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BEATRIZ SCHAEFER PEÑA – La tradición

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La celebración del nacimiento de José Hernández, ocurrido el 10 de Noviembre de 1834, dio origen a nuestro “Día de la Tradición” que festejamos en el sentido que se le da a esa fecha desde un profundo concepto relacionado con la cultura. Y desde esta recordación, casi juntos en la memoria y en la pampa, marchan  Martín Fierro y Santos Vega.

La leyenda encarnada de la literatura “Hernandiana”, que creó el arquetipo argentino en el valor y  la dignidad de la vida, en la amistad y la defensa de nuestro ser nacional, aparece junto al otro héroe legendario: “el Santos Vega”, en quien encontramos esos mismos significados pero también con el símbolo del canto; así lo consideran Bartolomé Mitre, Bartolomé Hidalgo y tantos otros poetas que han presentido esa guitarra doliente que suena como si sus cuerdas estuviesen  impulsadas por gotas de llanto, según nos lo ha revelado su autor, Rafael Obligado.  De los cuatro cantos que hacen a la historia de su héroe: “el Santos Vega”, los tres primeros: El alma del payador, La prenda del payador y El himno d del payador, son piezas escritas en décimas memorables donde aparece la descripción de la llanura, el amor gentil del gaucho y la gran convocatoria para llamar a los argentinos a la lucha emancipadora: Los que tengan corazón/ los que el alma libre tengan/ Los valientes/ esos vengan/ a escuchar esta canción, según reza “El Himno del Payador”.  Pero sin duda alguna  el canto cuarto : La muerte del payador, es uno de los más grandes símbolos que nos ha dado la literatura argentina en su significado y vaticinio. La payada de Santos Vega  con Juan Sin Ropa, supuestamente el progreso  o  el Diablo, tiene por escenario la inmensidad de la pampa vacía de ese progreso pero grande en la grandeza de su gente humilde. Allí se establece el duelo entre dos guitarras, entre dos tiempos, dos visiones y seguramente entre dos Argentinas. Una, que moría con el gaucho y sus banderas y la otra que surgía desde el impulso foráneo

img01Este canto contiene profundas alegorías que hacen a nuestra tradición: el ombú, la guitarra, la pampa inmensa y quieta en su quietud de milenios y el Santos Vega que no está sólo  porque lo rodean sus amigos representados en esos otros símbolos: el silencio, la distancia, los caballos, los jinetes, la vestimenta del gaucho… Pero también está Juan Sin Ropa, quien aparece cabalgando velozmente en contraposición a esa quietud pampeana y vestido a la usanza europea, que en el canto no se  describe. Al llegar y a pesar de que los amigos le ruegan a Santos Vega guardar silencio, Juan Sin Ropa desafía al payador  y al hacerlo es como si desafiara y sacudiera a la pampa de su letargo, como avisando del futuro destino de esos pueblos.

En este Canto 4to. Santos Vega habla de las tardes pampeanas con unción  y ternura. Por el contrario, Juan Sin Ropa lo hace con exaltación y habla del orgullo, la ambición, los más íntimos anhelos, el futuro… convirtiéndose entonces estas estrofas en el vaticinio más grande de Rafael Obligado porque, en aquella época, la única ciudad existente era Buenos Aires. Así nos sentencia el poeta : Al compás de ese concierto /mil ciudades del desierto/ levantaba de sí mismo/ y a la par que en el abismo/ una edad se desmorona/ derramando en la ancha zona/ el conjuro de la Europa/ que sin duda, Juan Sin Ropa/ era la ciencia en persona.

Desde esta breve evocación, donde se produce el encuentro del ayer y del futuro en la inmensidad pampeana,  quisiera exaltar, en el recuerdo de Rafael Obligado, la memoria de nuestra memoria: pero no como Juan Sin Ropa convertido en serpiente desde un árbol en llamas que arroja cenizas sobre el pasado, porque nuestro recuerdo debe florecer, no desde las cenizas, sino de la propia existencia de ese pasado que en definitiva es lo que hace a la esencia de la Patria.

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