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Beatriz Schaefer Peña: Leonor Calvera “Los fuegos de la risa”, presentación

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libro de la risaY de pronto, algo acontece que nos obliga a la celebración. Algo indefinible que nos sacude por dentro, por decirlo de alguna manera. Algo distinto que, por un instante, desde ese intersticio que se abre, inesperadamente, se nos  escapa esa expresión de la alegría. Bienvenida alegría! capaz de cicatrizar la herida del alma,  de opacar los vestigios del dolor! Pero…esa sana convulsión que nos obliga a sacudirnos en su máxima expresión ¿es realmente una manifestación de lo genuino?
Desde esta nueva obra:” Los fuegos de la risa”, Leonor Calvera, su autora, una vez más nos obliga a adentrarnos en lo sorprendente, en este caso ese territorio donde la interpretación de la hilaridad toma rumbos controvertidos.
Dividido en tres partes, el libro se inicia con  palabras de Leonor, a modo de umbral y que nos inducen a la lectura. Y entonces nos encontramos con esa  nutrida  variedad de risas que se nos manifiestan desde la evocación de las antiguas Diosas y  Dioses, celebradores de los nacimientos y la sexualidad, pero también  de la muerte.  Así asistimos, desde un imaginario escenario, al pasaje del gozo, como en el caso de las diosas lunares, hasta lo impiadoso de la destrucción, con la risa orgullosa y aterradora de Kali, la Madre de piel negra  quien, como lo expresa la autora, nos recuerda que “todo devenir extinguido conlleva a la regeneración, ya que destruir lo hecho es parte estructural del proceso de creación.”  Y, desde esta memoria, no podía estar ausente la figura implacable de Yavhé, quien se reía  y mofaba de los impíos y de los gentiles, conforme lo expresan los Salmos que se mencionan al pie de página. Pero también se ha argumentado, alguna vez, que cada destino humano obedece a su tirada de dados y que seguramente, durante tantos siglos de Humanidad contemplados desde su trono, esos destinos nacidos del azar le habrían provocado  (y le seguirían provocando, claro)  millones de sonrisas cuando no carcajadas.
También, en esta primer parte del libro, nos encontramos con los distintos sonidos de la risa: la ritual, la prohibida, la del Zen, la risa pascual, la que no tiene sonido, la sardónica, entre otras.
Imposible expresar y/o comentar en tan breve tiempo, toda la riqueza que nos va dejando en el ánimo esta lectura, con ese pasaje incesante de  personajes míticos y  reales, protagonistas de hechos y situaciones provocadoras la hilaridad. Pero entiendo que más allá de lo expresado, es desde esa vibración de las risas enunciadas donde la autora se apoya para desarrollar todo el contenido de esta obra que se origina aludiendo a épocas remotas hasta llegar a  nuestros días. En su acepción común y más frecuentada se define a la risa como “una expresión tranquila y plácida del gozo y la satisfacción del ánimo” pero sabemos, también, que muchas veces lo que hace a su acontecer es la burla del otro, como nos advierte la autora  al referirse a las Mimas, Bufones, Payasos y Clowns  cuando dice, cito: “ El rechazo a la alteridad diferenciada se manifestó casi sin excepción en toda sociedad humana”, o sea, se desprende de esta realidad que detrás de esa risa contenida o exteriorizada ante lo ridículo del otro o su torpeza,  se oculta el gozo del dolor ajeno, la perversidad, el revés de esa aparente cadencia cristalina  de la carcajada. Desde este contexto  la risa se nos revela, entonces,  no solamente desde esa amplia gama antes aludida,  sino también de las circunstancias y hechos  que pudiesen  provocarla y en este devenir de las diferentes mutaciones de la risa, pasamos del relámpago del sufismo al nacimiento de la sonrisa que aparece celebrada en el Siglo XII: sonrisa que queda definitivamente consagrada como tal en el Renacimiento  desde el rostro memorable de la Mona Lisa.
La primer parte del libro se cierra con el Carnaval, la mascarada y el bullicio “que suscita tres risas amalgamadas: la carnavalesca, la satírica y crítica y la humorística” conforme lo expresa Leonor Calvera.  Pero después del Carnaval y sus festejos de máscaras, los hombres quedaban solo frente a frente con el Diablo. Despojado de la investidura del Ángel, se lo representaba ajeno a todo vestigio de su antiguo esplendor;   portador, ya no de la Luz sino de la Muerte. Celebrador de la concupiscencia, el Diablo es condenado al Fuego y entonces, cuando ya nada queda de su presencia, se entierran sus cenizas. Y en este punto vale la transcripción de las palabras de Leonor: “No tardaría mucho  en llegar el momento en que fuera una realidad permanente la sepultura de las verdades del Ángel Caído. Las risas populares se extinguieron; la autoridad de la Iglesia y la monarquía decretaron la persecución de cualquier indicio de la presencia igualitaria de Lucifer entre los hombres. Los que desobedecieron fueron entregados a las llamas de las hogueras de la Inquisición.”
Ya en la segunda parte de la obra  y desde la Antigüedad se nos manifiestan diferentes presencias evocadas, desde Platón ,  Aristóteles y Santo Tomás quienes desdeñaban la risa, hasta Nietzche, Bergson y Freud, entre otros. Aquí Leonor nos recuerda que “la Iglesia Católica fue la gran reguladora de la risa durante la Edad Media”.  Y aquí me detengo en esa otra risa antes enunciada: “la prohibida” y que sucedía en el  Hades porque “quien ríe en el inframundo demuestra que no está suficientemente purificado de su humanidad  y por lo tanto, de lo terrenal”, conforme nos lo revela Leonor. Pero  también en la tierra y en pleno Medioevo, los monjes estaban restringidos de exteriorizar cualquier asomo de lo que se consideraba un signo de debilidad y corrupción de la carne, porque Cristo nunca reía. Y aquí nos retrotraemos a esa risa “prohibida” a la que se hizo alusión. Seguramente en estos hechos se inspiró Umberto Eco para la construcción de su memorable novela “El nombre de la rosa”.
Antes de cerrarse esta segunda parte, nos encontramos con la descripción del lenguaje y los  diferentes colores con los cuales se puede investir al humor. Del blanco al negro, pasando también por el verde y el rojo, según el contenido de ausencia o carga de malicia y procacidad.
Ya en la tercera y última parte del libro, nos adentramos en el fascinante mundo “Junguiano”, por definirlo de alguna manera, que nos remite a los opuestos. El Yo y sus semejantes. Lo subjetivo y la objetividad que se extiende a  toda acción humana., a los medios de comunicación, las redes sociales, lo genérico, los juegos que no le ponen límite a la edad.
Y esto me hizo rescatar de la memoria la figura del genio: Wolfang Amadeo Mozart , ese eterno niño que también “jugaba con el viento de la música” creando, en el momento, “música sobre música”,* por pura diversión, y desconcertando a los músicos que lo acompañaban, obligándoles a cambiar una y otra vez el orden  pre-establecido en la partitura original.
La risoterapia, como también nos  menciona Leonor,  ya está instalada en nuestros días  como función que hace a la salud.
Y aquí hago un paréntesis para detenerme en el título que ya es un símbolo que nos puede llevar a la interpretación de la obra: ese fuego que acompaña a la risa, más allá de la naturaleza de la misma, de todos modos la va a redimir en su acción purificadora. Creo que Leonor Calvera  así lo revela en las últimas palabras que cierran la obra.
Antes de concluir con estas breves consideraciones, me retrotraigo, por unos instantes a ese lejanísimo Siglo VII a.c. cuando Licurgo, según nos revela Plutarco, mandó erigir en Laconia, región donde su ubicaba Esparta, una estatua en honor a la Risa para motivar la misma a sus habitantes que hablaban en un lenguaje afilado y conciso denominado “lacónico”.
Después de la lectura de “Los Fuegos de la Risa”, de Leonor Calvera, nos queda la convicción que cada uno dentro de sí, buceando en el océano del alma, encontrará, sin duda, el secreto mensaje que conduce a la alegría, a esa
celebración del espíritu que se traduce en lo exultante: la risa.

*Henri Bergson,” Ensayo sobre La Comedia”      

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