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Guadalupe Treibel: Sangre nueva para Carmilla

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Que, en tiempos victorianos, las vampiresas sacaran a relucir sus punzantes colmillos no solo amenazaba el plácido sueño de damas y caballeros de cuellos sensibles; también atentaba contra los pilares esenciales de una sociedad que reservaba para la mujer el rol de “ángel del hogar” (mote acuñado por el poeta inglés Coventry Patmore en su homónimo poema de 1854). Aunque el tópico revenant había capturado la atención inglesa -e incluso autores como Charles Dickens o George Bulwer-Lytton incursionaran en la temática-, la hipocresía de época solo permitía las más sangrientas aproximaciones siempre y cuando triunfase la moral. Y las reprimidas querubinas, alejadas de cualquier atisbo de sensualidad sanguinaria, continuasen ejerciendo el rol pasivo y paciente de esposas y madres. Y los seres de la noche, encarnación total del Mal, perecieran con estaca o decapitación final.

En este contexto, en el que –harto sabido- la homosexualidad era considerada un crimen, mostró su pálido rostro y afilados dientes Carmilla, protagonista de la homónima nouvelle del irlandés J. T. Sheridan Le Fanu. En 1872, 25 años antes que Bram Stoker lanzara al mundo Drácula, la novela que codificó el género para siempre, este coetáneo y paisano autor regalaba el subyugante relato de una vampiresa melancólica que profesaba devoción por (la hemoglobina de) su víctima/enamorada: Laura, quien narra en primera persona el discurrir ambiguo de la ilustre succionadora entre apariciones nocturnas, formas felinas, pelo sugestivamente largo, dedos más finos que la lluvia (como diría e.e. Cummings)…

Entre ósculos que Laura intenta esquivar y raptos de fervor (Carmilla me tomaba entre sus brazos, me miraba intensamente a los ojos, sus labios ardientes recorrían mis mejillas con mil besos y, con un susurro apenas audible, me decía: ‘Serás mía… debes ser mía… Tú y yo debemos ser una sola cosa, y para siempre’”), la pionera obra de Le Fanu -ligeramente inspirada en la historia de la condesa Báthory y sutilmente homoerótica- ha dado suficiente ADN para que los microscopios de estudios de género, queer y feministas le dedicaran unas cuantas páginas. E incluso fue recuperada por la industria cinematográfica de países varios, que adaptó libremente Carmilla en films como los de Carl Dreyer (Vampyr, 1932), Roger Vadim (Et mourir de plasir, 1960, localmente Rosa de sangre), Roy Ward Baker (Vampyre Lovers, 1970), Vicente Aranda (La novia ensangrentada, 1972) o Mauricio Chernovetzky y Mark Devendorf (Styria, 2014). Empero, acaso una de las versiones más inspiradas de este clásico ineludible llega en formato menos convencional: el de webserie, como ya ocurriera con otras “actualizaciones” narradas cual podcasts, respetuosas del espíritu del original, trasladadas a la época actual (The Lizzie Bennet Diaries, Emma Approved, Frankenstein, MD, entre otras).

Con dos temporadas de 36 capítulos cada una (los episodios varían entre los 2 y 15 minutos en duración) y próximas por venir, Carmilla -la webserie- es una producción canadiense hecha con más entusiasmo que recursos (su única financiación proviene de U By Kotex, empresa de tampones porque: ¡sorpresa!, las vampiresas no se guardan toda la sangre, ¡también menstrúan!). Lo cual no resiente el resultado final, gracias a una troupe mayoritariamente femenina que, delante y detrás de las cámaras (ejem, “la” cámara), ofrece un guión estupendo con sobrados guiños al texto original y actuaciones encantadoras (a la cabeza, las protagonistas: Elise Bauman y Natasha Negovanlis). “Carmilla es una carta de amor a Buffy la cazavampiros y Veronica Mars, y Lovecraft y Neil Gaiman, y The Lizzie Bennet Diaries y Welcome to Nightvale; y tantas otras piezas y autores que adoramos por su riqueza, su humor y su ironía atemporal”, sostiene la escritora y co-creadora Jordan Hall respecto a un producto cuya primera temporada amasó más de 15 millones de visionados en su canal YouTube. Un auténtico hit, nutrido por la inquebrantable devoción de un famdon que engorda mitología generando sus propios fanfics, cantándole loas en redes sociales, presionando y presionando para que siga llegando la financiación…

Con resultados positivos, afortunadamente. Porque así como Sheridan Le Fanu torciera ¿intuitivamente? el todavía oculto brazo de las identidades de género a fines del siglo 19, la serie web continúa la cruzada con genuina inspiración LGBT y, además de flechar a las antagónicas protagonistas, no escatima en secundarios que amplían el arcoíris (Perry es asexual, LaFontaine no-binaria, Danny bisexual…). Y aunque no falta trama romántica, el quid de la cuestión es… monstruoso (chupasangres, gigantes peces del infierno, ¿Lilith?, etcétera), con fuerzas del mal alimentándose ya no de sangre virginal sino de cualquier grupo sanguíneo y social que provenga de la estudiantina de la Universidad de Silas, en Styria, Austria. Puntapié para que la soñadora Laura (geek adoradora de Doctor Who, con problemática adicción al… azúcar) arrastre a la indiferente vampiresa (nihilista y sardónica condesa Karnstein, aka Carmilla, su compañera de cuarto) a nuevas aventuras, y juntas aprendan que ni siquiera puede aplicarse el binarismo en conceptos estáticos como Mal vs. Bien. Y, por supuesto, que la unidad damisélica hace a la fuerza. Pero eso ya lo sabíamos.

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