

Hay que volver a descubrir misterios antiguos en el canto, en la melodía y la polirritmia. Si una persona no se pone en contacto con esos cantos ancestrales –gracias a los discos documentales, por ejemplo- se puede decir que esta semisorda: no conoce los milenios de música sino, a los sumo, tres o cuatro siglos de cierta música que es sobre todo europea. Por eso la gran educación musical debe hacerse a partir del conocimiento de esa música ancestral.

Curiosamente, el público culto es el que está más predispuesto a recibir el canto primitivo. La gente que sigue solamente lo bonito gusta más bien del firulete, el almíbar y el merengue que nos transmite la radio, la TV; lo mas engolado y estereotipado.

Los pueblos saben muy bien lo que es una melodía, un estertor de la voz y cantan desde el grito. Es un canto interior, de tripas, orgánico, no de cabeza ni de garganta sino visceral y requiere un impulso total. Lleve el canto con caja o tambor andino a las escuelas, a las universidades, y de inmediato provocaban una atmosfera radiante. Descubrían al pueblo con sus melodías y la gente lo seguía como loca. Porque el canto con caja es una proyección de cielos y tiempos infinitos.

Hice un video-tope con dos mil estudiantes y cuarenta maestras, además de tres bagualeros. Lo lleve a muchas partes y tuvo una gran repercusión. Después hice una experiencia muy linda que se llamo El Grito en el Cielo. En primer lugar llame a los bagualeros de los valles, como fundadores y maestros del canto andino, luego a los folkloristas y a los rockeros, porque descubrí que los rockeros sentían la música milenaria y resultaron excelentes cantores de baguala. De ese repertorio de bagualas, vidalas y tonadas hice cincuenta temas en os cassettees uno de los cuales me lo publicaron recientemente en España. Pero quiero llegar a cien para el ’92, y así poder presentar este monumento sonoro del canto con caja de las seis provincias de Noroeste argentino que se va a subtitular “Celebración del Desentierro de América”.

Lo real es que hay una gran falta de coincidencia de los milagros musicales que tiene América. Es hora de que empecemos a admirar las fortunas que tenemos. Somos una gran familia: trescientos millones de personas que hablan la misma lengua; sentimos con resonancia parecidas y valoraciones aproximadas, con las variaciones que puede haber de religión o región pero con alma indoamericana.

¿Todo esto se refleja en tu obra?

Por toda esta actividad yo tuve que viajar, que andar. He recorrido el país cantando – y sigo en eso- dando con cursos sobre el canto con caja, el canto andino, dando recitales porque, gracias a Dios, mi voz es más joven que mi esqueleto. Cantar es una fuente de gran alimento, entonces, como he estado nutrida y galvanizada en ese canto, no tuve mucho tiempo para dedicarle a mi ego artístico. Escribir requiere quietud y soledad; para escribir hay que quedarse mirando el techo sin pensar en nada, entrar en un letargo endovenoso donde se van incubando las cosas. La escritura, la poesía, se desarticula, se descoyunta con todos los movimientos del viaje. Yo he ido escribiendo, si, pero no con demasiada frecuencia. Porque precisa tiempo, ese tiempo que es una herencia atovica del modo de ser de los provincianos, que es el estar-estando. Ese tiempo de la contemplación, de la ensoñación necesaria para incubar un poema, una canción, algo que signifique creación. Los provincianos necesitamos dedicarle mucho tiempo a ese letargo. Ahí se incuba lo importante.

Tengo tres libros publicados y un cuarto inédito. Yo sigo escribiendo poesía, aunque no se qué valor tendrá porque no me pongo en total retiro para escribir. Además, estoy escribiendo un libro, La sustancia salvaje del canto, que no puedo acabar con todo este ir y venir y son experiencias que yo he tenido y sigo teniendo cada día, que los traslados a la cuestión de la identidad cultural y a la repercusión que tiene en nuestra conducta. Si no hay identidad cultura, nuestra conducta no tiene rumbo ni dirección. Yo tengo temor que América se nos escape sin haberla conocido, sin haberla gozado y disfrutado en sus milagros –humanos, musicales, artísticos-. Toda esa cultura oral, tan ubicada en el aire y el cosmos. Esa cultura de los caseríos en las montañas, de las villas perdidas en los desiertos, tiene que ser explorada.

El artista, en lugar de vivir pendiente de la posteridad o de los premios europeos, tiene que contar lo que somos, lo que hemos vivido en estos lugares del planeta. Los americanos, los sudamericanos, tenemos que contarnos quienes somos, traducir esa visión del universo diferente de la europea. Uno puede vivir muchos años y pasar al otro mundo sin haber descubierto al pueblo, lo cual es una barbaridad, porque el pueblo es una de las cosas más poéticas y más ricas humanamente que un artista puede descubrir.

La gente del pueblo valora la vida natural de cada día, con todos sus desastres, sus tragedias, sus miserias. Ellos tienen más coraje y sabiduría. Tal vez tienen menos exigencias. Nosotros, no se sabe que estamos exigiendo: ¿Qué la vida sea eterna? Eso es falta de equilibrio ecológico, que ellos tienen, que los lleva a percibir la muerte sin dramatismo, como parte de un proceso.

Creo que debemos estar orgullosos de haber nacido en un continente como el americano. Pero creo que hay que descubrirlo. Lo que tengo temor es que nos muramos sin descubrir mucho que cada uno de mis amigos se vaya de esta tierra sin saber que es América. A pesar de todas las deficiencias, de la gran debacle actual que parece cubrirnos, es realmente maravillosa. También siento que se nos está empezando a morir el alma del país, el sentido de solidaridad, comunitario, de sus provincias. Era un país que miraba y compadecía pero, desgraciadamente, empieza a dejar de ver al otro. Pero confió en su fuerza y generosidad ancestral que puede y debe resucitar. Sentirse país tal vez es una experiencia culturalmente que extraña búsqueda y angustia de parto.

Mi legado para los que buscan nuestra alma es el canto de la montaña. Se los dejo enhebrado en cien temas del canto con caja y en diez discos documentales de nuestros cantores rurales que forman el mapa musical de mi país. Allí pueden oírse latidos ancestrales que nos despiertan para siempre. Y en cuanto a mi poesía, creo que es muy de tierra adentro, a pesar de carecer de lianas y sauces. Es muy del estar-estando del patio, espiadero del cosmos.