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LIDIA VINCIGUERRA. Fragmentos del cuerpo y la palabra

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Perdida acá entre papeles, perdida de mí, me abandono aún más en la no fortaleza. Algo así como una gotera que cae y moja, una gotera que antes fue gesto,  rastro de vida, arrobamiento en el desierto, una gotera que  ahora y desde adentro, culmina en ruido colmado frente al silencio.

Sin embargo, lo denso de la gotera  resulta  impenetrable en un mundo iluminado de palabras. Las hojas escritas, sé muy bien que son mi ruta. Mi ciudad propia. Y mi cuerpo.

Mi cuerpo sin fuerzas. Mi cuerpo embelesado. Mi cuerpo sin orilla.

Asimismo, como una tristeza de cristalizada existencia, acude la costumbre de sentirme triste. De sentirme viva dentro de esa tristeza que me pertenece. Síntoma  trágico y acaso reverencial, en su propia monotonía.

Acá entre papeles, fundidos en escritura me hiendo con ellos. Sigo perdida. Quebrada de ficciones, con mis manos abiertas al silencio. Parcializada. Amontonada. Cosechada en desgano. Espigada en la pesquisa de mí. Buscándole un nombre a la gotera que insiste, firme. Buscando mi nombre en los acantilados de este día impostor que se acerca a la próxima gota que cae. Y moja.

Debería pronunciar el nombre de  mis amigos. Ahora, antes de que los extrañe demasiado.

Debería pronunciar el nombre de Dios.

 

Aquí me quedo. Pero qué significa quedarse si ciertamente  me estoy yendo de mí. Aquí me quedo en tierra firme.  Aquí en el no suelo. En el frío invierno de lo forzado. Atrapada en vaguedades me acomodo y me quedo. Acampo en un trazo de tiempo  acumulado. Identifico el dolor de irme. Dolor en un paso y otro;  y otro dolor más firme para quedarme. Y otro más estable, para irme, para que todos y ninguno me sujete de la mano.

Irme de la inercia de quedarme cansada de mí. Irme hacia mi voz. Hacia mi cuerpo sano.

Caminarme de violencia muda hasta convertirla en deseo sostenido. Cuerpo sano. Mente rapaz, ave de rapiña cuya furia sobrevuele rocas inalcanzables. Cuerpo sano que me devuelva  un espejo de mí. Mente enemiga que pronuncie mi lamento aterido.

 

Me pregunto qué muere cuando muere el canto. Cuando muere el hombre, me pregunto. Porque cuando sucumbe el decir pleno, la pasión, la inicial liberación de las circunstancias del hombre, muere irremediablemente, su canto. Y hasta la silueta reflejada de su sombra.

Cuando muere el punto de partida de una vida. No encuentro respuesta.

Poblada de olvido cavo en mi cuerpo hasta traducir su nombre. Acaso el olvido es la herida que aúlla en la concavidad de la entelequia.  Lo ausente o lo perdido se van albergando incluso  más en la conciencia del asombro. Podría pronunciar entonces la mordedura de lo ausente. Narrarlo. Gestarlo feroz y hasta oníricamente.  Traducirlo en crónico cansancio, pero jamás podré renunciar al asombro que inicia en mis ojos la clave de una ceguera vital que desea el  devenir de lo imprevisto por encima de la ley y de la certeza del olvido.

La escritura fluye de su propio cuerpo. Sangra o acontece lo que se ignora antes de ser escrito. No es su cuerpo lo que se intuye. Es acaso un esqueleto que interpela Que soporta su carga de constelaciones ignotas.

La escritura es un cuerpo siempre. Siempre a punto de nacer.

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