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Claudia de Bella: María Montessori. La educadora para la libertad

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María Montessori. La educadora para la libertad
Por Claudia de Bella

En 1860, Alessandro Montessori y su flamante esposa, Renilde Stoppani, vivían en Chiaravalle, un pueblito de Italia de apenas 4500 habitantes. Alessandro era un caballero chapado a la antigua, heredero de una familia de alcurnia y con buena posición, muy conservador y habituado a la disciplina militar, porque en su juventud había sido soldado, aunque después abandonó la carrera castrense y de allí en adelante se dedicó a trabajar como funcionario público. Renilde, 8 años menor que él, era una mujer muy educada para la época, que amaba la lectura y que apoyaba la unificación de Italia que estaba terminando de concretarse en esos tiempos. Podríamos decir que, para un pueblo como Chiaravalle, donde casi todos eran analfabetos, Renilde era una especie de eminencia.

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Apenas un año después de la boda, el 31 de agosto de 1870, nació la única hija de la pareja, María, que muy pronto comenzó a dar señales de su aguda inteligencia. Desde una edad muy temprana, se destacó como una personita muy decidida, segura de sí misma, optimista y extremadamente interesada en el cambio. Casi siempre asumía un rol de liderazgo en los juegos y en las conversaciones con sus pares o con los adultos. Tenía el hábito de intervenir en las charlas de sus padres para dar su opinión, algo bastante impertinente en una época en que los niños no tenían injerencia ni en las cuestiones más banales. Alessandro y Renilde debatían largamente, casi siempre sin ponerse de acuerdo, sobre qué era lo mejor para su hija, si disciplinarla o dejarla desplegar todo su talento. Durante esos años, la pequeña María se volvió muy apegada a su padre, aunque la única que alentaba sus ambiciones e intereses y la apoyaba en todo lo que emprendía era su madre.

Hasta el año anterior al nacimiento de María, el sistema educativo italiano había sido un feudo exclusivamente masculino. Las mujeres se educaban en casa o en la iglesia y su destino se limitaba a ser esposas, madres o, a lo sumo, maestras, la única profesión considerada aceptable para el género femenino. Sin embargo, en 1870, el gobierno de la Italia unificada estaba en manos del rey Víctor Manuel II  que, poco a poco, fue introduciendo cambios fundamentales, como reducir la influencia de la iglesia católica en los asuntos de estado, instaurar el derecho al voto, las libertades civiles y la igualdad impositiva, abolir el trabajo infantil y establecer la educación pública, gratuita y obligatoria para ambos sexos.

Gracias a estas nuevas reglas de juego, María y todas las niñas de su edad pudieron cursar la escuela primaria, aunque con un problema: de pronto, con todo el caudal de alumnado femenino que se sumó al ya existente, las escuelas quedaron chicas y se produjo una superpoblación. Los niños recibían sus clases en aulas abarrotadas, ruidosas y sucias, factor que favorecía el bajo rendimiento escolar. Pero María, a pesar de estas condiciones adversas, cursó sus estudios primarios con gran facilidad y con excelentes calificaciones. Y quiso seguir estudiando. A los 13 años ingresó en una escuela técnica donde era la única mujer en todo el establecimiento. En esa escuela obtuvo calificaciones tan altas (con un promedio general de 137/150) que, cuando finalizó en 1886, logró entrar en el prestigioso Instituto Técnico Leonardo da Vinci —equivalente a lo que hoy serían los dos últimos años de una escuela secundaria—, donde cursó matemáticas, ciencias sociales, ciencias naturales e idiomas, distinguiéndose una vez más por su desempeño sobresaliente en todas las materias. Cuando egresó, en 1890, ya estaba decidida a volcarse a las ciencias biológicas y estudiar medicina.

Su familia quedó consternada ante la noticia y rechazó por completo la idea de María porque, a pesar de todas las reformas educativas, todavía era inconcebible que una mujer ingresara en la Facultad de Medicina, no tanto por considerar al género femenino incapaz de absorber esos conocimientos, sino por la manipulación de cuerpos desnudos necesaria para el aprendizaje práctico y, más tarde, para atender a los pacientes. Una señorita no podía ni debía dedicarse a tareas tan indecorosas. Alessandro, el que más se oponía, llegó al punto de prohibirle a su hija que estudiara esa carrera. Las discusiones y peleas entre ambos se hicieron habituales y, rápidamente, fueron deteriorando su relación.

Sabemos que la educación es una de las herramientas principales que nos permiten acceder a la verdadera libertad. Cuanto más sabemos, más somos conscientes de lo que tenemos derecho a hacer y a ser. No en vano los hombres mantuvieron a las mujeres lejos de las escuelas y universidades durante tantos siglos: una sierva que se vuelve sabia ya no acepta ser sierva, quiere mucho más. Y María Montessori, a esta altura de su vida, no sólo había recibido ya varios años de educación, sino que además contaba con su inteligencia innata y su temperamento decidido y tenaz. Ni la autoridad de su padre ni los prejuicios sociales que aún ahogaban a las mujeres iban a intimidarla.

Poco tiempo después de egresar del Instituto da Vinci, se presentó en la Universidad de Roma y solicitó ingresar en la Facultad de Medicina. Como era previsible, la rechazaron por su condición de mujer, pero no se desanimó y aplicó otra estrategia: modificó su solicitud, postulándose para otra orientación. Finalmente, fue aceptada para cursar física, matemáticas y ciencias naturales, materias donde las mujeres estaban “bien vistas”. María se dedicó a estudiar con todas sus energías, mientras la mayoría de sus compañeras soñaban con casarse pronto. Su padre seguía furioso con ella y la censuraba duramente, pero ella persistió y obtuvo una licenciatura dos años después, con un promedio más que suficiente para volver a intentar el ingreso en Medicina, aunque la objeción principal, su género, aún se mantenía firme. María volvió a la carga. No hay registros de cómo lo consiguió pero en 1892 la Universidad le permitió iniciar los estudios que tanto anhelaba.

Imaginemos por un momento la conmoción que causó este hecho inaudito en todo el ámbito académico: una mujer trabajando codo a codo con los hombres por primera vez, examinando pacientes y estudiando el cuerpo humano. Sus compañeros y profesores la miraban con desconfianza y recelo. En la casa familiar de Chiaravalle, el ambiente también era muy tenso: su padre y ella ya no se dirigían la palabra. En contraposición, seguía contando con el apoyo incondicional de su madre, que incluso a veces la ayudaba a estudiar.

María terminó la carrera en apenas cuatro años. Su brillante tesis final, presentada en 1896, impresionó tanto a los diez hombres que integraban el comité examinador que le otorgaron el título habilitante de doctora en medicina y cirujana sin ninguna restricción, con una calificación de 105/100. Así, María cumplía su sueño y se convertía en la primera médica de la historia de Italia. Y apenas tenía 26 años.

Inmediatamente, la seleccionaron para representar a su país en la Conferencia de la Mujer que se llevó a cabo en Berlín ese mismo año, en donde habló de las condiciones de vida de las mujeres y los niños y de la manera en que éstas repercutían en la sociedad. En noviembre, la nombraron cirujana asistente en el hospital Santo Spirito y al año siguiente, 1897, pasó a formar parte del cuerpo académico de la Universidad de Roma, en calidad de voluntaria, para dedicarse al trabajo de investigación.

Al mismo tiempo, inició una relación con el psiquiatra Giuseppe Montesano, que había sido su profesor, y muy pronto quedó embarazada. Desde luego, esto provocó otro escándalo, tanto en su familia como en la de Giuseppe. Para colmo, María, de espíritu siempre independiente y poco convencional, quería tener a su hijo pero no casarse… en otras palabras, pretendía cometer el “sacrilegio” de ser madre soltera y continuar con su vida (María adhería al movimiento feminista y más tarde comenzó a militar activamente); por otra parte, Giuseppe tampoco estaba interesado en el matrimonio ni en reconocer al niño y la abandonó. La tolerancia de los padres de María se terminó definitivamente: ella había tenido relaciones sexuales sin casarse, estaba embarazada y pretendía tener a su hijo sin ningún marido al lado… era una verdadera deshonra para una familia tradicional y católica. En consecuencia, las familias de María y Giuseppe idearon juntas el plan de mantener el embarazo en secreto y entregar al bebé a otras personas apenas naciera.

El único hijo de María nació el 31 de marzo de 1898 y fue bautizado con el nombre de Mario Montessori, es decir, con el apellido de su madre. Solamente quienes pertenecían al círculo más íntimo se enteraron de su existencia. María tuvo que ceder a las presiones de sus parientes y, en definitiva, Mario fue llevado al hogar de una familia que vivía en el campo, donde creció sin que nadie le dijera una palabra de la situación. Aunque María se preocupaba mucho por él, lo visitaba de vez en cuando y le enviaba dinero a la familia que lo cuidaba, Mario no se enteró de quién era su verdadera madre hasta los 15 años.

Paralelamente a su drama personal, en ese momento una de las responsabilidades laborales de María consistía en visitar hospicios para enfermos mentales. Fue allí donde tomó contacto con niños que sufrían de retraso mental y que no podían convivir en las escuelas ni con sus familias, pero que no disponían de otro tipo de institución especializada que los cobijara. Observó que esos niños estaban ávidos por aprender y comenzó a pensar de qué manera podía ayudarlos, porque descubrió en ellos mucho potencial que podían desarrollar para tener una vida más digna. Algunos de esos niños, que habían sido catalogados como “imposibles de educar” por las instituciones que los alojaban, vivían encerrados en cuartos despojados, sin ningún objeto, y parecían buscar desesperadamente algo que hacer. María se dio cuenta de que varios chicos siempre dejaban algunas migajas del almuerzo o de la cena y que luego se ponían a jugar con ellas. Voy a repetirlo, porque la imagen es desoladora: dejaban restos en el plato para poder tener algo con qué jugar. A partir de estas observaciones, María concluyó que el ser humano tenía una necesidad innata de manipular, de estar en contacto con la realidad, de aprender y de estar en actividad.

Habló de este tema en el Congreso Pedagógico de Turín en 1898, donde centró su exposición en dos cuestiones: la primera, la educación de los menores con deficiencia mental; la segunda, la tendencia de los niños abandonados a convertirse en delincuentes cuando eran mayores, un tema  de gran actualidad para la época porque, poco tiempo antes del Congreso, había muerto la Emperatriz Elisabeth de Austria, más conocida como “Sissi”, apuñalada por un joven de 25 años cuya madre lo había abandonado en un orfanato cuando era muy pequeño. Al año siguiente, María participó de la Conferencia Feminista de Londres, donde también se refirió a un tema relacionado con los niños: la explotación infantil en las minas de Sicilia.

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Tal vez porque sentía la ausencia de ese hijo al que había tenido que renunciar, María fue orientando su trabajo cada vez más hacia los chicos y el comportamiento humano. En 1901 retomó los estudios universitarios, pero no del cuerpo, sino de la mente: comenzó a cursar psicología, antropología y filosofía, materia en que obtuvo un doctorado. En 1904, la Universidad de Roma le ofreció una cátedra de antropología, que ejerció durante sólo dos años, porque en 1906 decidió volcarse definitivamente a lo que más tarde se convertiría en la mayor obra de su vida: rediseñar completamente la manera de educar a los niños. En principio, el objetivo que se fijó fue la rehabilitación de todos los menores desechados por la sociedad: los retardados y los que sufrían trastornos de conducta. Consiguió excelentes resultados; los niños mentalmente deficientes, que otros hubieran enviado al hospicio sin más discusión, aprendían a cuidar de sí mismos y algunos hasta lograban aprobar los exámenes escolares destinados a los alumnos con capacidades cognitivas normales. Esto llevó a María a la conclusión lógica de que los niños normales estaban intelectualmente subdesarrollados, puesto que aquellos que tenían impedimentos podían alcanzar su mismo nivel de rendimiento académico con  relativa facilidad mediante una rehabilitación y reeducación adecuadas. Se preguntó, entonces, qué ocurriría si aplicaba su método a los niños sin deficiencias.

Sobre esta base, empezó a trabajar con sesenta chicos normales de diferentes edades, provenientes de familias analfabetas de bajos recursos, reuniéndolos en un edificio situado en San Lorenzo, una zona muy pobre de Roma, al que llamó “Casa de los Niños”. La Casa no era una escuela típica, sino un espacio pensado para que los chicos tuvieran toda la comodidad necesaria y desplegaran libremente sus actividades. María comenzó a notar que ellos, por sí solos, absorbían conocimiento casi sin esfuerzo, interactuando con el entorno y “enseñándose a sí mismos”. Fruto de estas observaciones, nacieron las ideas que plantearía más adelante: que el aprendizaje era un proceso natural, que no se adquiría escuchando palabras sino experimentando el ambiente y asimilando naturalmente la enorme masa de información y sabiduría que éste ofrecía, y que la tarea de un educador consistía en ayudar a los niños a hacer y descubrir las cosas solos, no en hacerlas y descubrirlas por ellos.

María observó que el aprendizaje natural se potenciaba si se permitía que los niños, bajo la mirada atenta de los adultos, actuaran en libertad y echaran mano de todo lo que más les interesaba sin que nadie los dirigiera. Teniendo a su disposición todo tipo de muebles, equipos y objetos a los que podían acceder con facilidad, se automotivaban para explorar, experimentar y lograr una nueva comprensión de la realidad. En este sentido, comprobó que los materiales que brindaban la posibilidad de autocorrección (por ejemplo, los rompecabezas y los juegos de encastre de figuras geométricas en orificios con la forma correspondiente, que permiten darse cuenta en el acto si las piezas están bien colocadas o no) eran fundamentales para el aprendizaje independiente. Otro de sus importantes hallazgos fue que si los niños estaban agrupados con otros mayores y menores, aunque con no más de tres años de diferencia (de 3 a 6, de 6 a 9, etc.), no sólo trabajaban juntos perfectamente bien, sino que se enseñaban unos a otros. En esas interacciones, los más grandes del grupo aprendían a transmitir conocimiento y a cuidar de los demás, mientras los más pequeños asimilaban las estrategias de aprendizaje y juego de los mayores que aún no se les habían ocurrido a ellos mismos.

En la Casa de los Niños se hizo evidente que, cuando se les daba la posibilidad de experimentar y alcanzar el dominio de habilidades y conocimientos prácticos  adecuados para su edad y desarrollo, los chicos de cualquier edad lograban progresos. Por ejemplo, los pequeños en edad preescolar se entusiasmaban cuando los llevaban a ayudar en la cocina, se enorgullecían cuando ponían la mesa y se sentían más seguros y valorados cuando lograban conducirse con los modales correctos. La autoestima y la alegría de los preadolescentes aumentaban enormemente cuando aprendían a manejar la economía doméstica básica, administrar una tienda o construir muebles; además, también tenían mejor desempeño cuando se ponía el acento en el aprendizaje práctico y orientado a la acción, más que en el estrictamente intelectual. Según María, esto se debía a que los adolescentes se encontraban en una etapa de la vida donde existían muchas presiones psicológicas y físicas, con muchos altibajos de humor y emociones encontradas, producto de los cambios hormonales, que les impedían concentrarse cuando los estudios se basaban únicamente en lo abstracto.

Pero quizás el concepto más revolucionario que planteó María Montessori fue el que proponía una inversión completa de lo que, hasta ese momento, se consideraba la base de la relación docente-alumno: que los estudiantes debían prestar atención a los maestros durante una clase. Ella postuló todo lo contrario: que eran los docentes los que tenían que prestar atención a los alumnos, para observar cómo reaccionaban ante los diferentes métodos y materiales de enseñanza y, de este modo, saber cómo presentar los próximos contenidos de la manera más efectiva para ellos. Esto suponía reconocer a cada niño como un individuo, con necesidades y capacidades particulares, y asumir la tarea de guiar a cada uno de la manera adecuada para ayudarlo a desarrollar al máximo su potencial.

En aquella Casa de los Niños, María puso en práctica todas estas ideas y demostró la efectividad de su perspectiva al provocar una verdadera transformación en las vidas y las mentes de los menores que educaba. Los padres y docentes estaban atónitos con los resultados y María comenzaba a ganar cada vez más seguidores, al tiempo que provocaba una conmoción en esa sociedad de principios del siglo XX, que daba por sentado que la única manera de transmitir conocimiento a los niños era a través de la “instrucción”, es decir, de las palabras de un maestro o profesor durante una clase.

En 1909, María dictó los primeros cursos para formar “guías Montessori”, a los que asistieron profesionales de todas las especialidades y, al final de ese ciclo, escribió su libro El método de la pedagogía científica, en el que detalló el fundamento de su sistema y los materiales necesarios para implementarlo. Más adelante, dio a conocer sus experiencias y conclusiones en el libro El método Montessori, publicado en 1912. En sus páginas, criticaba a las escuelas tradicionales, donde los niños eran “pinchados con alfileres como las mariposas” para que se quedaran quietos en su lugar, anulando su disposición natural a la acción y el movimiento. La primera edición de esta obra (5000 ejemplares) se agotó en cuatro días. El método Montessori ejerció una enorme influencia en todo el mundo y fue la chispa que detonó una reforma educativa en muchas naciones.

El método de María Montessori se basa en el concepto de que la mente de todos los niños pequeños es absorbente como una esponja, con una capacidad casi infinita de internalizar conocimientos en el nivel inconsciente para luego transferirlos gradualmente a la conciencia, atravesando un proceso natural que les provoca satisfacción y alegría, en oposición a la instrucción externa, que les resulta aburrida y frustrante. Por eso, se debe considerar a los niños como personas que necesitan ayuda y apoyo para autoeducarse a su modo y a su ritmo y no como seres de menor categoría o de intelecto inferior a los que hay que llenar de conocimientos predigeridos como si fuesen recipientes vacíos.

 

MÉTODO TRADICIONAL MÉTODO MONTESSORI
Énfasis en la memorización. Énfasis en las estructuras del conocimiento.
Enseñanza que sigue el modelo utilizado para los adultos. Enseñanza individual y/o en grupo, adaptada al estilo de aprendizaje del niño.
Grupos de la misma edad. Grupos de distintas edades.
Programa de estudios fijo que no tiene en cuenta el interés del niño. El niño elige su propio trabajo según sus intereses y habilidades.
Refuerzo del aprendizaje por repetición de palabras (externo). Refuerzo del aprendizaje por repetición de actividades (interno).
Sistema de premios y castigos que fomenta el desaliento y la baja autoestima. Sistema donde el niño reconoce internamente cuando ha tenido éxito; se estimulan las ganas de aprender y  la autoestima.
Pocos materiales para manipular y desarrollar los sentidos. Gran cantidad de materiales para manipular y desarrollar los sentidos.
Menos énfasis en la higiene personal y la limpieza del espacio. Aprendizaje programado de la higiene personal y la limpieza del espacio.
El docente:

– ejerce un rol dominante y activo;

– impone la disciplina;

– es el único que enseña y no motiva a los niños a colaborar entre sí;

– guía al niño hacia los conceptos;

– marca el ritmo de los aprendizajes;

– corrige los trabajos y señala los errores.

El docente:

– guía y apoya sin obstaculizar;

– deja que el ambiente y el método generen la autodisciplina;

– fomenta la autoenseñanza y motiva a los niños a enseñarse mutuamente;

– permite que el niño forme los conceptos a partir del material autodidáctico;

– deja que el niño aprenda y asimile la información a su propio ritmo;

– deja que el niño descubra y corrija los errores por sí solo, a través de la interacción con los materiales.

El niño:

– es un participante pasivo de su propio aprendizaje;

– cuenta con un tiempo específico para realizar su trabajo;

– debe sentarse en un lugar asignado y no puede desplazarse por el aula;

– debe hablar en voz alta cuando se lo indica el docente y no puede murmurar ni cuchichear con sus compañeros;

– trabaja en grupo cuando lo decide el docente.

El niño:

– es el protagonista activo de su propio aprendizaje;

– trabaja el tiempo que quiera con los proyectos o materiales elegidos;

– se ubica donde se siente más cómodo y se mueve libremente;

– no está obligado a hablar y puede conversar en voz baja;

– trabaja en grupo cuando lo desea.

 

 

En su libro La mente absorbente, María Montessori escribió:

El nuestro, más que una escuela, era un hogar, un sitio preparado para los niños donde asimilaban difusamente la cultura, sin ninguna instrucción directa. Aprendían a leer y escribir antes de los cinco años y por sus propios medios. En aquel momento, parecía milagroso que los niños de cuatro años fueran capaces de escribir sin que nadie les hubiese enseñado.

El tema nos intrigó durante mucho tiempo, pero después de repetir los experimentos una y otra vez con los mismos resultados, llegamos a la firme conclusión de que todos los niños están dotados de esa capacidad para absorber la cultura. Entonces, nos planteamos que, si esto era cierto, si la cultura podía adquirirse sin esfuerzo, debíamos poner otros elementos de la cultura a disposición de los niños. Así lo hicimos y entonces los vimos absorber mucho más que la lectoescritura: botánica, zoología, matemáticas y geografía, todo con la misma facilidad y espontaneidad, y sin cansarse.

Así descubrimos que la educación no es el resultado de lo que hace un docente, sino un proceso natural que se desarrolla espontáneamente en el ser humano. No se adquiere escuchando palabras, sino en virtud de las experiencias vividas por el niño mientras interactúa con el medio ambiente. La tarea de un docente no es hablar, sino preparar y organizar una serie de motivadores de la actividad cultural dentro de un ambiente pensado especialmente para los chicos. 

Todo esto atrajo la atención del científico e inventor escocés Alexander Graham Bell, del norteamericano Thomas Alva Edison, también inventor y empresario, y de Helen Keller, la famosa mujer sorda, ciega y muda que se transformó en activista a favor de los discapacitados luego de haber experimentado en carne propia que era posible llevar una vida digna e independiente a pesar de los impedimentos físicos. En 1913, Alexander Graham Bell fundó la Asociación Educativa Montessori, con sede en Washington y presidida por él mismo y por Margaret, la hija del Presidente Wilson, e invitó María a viajar los Estados Unidos.

Mientras tanto, Mario Montessori ya conocía la identidad de su verdadera madre. Ambos comenzaron a establecer una relación que, con el tiempo, se volvería cada vez más estrecha, aunque María, por respeto a su familia, siempre lo presentó como su “hijo adoptivo”. Cuando surgió el viaje a los Estados Unidos, decidió llevar a Mario con ella y, de allí en adelante, nunca volvieron a separarse.

María difundió ampliamente su método en diversos puntos del país y desató una explosión de interés por aplicar sus teorías en las escuelas de los EE.UU. Dio una conferencia en el famoso Carnegie Hall de Nueva York, con capacidad para 2800 espectadores, y causó una profunda impresión cuando hizo una demostración de sus técnicas en la Exposición Internacional Panamá-Pacífico, en la ciudad de San Francisco. Los diarios la describían como la mujer que había revolucionado el sistema educativo mundial con un método que causaba sensación hasta en lugares tan remotos como Corea y la Argentina (recordemos que, en aquel tiempo, aún no existían los vuelos comerciales; los viajes se hacían en barco y los países lejanos se percibían casi como si estuviesen en otro planeta). Pero todo este entusiasmo decayó abruptamente cuando, en 1914, el reconocido pedagogo y profesor de la Universidad de Columbia William Kilpatrick defenestró el método Montessori, criticando duramente a María. Esto representó un fuerte revés para ella, aunque pudo afrontarlo con relativa calma gracias a la presencia y el apoyo de su hijo. Ambos partieron de los EE.UU. y regresaron a Italia.

Ese mismo año, María escribió su libro La autoeducación en la escuela primaria y al año siguiente participó de la Conferencia Internacional de Roma, donde gran cantidad de personas de todo el mundo se acercaron a escucharla. En la Casa fundada por María, los niños de 4 años aprendían solos a leer y escribir, eran independientes, sabían conducirse con total libertad sin caer en el descontrol porque eran capaces de autodisciplinarse y demostraban un gran amor por el estudio y el trabajo. Tanto los italianos como los extranjeros que visitaban el establecimiento quedaban fascinados al ver los resultados que allí se obtenían. Por eso, y a pesar del desprestigio que había sufrido en los EE.UU., la obra de María continuó despertando gran interés en otros países, que requerían su presencia para dictar cursos de formación, llevándola a emprender muchas giras internacionales. La relación personal y laboral de María y su hijo ya estaba bien afianzada; él acompañaba en todos sus viajes y la ayudaba a organizar los cursos.

En 1919, María viajó a Londres, donde fue recibida con los honores propios de un miembro de la realeza. En 1922, el gobierno de Italia la nombró Inspectora General de Escuelas y más tarde, en 1925, se realizó el Congreso Montessori Internacional en la ciudad finlandesa de Helsinki. A los 55 años, María se había convertido en una celebridad de fama mundial, pero este punto alto de su carrera pronto se vería ensombrecido por los infortunados acontecimientos que ocurrieron después.

En el año 1926, el dictador italiano Benito Mussolini fundó la Real Academia del Método Montessori, que estimuló la creación de más escuelas y centros de capacitación en toda Italia. Pero la verdadera intención de Mussolini era utilizarlos como usinas de adoctrinamiento para que, más tarde, los alumnos apoyaran sus ideas fascistas y se incorporaran de buena gana a su proyecto bélico. Cuando María se percató de todo esto, de inmediato le comunicó al dictador que, a partir de ese momento, rechazaba cualquier tipo de apoyo del gobierno porque ese plan aberrante era el polo opuesto de todo lo que ella había defendido siempre: la libertad, la independencia mental, la dignidad y la integridad de los niños. Como resultado de la valiente actitud de esta mujer eternamente fiel a sus convicciones, Mussolini ordenó clausurar la Academia y todas las escuelas Montessori de Italia.

En 1929, María y su hijo fundaron la Asociación Montessori Internacional (AMI), con sede en Holanda, destinada a supervisar a las escuelas Montessori que se abrían en todo el mundo y a la capacitación de educadores. Mientras tanto, en Italia la situación iba de mal en peor. La actividad de María estaba prácticamente prohibida y, finalmente, en 1934, Mussolini decretó el exilio de los Montessori, que fueron a refugiarse a la ciudad de Barcelona, España, donde María comenzó a elaborar un sistema de aprendizaje para la catequesis. Por desgracia, su trabajo volvió a frustrarse cuando, en 1936, estalló la Guerra Civil Española y ella y Mario debieron huir nuevamente. En esta ocasión, el país elegido fue Holanda, donde los Montessori tuvieron que empezar desde cero una vez más. Mario, que ya tenía 38 años, se abocó de lleno a ejercer la presidencia de la AMI y María, de 66, se dedicó escribir su libro El niño, secreto de la infancia, que publicó en 1938.

Poco después, la Sociedad Teosófica de la India —país que, en ese entonces, aún estaba gobernado por los colonizadores británicos— invitó a María a viajar a Madrás para dictar un curso de tres meses. Hacia allí fueron ella y su hijo, en octubre de 1939, con la idea de regresar a Europa en algún momento del año siguiente. Pero la Segunda Guerra Mundial, que había comenzado un mes antes del viaje, los obligó a quedarse en la India mucho tiempo más: la estadía se prolongó durante casi siete años.

Como los Montessori procedían de Italia, nación que estaba en guerra con Gran Bretaña, el gobierno local envió a Mario a un campo de trabajos forzados para civiles; en cuanto a María, le dieron permiso para seguir trabajando, pero no para salir del país ni para circular libremente por el territorio indio. Mientras se dedicaba a su labor con niños en edad escolar, iniciando una escuela primaria Montessori y aplicando allí su método de educación, María sufrió tremendamente la ausencia de su hijo, después de tantos años de tenerlo a su lado como mano derecha y principal sostén emocional. Para su fortuna, sin embargo, las autoridades británicas, decidieron liberarlo al año siguiente de su detención. Desde entonces y hasta 1946, María dictó dieciséis cursos, capacitando a más de mil docentes indios en la utilización de su método.

En este período, se le despertó un interés específico por los niños de 0 a 3 años. Siempre sobre la base de sus observaciones, notó que los pequeños de 3 años ya eran capaces de elegir un objeto por sí solos y de fijar su concentración en él y que, aun a edad más temprana, era posible educar a los niños para optimizar su desarrollo mental. Sobre esta base, y como alternativa superadora de las simples guarderías, implementó las Comunidades Infantiles, donde se estimulaba el autoaprendizaje desde el mismo nacimiento. Dentro de esos ámbitos, María modificaba constantemente los materiales de trabajo y las características del entorno hasta que encontraba los que le permitían captar al cien por ciento el interés de los pequeños. Como ella decía, eran los propios niños los que le enseñaban el método Montessori.

María había llegado a la India a la edad de 70 años y pudo marcharse de allí recién a los 76, pero, a pesar de haber vivido intensamente hasta ese momento, estaba muy lejos querer descansar y abrazar el estilo de vida de la mayoría de las mujeres de su edad. Regresó a Holanda con su amado hijo y luego recomenzaron sus viajes por todo el mundo para dictar cursos y conferencias que la llevaron a lugares tan disímiles como Escocia, Ceilán, Francia, Pakistán y Argentina. En 1947, fundó el Centro Montessori de Londres, mientras en todo el globo comenzaban a abrirse cada vez más escuelas que aplicaban su método y en la Italia post-Mussolini volvían a ponerse en marcha todos sus establecimientos.

Francia la condecoró con la Orden de la Legión de Honor y recibió el diploma Honoris Causa de la Universidad de Amsterdam. En 1948, volvió a visitar la India; al año siguiente publicó su libro La mente absorbente y fue nominada para el Premio Nobel de la Paz, que finalmente no le fue otorgado. Lo mismo ocurrió en 1950 y 1951, cuando también fue objeto de sendas nominaciones. El hecho de haber sido ignorada durante tres años consecutivos por el Comité del Nobel fue interpretado en algunos círculos como un acto de sexismo.

En 1951, María presidió el Congreso Montessori Internacional realizado en Londres y luego dejó de dar conferencias para instalarse un tiempo en Italia, después de tantos años de exilio, donde colaboró en la reorganización de las escuelas y asumió un cargo docente en la Universidad de Roma. Finalmente, el 6 de mayo 1952, ya de vuelta en Holanda, esta mujer admirable, creativa, inteligente, emprendedora, de principios firmes, de coraje y energía inagotables, que dedicó su vida al perfeccionamiento de la humanidad a través de una educación que permitía que los niños y niñas se convirtieran en hombres y mujeres independientes y autosuficientes, que sabían vivir en libertad con responsabilidad, que valoraban el trabajo y se valoraban a sí mismos, llegó al fin de su vida en la localidad de Noordwijk, poco antes de cumplir 82 años, víctima de un derrame cerebral, cuando planeaba una visita al Continente Africano por invitación del presidente de Ghana.

Después de la desaparición de su madre, Mario continuó con la tarea de organizar cursos y de difundir activamente su método. Siguió al frente de la AMI hasta su propia muerte, en 1982, cuando fue sucedido por su hija Renilde, que hasta el día de hoy lidera la Asociación de su abuela. Por otro lado, la Dra. Nancy McCormick Rambusch reivindicó el método en los Estados Unidos al fundar la Sociedad Montessori Americana, que funciona desde 1960.

Hoy en día, después de más de cien años de la publicación de El método Montessori, muchos de sus conceptos nos parecen tremendamente obvios porque han calado tan hondo en los sistemas educativos que nos parece que han estado allí desde siempre. No deben existir muchos jardines de infantes y preescolares en el mundo que no apliquen, como mínimo, algunas de estas técnicas: muebles del tamaño de los niños, armarios y percheros a su alcance, juegos que involucran la reproducción de las tareas domésticas, prácticas de higiene personal, actividades al aire libre, uso de rompecabezas, bloques de madera para construir y juegos de encastre, canciones, pinturas, recorte de figuras… todas propuestas de María Montessori. Su trabajo ha influido en la educación de los niños de 0 a 5 años más que el de cualquier otro pedagogo.

Cuando María nació, los adultos no reconocían que los más pequeños tenían voluntad, personalidad, fuerza moral, opiniones, preferencias y ganas de aprender y expresarse. Ella logró comprender profundamente el alma de los niños, su potencial y las leyes que rigen su desarrollo, elevándolos a un rango mucho más alto del que les atribuían y que, por desgracia, todavía muchos les atribuyen. Sin duda, integra el grupo de las personalidades destacadas que colaboraron en la construcción del mundo contemporáneo.

Si tenemos en cuenta, además, la época en que se crió, sus logros se vuelven aún más extraordinarios. Cuando María tenía 20 años, las mujeres no podían caminar solas por la calle, tener una cuenta en el banco, tomar decisiones ni hacer nada sin el consentimiento de sus padres o su marido. Ella fue contra la corriente y superó con éxito superlativo la escuela primaria, la secundaria y la universidad del mundo de los hombres, afrontó todos los problemas de su vida con coraje y energía, se mantuvo activa hasta la muerte y, como si no alcanzara con todo esto, también redefinió la manera de considerar y de tratar a los niños. Sin embargo, tenemos que lamentar que, en la actualidad, no se la reconozca masivamente en toda su dimensión, como bien lo merece esta mujer que puso tanto amor y esfuerzo para ayudar a los niños a crecer felices y libres.