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PAULINA OSSONA: A propósito de la danza

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Cuando comencé mis estudios de danza ellos se debió a una circunstancia fortuita. Amigas de mi madre vieron en mi algo que consideraban dotes y se lo aconsejaron; para mi mayor fortuna agregaron: “¿acaso tendría usted prejuicios?”. Esa pregunta que ponía en duda su mentalidad avanzada fue el acicate que movió a mi madre a inscribirme en el Conservatorio Nacional.

A mi padre, en cambio, no le importaba nada que lo juzgaran prejuicioso. Hubo severidad en su pregunta: “¿acaso quieres hacer de tu hija una bailarina?”. Como la debilidad femenina esta compensada por la astucia, mi madre lo convenció de que se trataba de solo un ejercicio elegante, culto y gratuito.

Pero si mi madre no era prejuiciosa en cuanto a la danza, en cambio tuve que oír sermones de mis maestras dedicados a todo el grado, pero especialmente dirigidos a quienes holgazaneábamos y perdíamos nuestro tiempo estudiando danza.

Mas adelante, siendo una jovencita, tuve que escuchar también las advertencias de serios señores que nos aconsejaban no exponernos a tan serios peligros porque una manzana podrida pudre a las otras.

Mucho tengo que haber amado lo que hice, o muy dura debo haber tenido la cabeza, para continuar los nueve años de aprendizaje que duraba entonces la carrera. Y subirme a las tablas después.

Hoy se puede pensar que esta situación ya esta superada, que pertenece al pasado. Lamentablemente no es así; mientras di cases de danza a niñas tuve que tolerar que todas las madres que me traían a sus hijas adornaran la conversación  con un… “no es que yo quiera que sea bailarina”. Luego, al advertir la poca gracia que ello me causaba, agregaban “¡es una carrera tan sacrificada!” a esto no siempre podía contestar como hubiese querido; dependiendo a la madre y a la hija. Pero hoy digo a todas las madres del mundo y no me cansaría nunca de decirlo: El único, verdadero, terrible, sacrificio para un bailarín es no bailar. Además, si usted no quiere que su hija sea bailarina no la haga estudiar danza. (1)

Cuando las jóvenes mamas hablando de sus hijos varones- aun si se trata de bailarinas- se espantan si se les sugiere que sus hijos sean bailarines. Alguna vez alguien me dijo “si yo supiera que un Nivinsky, lo aceptaría” me pregunto ¿Por qué? Si su medico aceptara que sea uno de tantos; tampoco exigirá que sea una eminencia en derecho, arquitectura o ingeniería, sino que el simple titulo lo llenara de satisfacción. Si es músico no le molestara que sea integrante de la orquesta pero ¡bailarín! Entonces tendrá que ser un dios de la danza para poder equilibrar las amarguras que le depararan los prejuicios. En consecuencia yo propongo ¿no seria mejor que destruyéramos por fin todos los prejuicios?
paulina
El bailarín es un ser humano mas, con una profesión como otras, una existencia dura que eligió y que no cambiaria por ninguna y una vida privada como todos los demás.

Pero hay otro prejuicio que sustenta a los ya enunciados: la danza es una arte dedicado a los sentidos y a despertar instintos primitivos. En el romanticismo se decía que algunas bailarinas que eran para publico femenino y otras para publico masculino. Así, María Taglioni, entera, virginal y casta, era para las mujeres y Fanny Ellsler, temperamental y fogosa, para los hombres.

Pero puesto que todo ser humano es una fusión de cuerpo, mente y espirito, me permito afirmar que la danza que toma- como todo arte- los instintos primitivos, los elabora los enaltece y los hace gustar a través de los sentidos, permite elevar el espíritu.

A estos prejuicios básicos le suceden conductas que son consecuencia de estas convicciones; al bailarín no hay que pagarle, total se divierte.

Cuando se lo invita a una fiesta no se le dice para que, de modo que va desprevenido, vistiendo su mejor ropa y, después de comer y beber, lo fastidian interminablemente para que baile ofendiéndose si no lo hace, sin lugar ni piso apropiado, sin vestuario, en malas condiciones físicas y en un ambiente espesado por el humo de los cigarrillos.

A nadie se le ocurre que un artista no es simplemente una maquina a la que se la da cuerda en cualquier momento. ¿A quien se le ocurriría pedirle a un odontólogo que saque una muela para amenizar el espectáculo o, mejor dicho, la fiesta?

Otra creencia general es que la danza es un arte para mujeres. Este es un tremendo error, ya que la danza es un arte de hombres. Desde la culturas primitivas hasta las más avanzadas, siempre fue un vehículo de comunicación entre la sociedad y sus dioses o entre la clase gobernante y sus súbditos y los que bailaron siempre fueron hombres: guerreros, cazadores o sacerdotes. En algunas culturas, como en la India, se instruía a mujeres (las devadashi) para que cuidaran el templo y homenajearan a los dioses con danzas. Pero aun allí, los maestros eran hombres: los brahmanes. De algún modo, se cree que el arte de la composición coreográfica es un arte masculino; derivado de esta creencia, existe el hecho que un bailarín mediocre recibirá mucho más fácilmente el encargo de componer una coreográfica que un artista de gran calidad. La composición coreográfica no es solo fruto de la inspiración sino también del conocimiento y en todos los casos la inspiración será mas rica cuando el artista (hombre o mujer) conozca muy profundamente y a través de su propia experiencia, física y mental, las leyes especiales y temperamentales, de energía, de gravedad, de condición, calidad y efecto visual de los movimientos. Esta ciencia nada tiene que ver con el sexo.

(1)   Tan acentuados son los prejuicios que en las escuelas estatales de danza hay reglamentos que prohíben a los alumnos bailar en publico.