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MILDRED BURTON, testimonio de una artista plástica

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INFANCIA. Creo que con los primeros y arrugados arrumacos de la casona inglesa de Entre Ríos, llenos de fabulas y símbolos, comenzó a germinar en mi la semilla celosamente guardad entre carnecitas rosas y rulitos de puro rojo irlandés. ¡Toda una perfecta miniatura Burton Doll! ¡Millie Lee!: blanca, rubia y ojiclara; un pequeño y poderoso estandarte de castas, luchas, controversias y sangre, pero british total. ¡Que fiasco! No tuvieron en cuenta que nací un 28 de diciembre en América del Sur entre achiras, ceibos, yaguaretés y curiyús, y bajo la advocación de Ajotaj, viento vengador latinoamericano. Bebí la primera leche de aguara-guazú cautiva y me alimente con mandioca, porotos, maíz y charqui, a pasar de los bellos robles Chippendale del piano, de las boiseries victorianas, de las bibliotecas Tudor y el escritorio Thompson de mi padre, que me controlaban con amor y arrogancia sajona.

Los primeros trazos fueron signos casi quichuas (o tal vez orientales). La trama se tejía y yo iba adherida a sus fibras y tonalidades.

ADOLESCENCIA. Conozco las primeras escuelas de artes: una niña bien nacida debe saber algo que mezclar colores y pintar manteles o pañuelitos. No puedo dibujar modelos impuestos, a pesar de la generosa aptitud recibida de los Altos Poderes Cósmicos. Me rebelo; siento una necesidad imperiosa no controlada y afluyen sales rojos punzo arbitrarios, islas violetas calmadas de animales fantásticos, con pieles de dibujos geométricos diaguitas y grandes cabezas de ojos claros, fijos  y duros de grandmothers petrificadas y puntadas y… mas y mas.

Las malas notas, reprimendas y castigos caían sobre mis piernas flacuchas, mis blummers y mi cabecita dura – ya no tan ponderada por la familia-. Consultas, psiquiatras, vitaminas: ¿podrán ser los parásitos? Ausencia y más colores y la aparición de los signos de la muerte, gráciles y estilizados, en todos mis dibujos.

“Nuestra Millie ha enloquecido”. “Debemos encerrarla hasta que sane” y así, todo el bienintencionado clan familiar- mis dulces tías, mi abuela y mis primas mayores- con lagrimas en los ojos y letanías kafkianas en la voz, me despiden y me entregan.

Nacen allí las primeras series familiares: “La familia Burton Doll”. Doce obras que representan mis series mas cercanos de sangre: “Hipócrita Baby Doll” – mi abuela-; “Ezquifina Baby Doll” – una tía siempre alterada-; “Ardorosa Baby Doll” – una prima súper-sexuada-, todas realizadas con amor  y exagerado oficio; aunque las muñecas están cascadas, los vestidos son de seda y terciopelo. Entre ellas solo falte yo, por razones obvias, yo, la responsable.

De ahí surge la serie que lleva ese nombre, “Serie de los responsables”. Mi abuela Ana, una perfecta lady-bebe, montada en su triciclo de caballito de niña, sin manos ni ojos, con dos perlas congeladas en sus cuencas vacías. Los rayos de las ruedas cobran vida, enloquecidos, se enroscan, saltan y tratan de alcanzar y herir a la niña. Esta obra, un dibujo grande en grafito, esta en un despacho ministerial, donado por la Secretaria de Cultura de la Nación.

Otra obra de la misma serie fue “Elsie Lutz nos han dejado”. Mi terrible tía Elsie expulsada al fin al infinito, contenida en un paquete de vidrio, atado con cintas de hielo azul, con la mueca de su ultimo aullido y su dedo acusador aun señalándome. De la caja tratan de escapar unos insectos gordos y deformes – larvas entre azucenas podridas- y restas de perlas pegajosas. Esta pintura fue adquirida por un museo de Athens, Giorgia, Estados Unidos.

Algunas otras obras mas se apilan conteniendo primos, tíos, abuelos, mi padre, mi madre. ¡Mi primer retrato de Mami! Sola, viva en su muerte tan joven, con su carita podrida y su traje de seda verde agua y su collas de ambas. Lo pinte con una bella más cara de plata con sus facciones reproducidas idénticas, con maniática perfección. En realidad fue media mascara, porque la boca no se altero con la corrupción. El óleo la mantendrá intacta, pensé al verla concluida. Muchos años después, en un aniversario, le agregue una Millie ranita en su hombro, que la alcanza a tocar en el mentón con su minúscula lengüita: así puedo besarla siempre. Su dueño actual es un amigo mío, Carlos Mathus, delirado y exquisito creador en la historia del teatro argentino.

CASAMIENTO E HIJOS. Decepcionado mi entorno por los fracasos del encierro y aislamiento, y con mis falsos y necesarios arrepentimientos y promesas, recupero la libertad. Pero por muy poco tiempo.

Soy trasladada al campo. Allí, ocultamente comienzo la serie de “La hora de la siesta”. La resolana, la solapa, la injusticia, la luz mala, el lobizón, la pobreza, las curanderas, el calor, el rio, se convierten en una corte de los milagros agreste y al descampado, pero tan fascinante y poderosa, o mas, que las de los subsuelos parisinos y londinenses.

Los cortinados de medio punto y los vetustos postigones amortiguan la luz y el fuego de los campos que intentan penetrar, rompiendo los prodigios de la sala, del escritorio de Pa, de la alcoba de los mayores, y de la mía. Aparecen figuras que se evaden o son absorbidas en su mediocridad o pobreza por grandes figuras murales que se alimentan de desinas humanas, endebles en las horas pico de la siesta. Los corruptos e iracundos son transformados en ánforas sin utilidad o en piedras duras estáticas, pagando eternamente sus culpas latiendo crujidos y rasgaduritas, sin la menor posibilidad de tibieza.

Las curiyús redentoras y los yaguaretés vengadores ingresan a la vieja casa y ponen sus maravillosos huevos gigantes, conteniendo fetos de niños rebeldes en los dinteles de las arcadas y se reproducen e invaden todo, todo… las pinturas que los representan son pequeñas y tan hermosas que no ofrecen malignidad alguna al espectador. Solo después ingresa el horror, como el puntazo de un fino estilete a la conciencia. La acusación y el testimonio obtenido clavan y paralizan a los interlocutores. Pinto compulsiva y alienada… ¡Basta! Grita el clan amenazante. Soy subastada y adquirida por un esposo militar, fuerte, apolíneo, poderoso y lleno de perofillos dorados y atenciones exageradas. Aun no se notan sus uñas y colmillos.

 

Llegan los hijos uno tras otro. Solo dibujo de tanto en tanto, entre ordenes y contraordenes. Mis pinturas duermen amontonadas en “Burton Doll House’s”, muy especial, entre puntillas rotas y suspiros de alivio familiar. “! Al fin Millie Lee se ha casado y bien! ¡Viva, viva!”

La creación empuja prodiga y mis manos y ojos siguen el mandato de la mente. Escondo mis horas y los espió en la madrugada, en una ceremonia cómplice y silenciosa llena de nostalgias y dolor.

De pronto todo estalla y se desvanece. La falta estructura matrimonial se hunde. La bota machista aplasta y aprieta, ahoga; pero sobrevivo intacta. Los hijos colgando de las tetas. La dulce aguara-guazú devenida en fiera salvaje marca su territorio sacudiendo la roja cabellera erizada. Con los días, llega la calma, los colmillos puntiagudos se suavizan y recupera su majestad de hembra poderosa. Olfateo el aire y sé al fin soy libre para mi y mis proyecciones de mujer artista. Me pinto así en una obra, que luego va a reproducir el diccionario  Larousse.

CREACION Y TAREA. Me entrego a la creación; soy  joven y tengo un mandato a cumplir. Dolorosamente, me he reconocido artista y ella me enaltece. Pero también me compromete definitiva y totalmente. Escribo, dibujo, pinto y pienso todo el tiempo.

Emerge la serie “De los fusilamientos”. El puma argentino acribillado y convertido en monumento de roca granítica. Los panes vendados contra el muro final. La papa fusilada; la olita de barrio indígena apuñalada.

Luego la serie “De los invasores. La invasión de ejércitos de broches de colgar la ropa lavada; la escuadrilla de bijouteries falsas y llamativas sobre la tierra árida que asolan las comarcas femeninas.

Después la serie “De los suicidios y asesinatos”. Las zanahorias seccionadas en la 5° Avenida. El suicidio de J. Jarrow; una hermosa palangana con su jarra de loza floreada inglesa arrojándose, desdichada, del primer piso al jardín posterior. Están luego “Los contratiempos de J. Pomme”, personaje que durante muchos años simbolizo una mujer pintada como una manzana en diversas situaciones humanas

J. Pomme violada en un parque, derrama su jugo sangroso en un arroyito pequeño. “Violación en alta mar”; J. P. como una manzana verde, joven engañada y arrojada al mar, a la deriva. A veces J.P. levita entre arbustos y sobre el nivel del mar o espera a su amor en las altas cumbres. O navega misteriosa y solitaria en un suave estanque.  Toda esta serie, retomada con frecuencia, se explica pues J.P. (Juana Manzana) para mí la mujer por excelencia, con sus diversos contenidos, colores, jugos, dulzuras y acideces.

Paralelamente, aparecen las naturalezas vivas, o sea “Frutos del país”. En apariencia, inocentes grupos de frutas escogidas y seleccionadas con fineza- de buen gusto para el consumidos- , pero en ellas, en cada una, subyace un detalle terrible, acusador. Así, entre las uvas y ciruelas húmedas, un par de ojos recién arrancados se incorporan al racimo con sus fibrillas nerviosas y sus derramencitos aun sangrando la mutilación sufrida.  En otra de esas obras, entre los duraznos amarillo-rosados, con esa piel peludita como de niño que la recubre, cuelga una manito de bebé, bella como una fruta y recién tajeada con prolijidad de la muñeca. Entre algunos higos, granadas abiertas, apetitosas, y dentro de una de ellas, su símil, un trozo de masa encefálica convexo, suave y brillante como una fruta más.

No fue mi mente corrupta la que invento esas crueldades. No, esas obras fueron ejecutadas un verano, mientras escuchaba los detalles encontrados en los muertos N.N., desenterrados para tratar de identificarlos y poder darles sepultura definitiva en paz. ¿Qué podía pintar en Buenos Aires ese verano? Ningún artista que se precie de ellos puede ser cómplice con su silencio.

En el año ’79 me convocaron a un Salón de Niño y la Familia. En caso de obtener el gran premio, se reproduciría la obra en una estampilla de las Ediciones Especiales. Me costo ingresar en la idea por no ser propia, pero el morochito de ojos azules y pelo rubio abrazando un nido con pichones de torcaza mientras su madre los alimenta y el padre vigila desde una rama de sauce, apareció el 29 de diciembre del ’79 como la segunda estampilla argentina realizada por un artista mujer. Todavía festejo el evento.

Mas tarde pinte pájaros del país: “El regreso de Juan Picaflor”, “El descanso de Clara Gaviota”, en alusión a mi hija que vive en el sur y esperaba a su primer bebe, y otras mas, “Martin Pescador”, el “El Hornero”, etc., que fueron reproducidas para enviar al exterior como regalos del país.

Por excepción, ilustre a Jorge Luis Borges, Bioy Casares, María Kadama, Luisa Mercedes Levinson, Abelardo Arias, Julio Cortázar, S. Silvestre, J. Ledesma, pues su parlamentos coincidían con mis fabulas e indagaciones. Cortázar me dijo una tarde en Paris: “Mildred, si yo dibujara haría tu obra”.

Años más tarde diseñe la cruz y la medalla central del rosario que se entregara como obsequio a Su Santidad, Juan Pablo II en la vista que hizo al país. El diseño es proyección diaguita, inspirado en la flor de diaguita, inspirado en la flor de la enredadera mburucuya que ostenta los signos de la crucifixión en su corola. Fue realizado por el grupo GUDA y se ejecuto  en rodocrosita (rosa del Inca) y plata 900. Actualmente se encuentra en exhibición en el tesoro Litúrgico de la Sacristía, en el Vaticano.

Mi tarea es múltiple. Realizo “Proyectos y proyectoides”, acuarelas de arquitecturas fantásticas con temas urbanos, del conurbano y agrarios, industriales  y sociales latinoamericano, como sugerencias para convocar a empresarios y funcionarios para su realización. Así nacen “Caburé”, “Manguruyú”, “Yaguareté”, que son piscinacuarios disciplinados para peces subversivos, puentes transportadores de sustancias orgánicas vivas, humanas, compactadas, torres de aislamiento generacionales y muchas más, todo bajo lemas precolombinos secos y duros.

Mas tarde pinto los “Ocho posters irreverentes”: “Zulaica Sang”, dulce enamorada de Drácula, “Ardosora Margarita”, “Madrogosora”, joven amante de Frankestein “Osvaldito Súper Mach”, triste compadrito y “Pequeña súper Trast”

Terribles maternidades, absurdos amantes melancólicos, sublimados gays airosos u otros triste y vergonzantes, entre otros temas, a lo que llamo “esquitáculos”, pequeñas teatralizaciones esquizoides y transgresoras. Sus textos son ingenuos, burlescos y llenos de cancioncitas picantes y ridículas. Escribo sus letras y compongo su música (soy egresada del Conservatorio Nacional de piano y puedo escribir algo de música sencilla). Estas obras fueron teatralizadas en “La capilla” dirigidas por Lino Patalano y Carlos Mathus.

Fue con Patalano y Mathus que pude concentrar “La última comilona antropofágica”, cena dantesca donde los asistente comieron trozos humanos. Pies, manos, sexos, orejas, ojos, órganos y hasta un bebe completo replicados con asombrosa perfección por maestros gourmets. Cena bíblica al fina, la gente acometió la doble mesa de ocho metros por cuatro y se devoraron todo, incluso la carne cruda de animales puesta como ornamentación con puntillas reales, aros metálicos y pupilas de acrílico. Los platos y cubiertos, que tenían un detalle de tres chorreaduritas de sangre pintadas con esmalte a fuego y las copas de vidrio desaparecieron junto con los últimos humos incensales de la sala. Mi asombro aun no termina frente a la conducta masiva de los asistentes de clase alta intelectual que bebían de bacinillas y papagayos un vino espeso donde flotaban algunos restos de intestinos.

Conservo en mi casa-estudio algunos trabajos muy amados. “La madre del torturador”, obra en oleo donde una clásica madre con cara circunspecta y cuello alto con festón, luce la ultima ofrenda de su hijo, una cadena de oro con un dije donde una falangeta recién cortada y engarzada con esmero orna su pecho maternal. Esta pintura forma parte de una serie familiar, como “La hija ahorcado”. Cilinda  Correa es la hija del ahorcado, toda blonda y sonrosada, plena de correas o soguitas; los bucles, las cejas, los bordados, todo esta realizado con cuerditas presagiosas y pulcras, con vaivenes internos de péndulo vivo. La cabeza dislocada en el cuello dibuja el Angulo forzoso de los ahorcados.

“Juana Campánula”, de la serie de los estigmas, arrastra el de su propio nombre, rodeada de una guardita de campanillas que florecen a través de su brazo por una pulserita de otro que atraviesa su piel. Por ese injerto fluye su sangre, que llena el Cádiz de la flor hasta desbordarlo y gotear.

“El descuido de Clara Mink”, serie sobre temas defensores de la ecología, es una pintura mayor, muy clásica, donde una niña luce su ropa cara con cuellito y puños en punta de pielcita de visón. La pequeña tiene en su brazos al bello animalito. Todo parece dulce y grato hasta que descubrimos que la mano faltante de la niña es producto de una metamorfosis en patita del animal. En la otra manito infantil ya comienzan a vislumbrase suaves pelitos blancos y compactos; la simbiosis ha comenzado y Clara Mink ha cometido el desliz de dejarse atrapar por la artista.

No quisiera dejar de mencionar la serie de ambientaciones o habitáculos perversos, casas habilitadas por ellas mismas y sus mobiliarios y objetos ejecutados en tamaño natural y con elementos no perecederos. Por ejemplo el “baño Burton Bazrum Gord”, un baño real donde la grifería diseñada especialmente para la clase mas gorda esta realizada con oro y rubíes exagerados y con formas truculentas. Un rollo sanitario de oro puro sellado con rubíes exagerados y con formas truculentas. Un rollo sanitario de otro puro sellado con rubíes engarzados y jabones con formas de sesos replantea con locura el eterno conflicto entre el poder lujurioso y la explotación de la pobreza mayor como diversas formas de la carne utilizada. Esta luego la sala o gall de entrada como “La hora de la visitas”, donde hipócritas muebles, objetos ornamentales y un espejo se derriten, chismean y se aburren entre puazos y dulce empalagosos. La sala de juego “Erotical Burton Park”, donde toboganes, trapecios, hamacas, calesitas, y subibajas eróticos-infantiles gozan con sus lenguas, falos y salivitas estilizados mientras que los banquitos están cubiertos con pechos y nalgas seductores y convocantes. “Buenos provechos Burton Pig” habla de la corrupción de los muebles de un confortable comedor, donde la mesa, sillas y trinchante de madera en estilo inordor están cubiertas de guardas talladas de pústulas perfectas, con deformidades en panzas y gorduras en sus patas y bajorrelieves que supuran y se babean. Los utensilios para comer, exquisitas sopapas, bisturíes y tijeras de disección de bronce brillante, completan “la paquetería Súper Gord” de la mesa, donde no faltan copas de cristal con forma de tubos de ensayo y drenaje y botellones como frascos de laboratorio. Todo es repulsivo, pero sus actitudes son tan humanas que conmueven.

El estilo del dormitorio es “Baby Lang”. La mesa de luz entreabierta deja brotar una inmensa lengua roja palpitante; el toilette de madera  bronce se enrosca enardecido y estalle en una brocha dorada que deja salir otra lengua punzante. La camita prolifera y se alarga y engrosa; uno de sus barrotes laterales, terminado en bochon, se hunde entre las mantas y sabanas para emerger multiplicado en su dimensión con una lengua móvil y erecta. La cama respira subiendo y bajando su cuerpo y emite sonidos roncos de placer y espera. Existe una pintura sobre esta ambientación. Hace pocos días termine “Autoportrato niña con corderito pascual”. En primer plano mi padre cordero Pascual dormita cargando una estrafalaria cruz y una coronita espinosa que lo traspasa. Entre las orgánicas montañas de fondo revoloteo con mi pelo al viento sobre un pterodáctilo, dimensionando huevos con púas generadores de futuro corderos pascuales. Casi toda mi producción, mis amados seres y yo misma vivimos en una constante metamorfosis ¡y no inocente! Sino absolutamente dirigida, controlada e inexorable.

Actualmente trabajo en la serie “Burton Ajotaj”, obras de proyección diaguita, pintura con diseño latinoamericano absoluto sobre temática testimonial argentina. Serie “de la Guerra”, serie “de las Malvinas”, la cosecha del ’90 – sobre las enfermas mentales del Moyano-, “Maternidades Crueles” – sobre madres clamando por sus hijos desaparecidos. Y también pinto autorretratos crueles y muchos temas más que se cuelan bajo mi piel.

Mientras concluyo este testimonio íntimo de artistas plásticas que ha removido todo su ser, estoy temblando. No se si hoy podre volver a mi tarea; la conmoción ha sido de grande. Mis hijos, mis animales, mis pinceles, mis escritos, me observan inquietos. Quisiera tener el don de la síntesis para condensar mi vida y experiencias en un diskette esclarecedor, pero no es posible, mis personajes no lo permitirían. Quedaran algunas de mis obras en lugares cerrados o públicos y muchos manuscritos y ellos contaran sus historias y posiblemente la mía, la de una artista plástica latinoamericana, libre.