Archivo de la categoría: 5 – CRÍTICAS, DEBATES

Beatriz Shaefer Peña: De bosques y caminos de Susana Cattaneo

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Desde el título de esta nueva obra: “De bosques y caminos”, Susana Cattáneo, reconocida poeta nuestra por el vasto itinerario de su labor, nos va conduciendo hacia lo no revelado a la simple mirada: ese bosque que, al descubrirlo, hace posible lo inaccesible; pero también allí están los caminos que siempre son conducentes, con salida o sin ella y en este caso, ello nos obligaría, de todos modos, al retroceso sobre nuestros propios pasos en procura de una senda diferente.

tapa_de_bosques_y_caminosEntonces, desde la metáfora del título, como inicio del libro accedemos a la clave de su contenido si sabemos develar su simbología: esa dualidad que hace al claroscuro del alma y Susana también, respecto a la estructura de los versos, ha elegido romper con su secuencia convirtiendo el discurso en lo que podría entenderse como prosa poética pero que, sin embargo, tampoco se ajusta a la misma, tanto por el vuelo lírico alcanzado en un impecable manejo del lenguaje, como por la plasticidad de las imágenes en la evocación y que nos dejan en el ánimo la conmoción lograda solamente por el hecho poético. Al abrir el poemario se nos aparece la nostalgia: ese “hoy” con la mirada vuelta hacia atrás. La autora, desde el inicio entonces, se instala en la estación de la melancolía aunque, de todos modos, no pueda sustraerse a ese pasaje continuo y cotidiano de la vida que lleva hacia el mañana y aunque ella se empeñe en demorarse en esa instancia aludida, sabe que, irremediablemente, el ayer y su fugacidad continuarán su paso hacia lo aún no sucedido y por ello el proceso de la creación le ocurre de un modo doloroso. Así nos lo revela cuando se dice y nos dice “Miras a tu espalda, hacia todos los pájaros, porque hoy se murieron las muñecas, los juramentos…para siempre, los nombres de las cosas que no fueron… …Vas para capturar la sombra de tu sombra, porque hoy, de ti, sólo queda esta extrañeza.” En otras partes de la obra la poeta se deslinda de sí, se sale de ella y se convierte en esa criatura frágil, dependiente en la orfandad del sentimiento que la urge: la ternura que se da y se recibe, el sosiego, la caricia, en definitiva: el amor, como cuando nos dice: -“Me acompañan una perra y un perro, tan solos, desamparados como yo. Ellos llevan en la mirada los cielos infinitos. Yo llevo la tristeza de lo que no fue.”Y más adelante:-“Hoy, con mi deshabitada vida que pesa en mis palabras, con manos que sangran soledad y pérdidas, golpeo el portal de aquel mundo para que me cobijen los brazos de mi madre”. Ella, la poeta fugitiva de sí misma, no busca resguardo en los jardines sino en lo umbroso del bosque para esconderse del acecho de los sueños incumplidos; sin embargo, el camino sin explorar se le abre en la incitación y no todo el paisaje interior que nos muestra está cubierto por la pátina de la nostalgia. Hay que urdir en la trama frondosa de este bosque al que alude para descubrir la senda liberadora que allí dentro se esconde y entiendo que es el mensaje cifrado del libro. Desde logradas imágenes y metáforas aparece en el poemario, el devenir con sus mutaciones y a pesar de lo irremediablemente perdido, no todo concluye en la finitud porque, si nos adentramos bien en la lectura, detrás de la melancolía descubrimos, siempre, la celebración del paisaje. Así nos los revela la autora, por ejemplo cuando dice:-“Ahora, cuando todo nace, el follaje refleja el amarillo; otra vez el piar, una tenue brisa y el vigor de la savia en las venas de todos. En el revés de la vida hay algo que enamora.” Sabemos que el acto creativo se sustenta en el misterio. Algo nos conmociona, nos sacude el ánimo y entonces acude la palabra produciendo el milagro de la revelación, como cuando Susana Cattáneo expresa:-“No es como todos. Es el árbol del paraíso”. Y es así nomás cuando ocurre la Poesía.

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Beatríz Schaefer Peña: En torno a “Pensamientos en red”

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pensamientosenredLeonor Calvera nos entrega su obra Pensamientos en red y ya desde el título induce al desafío. Sabemos que el pensamiento en sí, esa actividad intelectual de comparar las ideas -entre otras definiciones- es algo ajeno a lo apresable, pero Leonor nos propone “la red”, ya sea como los senderos que se entrecruzan, se bifurcan, se distancian  pero al final se comunican y coinciden en un mismo destino, o bien como aparejo para la caza y en este caso, dentro  del mismo, esos pensamientos  y como bien nos lo advierte la autora en su nota inicial, se tejen y destrozan, se unen y dispersan; es decir: la red aparecería también como la metáfora del límite.

Nuestra mente nos sorprende siempre con sus recursos desconocidos: fuente inagotable  que nos deslumbra con sus insospechados laberintos.

En este caso son también dos los que se abren en el espíritu de este libro: 1) el de Teseo, que si bien nos lleva a ese centro donde nos aguarda el peligro de la perdición, (respecto de esta obra sería la incomprensión), de todos modos nos deja libre el camino hacia el retorno. El otro: 2) el de Ariadna, para cuya única salida -entre tantas otras alternativas-  de ese centro aludido y para regresar a ella, necesitamos de su hilo conductor que, en este caso, sería  la palabra evocadora de los hechos desde el ayer milenario  hasta el hoy, donde lo científico, de todas maneras, no ha logrado el acopio total de la información para trasponer el límite de lo inexplicable.

La obra se divide en tres partes sobre las cuales solo haré una somera interpretación, no solamente para evitar lo extenso del discurso sino  también porque Antonio Las Heras, ya desde el prólogo, ha logrado, en la síntesis, una acertada referencia de todo el contenido.

De manera que yo he preferido indagar en el espíritu del libro, en aquello que me ha conmocionado de su lectura, dejándome en el ánimo esta versión personal  que voy a transmitir.

Una de las propuestas que admite esta obra es precisamente detenerse en las señales que nos precedieron desde hace siglos hasta re-encontrarlas en ciertas referencias de nuestra actualidad.

Al introducirnos en las primeras páginas de estos Pensamientos en red, Leonor Calvera nos va entregando, en evocaciones e imágenes, la visión de su propio concepto respecto del fluir del Universo. Así, todo lo que transmite es real pero también lindero con lo misterioso y lo imaginado.

Ella se sale de sí para tornarse en  “el otro”. Quiero decir: hace de su propia argumentación aquella que sea propicia para llegar a ese lector, no modelo, sino “distinto”, como diría Humberto Ecco.

La expansión del conocimiento también es un acto creativo y nos remite a la irrupción de la Luz en el Caos Primigenio, a ese encendido que se fue propagando en la bóveda celeste y se detuvo en la tierra como testimonio de la Verdad: el Big-Bang de los científicos, el Lucifer del mito.

El libro se inicia con ”La Danza de los Mundos”, con la simbología de la Gran Diosa en la ebullición, la exaltación de los sentidos, lo esplendoroso: tobillos, piernas, muslos que se ciernen como sierpes de fuego bajo la advocación del amor que también aparece, después,  en el territorio de los ángeles  con sus paradojas y consecuencias, con sus apariencias engañosas.

Más adelante nos encontramos con ese otro mundo fantástico de los animales cifrados en los tótem o en las figuras grabadas en las piedras,  desde donde ostentaban su categoría de dioses, benévolos o malvados, convertidos en el centro de las celebraciones y como testimonio material y milenario de esa plegaria que todos los humanos aún guardamos en el ánimo en procura de la piedad o la gracia del temido Inabordable.

Y en un continuo fluir del pensamiento sistémico, donde se entrelazan  magia y lógica, desde el marco inquietante del arte gótico con las luces y las sombras  de sus pasadizos, sus catedrales y el mundo abrumador del Medioevo,  no podía estar ausente la figura perdurable del Nosferatu que eligió ese escenario del frío y la oscuridad para irrumpir en una aparición que aún permanece y seguirá permaneciendo entre nosotros en pleno siglo XXI. Así bien lo define nuestra autora quien se ha detenido, no solamente en esa naturaleza romántica de la criatura que necesita del fluir ajeno para lograr la inmortalidad de la vida y el amor, sino en aquella otra más deleznable que también la habita y lamentablemente está más consustanciada con lo humano: la del servirse del  otro hasta su destrucción sólo para alcanzar el goce y las satisfacciones materiales que se logran desde la ambición desmedida.

Ya cerrando esta primera parte del libro trasponemos, de la mano de Leonor,  ese umbral de lo vedado para encontrarnos con lo oculto donde, muchas veces, sucede lo maravilloso, pero para ello se necesitan los ojos bien abiertos del espíritu y el ánimo preparado y dispuesto a escuchar las voces reveladoras.

No es fácil, ya se sabe, el camino del Conocimiento, tantas veces estigmatizado para quienes nos precedieron en su búsqueda y también en su hallazgo: esas Hermandades y agrupaciones que,  como bien  nos explica la autora, se transmitían y conservaban sus saberes para resguardar la filosofía   perenne, la que impulsa el conocimiento tanto material como espiritual.

En la Segunda Parte del libro Leonor se interna en  ese mundo de los opuestos cuya unión nos propuso el extraordinario talento de Carl Jung.

En contraposición a la doctrina de Cristo,  quien negaba  la Sombra por  considerarla de naturaleza diabólica  y por ello la arrojaba a las profundidades,  Jung no solamente la asume como parte integral del ser sino que une, en esa propuesta,  lo impenetrable de la oscuridad con el esclarecimiento que viene de la luz para conciliar, en esa armonía, la ambivalencia permanente que subyace en toda conciencia humana y aún en el Universo con las leyes inquebrantables de todas  sus manifestaciones: día-noche, vida-muerte, odio-amor, bien-mal,…y así podríamos seguir indefinidamente.

En laborioso abordaje Leonor se introduce en ese complejo mundo de quien se detuvo, más allá de la psiquiatría y la psicología analítica, en la antropología, el arte, la alquimia, la filosofía y también en la misteriosa  trama de los sueños.

Todo este capítulo es como una celebración de las ideas del genio suizo  de quien la autora afirma que aún se lo está descubriendo porque, como el mismo Jung dijo alguna vez: “ se aprende cuando se va más allá de la razón y de las palabras”.

Esta segunda parte de Pensamientos en red se cierra con la evocación de Rabindranaht Tagore, el poeta indio en quien Leonor Calvera detiene su admiración como reconocimiento, no solamente a la  universalidad de su voz y pensamiento sino también al vuelo de esa palabra trascendida que el vate alcanzó desde la iluminación. Asimismo la autora alude al paso de Tagore por la Argentina, su estadía prolongada en el país, bajo la tutela de Victoria Ocampo y esa mirada que lo detuvo en el ámbito de lo femenino, como en la novela titulada “Gora”, desde la cual, destaca Leonor, Tagore despliega una galería de mujeres impresionante que, de algún modo, ilustran las diferentes circunstancias que atraviesa el género.

Así nos encontramos, en estas páginas, con esa coincidencia de las dos grandes personalidades evocadas: Jung y Tagore. Ambos convalidaron el mundo de los opuestos: el primero reconoció la Sombra como parte integrante del ser, el segundo reconoció lo femenino como complemento esencial del espíritu para alcanzar el encuentro con lo absoluto. Tanto el uno como el otro aspiraban a la Unidad.

Leonor expresa lo que le dictan sus voces interiores y esas voces se manifiestan en plenitud en el inicio de la tercera y última parte del libro,  donde la figura de la mujer aparece como simbología de esa gran matriz generadora de todo lo posible.

Como en un calidoscopio aparecen ante nosotros y desde la palabra evocadora, las presencias de las diferentes diosas que se fueron sucediendo a través de los Siglos, desde Venus hasta Démeter, desde Artemisa hasta Isis, para convergir, todas ellas, en la figura de la Gran Diosa, que fue venerada en diferentes ritos -que celebraban la fecundidad y donde se transmitían los conocimientos- por  aquellas  mujeres que se agrupaban por las noches para estos fines  dando origen, entonces, a las primeras iniciaciones y sociedades secretas del género. Pero el miedo y la superstición perdurables, ya se sabe, aún en nuestros días, convierte a la sabiduría en demoníaca. Desde el Papado ejercido en ese entonces por Inocencio VIII, en pleno Renacimiento, y  de la mano de la Santa Inquisición y también del protestantismo, se inició la terrible cacería  que levantó la hoguera del castigo y la purificación. Más de doscientos años duró la horrenda persecución instruida por el atroz Malleus Maleficarum, como lo define Leonor y que causó la muerte, se calcula, de alrededor de cinco millones de mujeres.

Sin embargo no pudieron  diezmar a todas esas Diosas que aún permanecen, algunas todavía durmiendo su letargo, dentro del ánimo femenino que ya ha comprendido que su misión puede llegar más allá del ejercicio de lo meramente doméstico, porque y usando las palabras de la autora, el camino debe ser sólo para quienes lo transitan..

En el capítulo que sigue Leonor nos hace partícipes de su propio interrogante: ¿Cuál es el verdadero Rostro? Y para descubrirlo, como en un doble juego de acertijos, nos condiciona a la lectura que nos llevará a reconocer, quizá, esa secreta faz.

Después, nos regresa a los opuestos para detenerse en ese continuo oscilar  del pensamiento  vs. materia. Destaco  que en estas páginas, en particular, se manifiesta esa condición de poeta de la autora en bellísimas metáforas, como cuando nos dice, refiriéndose a los Siglos XVI y XVII: Ese discurso oficial era el mismo que había desatado la gran caza de brujas, cuyos conocimientos fueron ahogados en el mar de fuego de las hogueras...

Y la autora va cerrando la red de sus pensamientos con la simbología inductora de su propio mensaje y entonces se sucede el tema de la sangre, que, ya se sabe, ha ejercido y ejerce  desde todos los tiempos, un poder de fascinación  en el universo imaginario de los hombres. Para casi todos los ritos y religiones tiene un poder sagrado y la literatura, tampoco ha sido ajena a la influencia de ese fluido portador de la vida, la vida que también queda significada después en el Caldero de las Brujas “como símbolo  de la matriz femenina”, “como vientre de la Madre”, donde estas mujeres combinaban sus sustancias y conocimientos  que devenían en medicinas antes de ocurrir su brutal represión a la que antes se aludió.

Pero ¿qué ocurre con la muerte, con esa noche cerrada que se cierne, inevitable sobre todos los seres?

Desde una mirada abarcativa nuestra autora se detiene en los diferentes conceptos  que la historia ha registrado sobre el tema, desde las más antiguas culturas y religiones hasta nuestra actualidad.

Casi siempre personificada  en la figura femenina, la Muerte  se instala en los rincones más secretos del alma condenándonos a vivir esperándola. Sin embargo, algunas veces deja caer en el ánimo de sus elegidos el piadoso manto del consuelo con la esperanza de un renacer en otros planos superiores.

Y el hombre, quien siempre ha buscado en los espejos el perfil dorado del demiurgo, también ha querido y seguirá anhelando el secreto de crear la vida. Así, de la mano de Leonor, nos encontramos con el Golem, la criatura mágica creada por el rabino Loew; el homúnculo de Paracelso, el Frankestein de Mary Shelley, los zombis de Haití y los robots, entre otras criaturas inquietantes.

El libro se cierra dejándonos, entre sus mensajes, la certidumbre de que desde esa mirada reflexiva hacia nuestra interioridad y que no es otra más que la meditación, podremos lograr asirnos a nuestro propio hilo sagrado, aquel que nos permitirá recorrer e indagar en nuestros territorios más oscuros y desolados, sin el peligro de sucumbir devorados por el monstruo que a todos nos habita, para poder entonces regresar renovados de nosotros mismos: única posibilidad para alcanzar la salida hacia la salvación.

Leonor Calvera: Asera una diosa olvidada

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asera“Suprimiréis todos los lugares donde los pueblos que vais a desalojar han dado culto a sus dioses, en lo alto de los montes, en las colinas y bajo todo árbol frondoso; demoleréis sus altares, romperéis sus estelas, quemaréis sus cipos, derribaréis las esculturas de sus dioses y suprimiréis su nombre de ese lugar” (Deuteronomio. 12-2) Así, mediante estas órdenes airadas se busca preservar la nueva ley yahvista de la contaminación de los cultos a la madre cananeos.

La primera intervención para establecer esa supremacía fue borrar o desfigurar lo referente a esas deidades. Tal lo ocurrido con la palabra asera. Aparece alrededor de cuarenta veces en el Antiguo Testamento con una significación deformada de cipo, arboleda, tronco o palo cuando en realidad se trataba originariamente del nombre de una deidad.

“— las diosas eran muy conocidas para los hebreos de los tiempos bíblicos, quienes les rendían culto en los bosquecillos de la diosa Asera, (Jueces III.7, VI.25-26, 30; I Reyes XVI.33, XVIII.19) y se inclinaban ante sus imágenes (2 Reyes XXI.7; 2; Crónicas XVII. 6, etc.) No mucho antes de la destrucción del reino de Judá por Nabucodonosor (586 a.C.) las mujeres judías le ofrecían tortas como “Reina del Cielo (Jeremías VII.18) cuyo nombre sobrevive en la Biblia como el de la madre de Samgar (Jueces III.31, V.6)…”1

El proceso de monoteización lingüístico llevado a cabo fue muy efectivo porque habría que esperar recientes descubrimientos arqueológicos para restaurar el esplendor de Asera.

Asera recibió en ocasiones el nombre de Ela, “la Diosa”, la reina y madre de todo el panteón semítico. En las tabletas de Ugarit (siglo XIV a.C.) se la identifica con la siria Astaré –Anath- y también se la emparienta con la babilónica Ishtar. Entre los hititas, la diosa aparece como Asherdu oAsertu. Conforme a las más recientes teorías, Astarté sería la denominación correspondiente a la Edad de Hierro (después del 1200 a.C) de la que fuera Asera –Asherah o Attiratu- en la Edad de Bronce (antes del 1299 a.C.)2

El proceso de escamoteo patriarcal se cumplió en varias etapas. Luego de reinar omnímoda, la usurpación de sus funciones y atributos en la literatura ugarítica -sobre todo en el Ciclo de Baal- colocó a Asera como. la paredra de Ilu, la jerarquía suprema, ante quien hubo de intervenir en cuanto se relacionara con el destino o las cometidos de otros dioses. Así, en una primera instancia, quedaba subalternizada la figura de la Gran Diosa, ella, la que había conocido el reconocimiento de ser la procreadora de las especies, la madre de los “setenta hijos”.

Muchos son los títulos que le otorga a Asera la literatura cananita; entre los que se destacan ”La que dio nacimiento a los dioses”, ·La Reina del Cielo” y “La Dama que atravesó el mar” Sin embargo, cuando Baal desplazó a El pasó a ser su consorte y lo continuó siendo cuando Yahvé se impuso sobre Baal: “Y sucederá en aquel día -oráculo de Yahvé-, que ella me llamará ´’marido mío’ y no me denominará más “´Baal mío’. (Oseas, 2.16)

Pero la búsqueda de supremacía absoluta no se detuvo en ese punto sino que continuó sin piedad ni miramientos; Se procuró destruir los altares de todas las deidades, se castigó a sus seguidores, se confundieron sus símbolos. Asera se constituyó en un blanco privilegiado. El mandato es inequívoco: «Envía a reunir junto a mí a todo Israel en el monte Carmelo, y a los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal, que comen a la mesa de Jezabel y a los cuatrocientos profetas de Asera de los que no se volverá a hablar” (1Re18:19).

Patai llega a arriesgar la teoría de que “la repudiación por parte de Dios en Ezequiel XXIII de las lascivas Olá y Oliná está dirigida contra esas diosas (Astarté y Aserá) más bien que contra Jerusalén y Samaria.”3

Lo cierto es que el nombre de la Gran Diosa hebrea se volvió tabú o, peor aún, se procuró erradicarlo como apelativo, En tiempos de los redactores finales del Antiguo Testamento se había consumado la desaparición mediante el ardid lingüístico de la metonimia, esto es, la escritura de los textos sugiere que asea es sólo un símbolo, por ello se lo traduce como “tronco”, “·cipo” o “arboleda”.

Borrar la memoria. Reconstruir la memoria. La memoria colectiva tiene juegos extraños; lo que se creía sepultado es llevado a la superficie e interpretado bajo una nueva luz. Merced a los descubrimientos arqueológicos efectuados a partir de 1929 ha vuelto a surgir la figura brillante de Asera..

La traducción de los textos ugaríticos, las vasijas encontradas en Kuntillet Arjud, en el desierto de Sinaí, muestran la conexión de la diosa con Yahveh. En muchas de esas tinajas del siglo VIII a.C. aparece una combinación de iconografía e inscripciones que muestran figuras antropomórficas y la leyenda “Yaweh de Teman y su Ashera” y Yahweh de Samaria y su Ashera”.

asera2Estos hallazgos epigráficos hablan de una etapa del ciclo de Aserá en que ya había sido destronada como Diosa única, reina de la fertilidad. Pero la figura patriarcal, que buscaba empecinadamente prevalecer y dominar, debía borrar la memoria de las diosas de la vegetación y su culto al árbol. El árbol significaba, a la vez, el conocimiento y la vida, razón de que en Babilonia se conociera a Asera como la Diosa del Árbol o la Divina Dama del Edén4 .Y sus frutos representaban tanto la comida material como la espiritual.

Por ello, los escritores bíblícos de la postrer monarquía, que odiaban cuanto recordara a Asera, dirán en el Deuteronomio 16, 21: “No plantarás ningún cipo ni ninguna clase de árbol junto al altar del Yahveh tu Dios, que tú hayas construido y no le erigirás estela, cosa que detesta Yahveh tu Dios”

Árbol-estela; un binomio significativo para datar la antigüedad del culto. Dice Mircea Eliade al distinguir las características de los cultos de la vegetación: “…el conjunto piedra-árbol-culto, constituye un microcosmos efectivo en las capas más antiguas de la vida religiosa”5. Y luego continúa Eliade clasificando el árbol como imagen del cosmos, como teofanía, como símbolo –de la vida y la resurrección- como centro del mundo. Vale decir, el árbol se proyecta en todos los niveles como representación de las diosas y los ciclos de la vegetación.

La proyección del árbol no hubo de cesar. Se mantuvo abiertamente en Roma, con los/las sacerdotes de Atis, los dendrophori, que anualmente tomaban una rama del bosque sagrado, para introducir la imagen de la diosa en el templo. Y continuó ocultamente en Europa, en las sociedades de mujeres que bailaban, como en illo tempore, alrededor de un árbol elegido.6

Y reapareció, metamorfoseado, en el árbol de Navidad de la cultura judeo-cristiana que, como los antiguos romanos, se valió de un pino para simbolizar el nacimiento como imagen sagrada.

Encubierta en sus propios símbolos que hicieron suyos religiones patriarcales, o en la esplendidez de los textos y ajuares recientemente descubiertos, Asera burló el olvido, la muerte, el desprecio, la ignorancia para volver a brillar como la Dama del Cielo, la Señora de la Luna y la Fertilidad, genitora a la que vuelve la mirada quien, sin prejuicios, reconoce la injusticia del destierro que padeció durante siglos la Gran Diosa Madre.

Referencias:

1 ROBERT GRAVES. RAPHAEL PATAI. Los mitos hebreos, Buenos Aires, 1969

2 MARK SMITH. The Early History of GodCambridge, 2002. Ver tambié, para la declinación de la figura de la diosa: LEONOR CALVERA. Historia de la Gran Serpiente. Buenos Aires, 2002

3 OBEERT GRAVES y RAPAHEL PATAI, , op. cit

4 COUNT GOBLET D’ÁLVIELLA. The Migration of Symbols. New York, 1956.

5 MIRCEA ELIADE. Tratado de historia de las religiones. México, 1972, El subrayado es del autor.

6 LEONOR CALVERA. Diosas, brujas y damas de la noche. Buenos aires, 2005

 

Leonor Calvera: Susana Boechat – Desde la incandescente oscuridad

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Dos acontecimientos: el homenaje a una poeta que ha partido definitivamente y la entrada en sociedad de un nuevo libro “Desde la incandescente oscuridad”, tal el título del poemario de Susana Boechat, dedicado íntegramente a Nina Thurler, su entrañable hermana literaria. De alguna manera, esto parece una señal para que recordemos que todo ciclo caduca para dar lugar a uno nuevo, que todo no es sino una transmisión de lo que fue a lo que es y será. El hueso siempre vuelve a florecer, esta vez con estos nuevos poemas a los que, desde ya, le auguramos el mayor de los éxitos, uno más en la larga trayectoria en las letras de Susana Boechat que ha transitado felizmente la poesía y el ensayo y ha recibido numerosos premios.

Épica, drama, lírica: la poesía abarca paisajes múltiples. De la mano de los poetas -y las poetas- recorremos tiempos y espacios, latitudes interiores y la profundidad del cosmos. Todo ello está compuesto con letras del alfabeto que forman sílabas, que forman palabras que se van entretejiendo en ocasiones de manera deslumbrante, o tierna, en otras instancias de modo reflexivo o premonitorio.

Esa urdimbre de palabras tiene en la poesía de Susana Boechat la impronta de la afectividad, un conjunto de emociones, ideas, pensamientos y estados de ánimo que  impregna toda su perspectiva poética.

Ese estado de afectividad subjetivo que la define a cada momento se traslada de su interior al mundo que la rodea. Así, su historia vital aparece íntimamente unida a sus empatías: sus seres queridos, sus amigos –tanto los que están como los que han dejado de estar presentes. Cada uno de ellos ha dejado una huella perdurable, un impacto emocional que no se desvanece.

En la primera parte de este nuevo libro de Susana Boechat, titulado “Seres”, los poemas oscilan entre el llanto y la nostalgia por las personas que han partido en su viaje definitivo y la afirmación poderosa de lo existente.  Por ello dice:

                                “Todavía tenemos la vida

                                 compartimos el ancho

                                 silencio de los días

                                 la piel de los frutos olvidados

                                 y el silencio de nieblas y misterios.”

Así, a través del velo sentimental, poco a poco van apareciendo retratos con una claridad tan rotunda que los torna perdurables.

En cada uno de sus versos el recuerdo aparece matizado por una gran ternura. En “Tres poemas para una amiga dormida” quizá logra el grado más alto de sentimiento al no resignarse a la pérdida: “Niego tu espacio actual / y aún espero la llamada / fortuita, quitapenas  / lo etéreo de tu voz  / tan angelada /  la visión de una amiga / que dormita.”

La segunda parte del libro está dedicada a lugares: Uruguay y la Argentina  son los países que prestan sus escenarios con mayor frecuencia. Los sentidos alerta que despierta el verano, escenografías de tango, balcones y asfalto se alternan casi simétricamente.

Cada poema -como los del resto de la obra- está dedicado a una persona. Personas que, curiosamente, podemos a llegar a conocer, o por lo menos a intuir su psicología, a través de una sutil correspondencia con lo descripto. De alguna manera al nombrar mares y caminos, vuelos y calles se está pintando la mente y el corazón de aquel o aquella a quien está dirigido. Quizá el más representativo en este sentido sea el dedicado a su nieta.

La tercera parte del libro “Breves” se compone de cortas reflexiones sobre grandes interrogantes. Sin embargo, no tienen la aspereza del pensamiento racional descarnado sino que se entremezclan con notas de penas y ausencias amorosas; “No induzcas mi llanto / Ha desaparecido en madrugadas  / donde la soledad / era un perro caliente / lamiendo mi carne”. Y más adelante dirá: “¿Qué es la dicha / sino el mismísimo instante / en que te recuerdo?”

Tampoco está ausente la queja que recorre los siglos por la ausencia divina: “La sombra comienza- / ¿Dónde estás?  /Dios no contesta.”

O la interpelación mallarmeana a los agoreros y vaticinadores del futuro que no dan respuestas válidas: “¿Por qué espiralas el Tiempo / con tu numerología / de debes y haberes / donde el hombre es una / ficha que se apuesta / sin futuro?

La cuarta y última parte lleva el mismo título que el libro “Desde la incandescente oscuridad.”

Incandescente oscuridad. Esto parecería una contradicción. ¿Cómo puede la oscuridad enrojecerse como un cuerpo metálico? ¿Cómo puede convertirse en ígnea, ser llama, excepto que nos encontremos en un punto de fusión de opuestos, allì donde el misterio se hace presente.

El ser humano corriente se maneja en el mundo de las dualidades, de los opuestos y complementarios. Sin embargo, desde la noche de los tiempos los pensadores y poetas nos han advertido que el mundo binario en que nos movemos quizá no sea, o no es, el real, tal como la referencia a Platón y su alegoría de la caverna que inicia la última sección de este libro de Susana.

Vale decir, aquí todo es posible, como buscar “ese yo /sombra o sueño- / engañosos paso de tiniebla.” O recordar a “la Elegida / origen-vida de la especie.” O que “los sueños huelan a nunca”, o que el no se deshaga en brisa.”

El poema “En la incandescente oscuridad” está dedicado a Rubén Vela, el poeta del americanismo. Aquí encontramos una de las claves para adentrarse en el mundo que nos propone Susana: desenterrar el pasado para transformarlo, hacer que la memoria incendie los laberintos de la sombra, llevar a la superficie lo que es verdadero, no la ficción del mundo ilusorio que nos contiene.

Sin embargo, ese mundo que los hindúes llaman maya, el universo de lo contingente, guarda una inmensa cuota de belleza por descubrir. Belleza cuyo velo puede correrse en la lluvia que cae mansa, en la primavera que se inicia, en los cuerpos de sueño joven, en el diálogo entre un yo “alucinación, fantasma” y un tú ubicuo que se descubre “desde el más allá del más allá”. Belleza que no es trampa sino gozne para develar lo que está oculto, lo invisible que sostiene y permite el nacimiento de lo visible.

Así, mediante un manejo de la palabra que no excluye los neologismo y las uniones atrevidas, Susana  construye un mundo a partir de sus afectos, de sus emociones, de sus sentires. Una poesía intimista, subjetiva que, desde su interioridad, logra acceder al centro de lo general, de lo trascendente. Recorramos entonces sus laberintos para enriquecernos con una visión propia y singular.

Beatríz Broide: Pactos Patriarcales

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Los géneros son una construcción  socio – cultural  que ordena la sociedad en un sistema de relaciones. Marca espacios, jerarquías, valoraciones y prestigios diferentes para ambos y de este modo los géneros constituyen y conforman un eje generador de desigualdades que estructuran y establecen posiciones de jerarquía y de subordinación, en la medida en que son una forma primaria de relaciones significantes de poder. Puede decirse que son fundantes, ya que constituyen , tanto en la historia de los individuos como de los grupos -y también de las sociedades- la primera jerarquía instaurada.

La violencia de género forma parte del conjunto de las manifestaciones jerárquicas. Pero es indispensable analizar como interactúan esas distintas manifestaciones, ya que la violencia de género cumple un papel diferenciado y estructuralmente esencial en la reproducción del sistema y la jerarquía de género constituye una manifestación especial del orden jerárquico, vital para su conservación y reproducción.

Hay que analizar, entonces, la dinámica general de las interacciones entre lo público y lo privado, la sociedad y la familia, que reproducen, de diversas formas ese orden jerárquico y en particular desde la construcción de la subjetividad.

El foco del análisis debe estar en las relaciones entre los elementos del sistema social, considerado como un sistema complejo, y el énfasis debe ponerse en las interacciones y en la mutua determinación entre los distintos subsistemas que lo componen.

Por lo tanto,  hay que  encarar un abordaje totalizador, que parta de un conjunto de interrogantes básicos e interconectados con el objetivo  de desentrañar cómo operan los pactos patriarcales en la interacción entre la jerarquía y la violencia de género y un orden social jerárquico, violento e injusto.

Todas las sociedades de las que hay registro presentan características de inequidad e injusticia. Se reparten de modo desigual el poder y los recursos, una situación que genera conflictos y violencia. Como consecuencia, las relaciones entre sus integrantes y su organización deben ser reguladas y sostenidas mediante un sistema formal e institucionalizado que les asegure cohesión y estabilidad. Surge, entonces, la necesidad de una sistematización y de la imposición ‑ coactiva y persuasiva ‑ de un determinado sistema de valores que resulte funcional y operativo.

Instituciones, legitimidad, consenso, a su vez presuponen, exigen y generan una “legalidad”, un Derecho, que actúa como un medio de control político a través de instrumentos, mecanismos y acciones que se corresponden con  las características y necesidades estructurales del sistema. Se trata de un Derecho creado para conservar el monopolio sostenido y legalizado de la violencia, que es así institucionalizada, oficializada y organizada.

De este modo, el Estado y las instituciones accionan simultáneamente a través de la coacción y del consenso, de la violencia y de la ideología, para asegurar del mejor modo posible la conservación de los privilegios y el funcionamiento de la sociedad. Por ello, para su mayor eficacia, el Estado debe encubrir y disimular su naturaleza, presentándose como neutral.

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La violencia necesaria para mantener un sistema social injusto ‑solapada e invisible, o abierta y descarada ‑ debe ser complementada por un cierto grado de aceptación o consentimiento de todos sus integrantes. Lucha e integración, violencia y consenso, no son fenómenos separados, sino aspectos diferentes pero estrechamente ligados de un proceso general único y dinámico.

Dentro de la dinámica de este proceso es clave la reproducción del propio sistema, que requiere ineludiblemente la producción de personas que se adecuen a él, que acepten como “naturales” sus condiciones para la reproducción social.

La familia ‑en cualquiera de las formas que ha adoptado a lo largo de la historia y en las distintas culturas ‑ es y ha sido siempre la encargada no solamente de la reproducción biológica, sino también de la reproducción del sistema de valores del orden social establecido.

De modo que el tipo de familia dominante en una sociedad autoritaria y jerárquica debe resultar funcional a ésta. La jerarquía de género, y por lo tanto la violencia de género, constituyen una necesidad del sistema social, que las integra en su metabolismo. Y es por eso que el tipo de familia dominante debe ser estructurado de manera que resulte convenientemente autoritaria y jerárquica.

La presencia de relaciones jerárquicas de género dentro de la estructura familiar ‑ que se encuentran en nuestra cultura y en todos los registros históricos existentes ‑ funcionan entonces, al mismo tiempo, como condicionantes ideológicos para la construcción y la aceptación de todas las desigualdades.

En la historia de los sistemas sociales, la estructura de géneros es y ha sido una estructura de poder: implica una jerarquía, y como tal se sostiene por medio de la violencia. Así como la desigualdad social implica la existencia de violencia social, la desigualdad entre los géneros implica una necesaria violencia de género.

Sin entrar en detalles sobre las variantes más evidentes de violencia de género, es de fundamental importancia  la referencia a sus manifestaciones más solapadas (y eficaces).

Y el más eficaz de los mecanismos de control social y de reproducción de las desigualdades es la violencia psicológica. Este tipo de coacción aparece como una constante en la vida cotidiana, y reafirma permanentemente la jerarquía y la opresión en todas las formas de dominación. Constituye una poderosa herramienta para lograr la sumisión de todas las categorías sociales subordinadas, de un modo sutil y difuso.

En las relaciones de género, la violencia psicológica se ejerce en forma  invisible e irreflexiva, característica que optimiza su efecto desvalorizante e intimidatorio.

El aspecto más importante de la estructura familiar es la perpetuación  ‑y concienciación‑ de un sistema de valores profundamente inicuo que no permite que se lo desafíe provocando claramente el síndrome del  servilismo concienciado.

En la relación entre jerarquía y violencia, cabe destacar el carácter normativo de la violencia y su necesidad en un mundo jerárquico, nó como un mecanismo espurio ni prescindible, sino como inherente y esencial.

La relación entre violencia de género y violencia social no es una relación entre dos entidades distintas sino una articulación específica, un modo particular de inserción recíproca de dos modalidades de una misma práctica social en la cual la especificidad de la articulación y de la inserción es constitutiva de ambas modalidades, que son raíces y fuentes, antagónicas y complementarias, de desigualdades sociales e interpersonales, de grupos y de personas.

Es decir que estas relaciones tienen, en todos los niveles y para todas las unidades participantes, un carácter constitutivo. Una complejidad que se observa en todos los aspectos: desde lo individual hasta la conformación de construcciones colectivas.

De modo que la sociedad se presenta como una red de relaciones jerarquizadas y de procesos de creación y modificación de todas ellas, y la jerarquía diferenciadora es, a la vez, colectiva e individual.

La construcción de la jerarquía de género no puede ser analizada como un fenómeno aislado, sino como parte de una teoría  política, ya sea para dar cuenta de la necesidad de esa construcción como para la comprensión global del sistema social. Y es precisamente en el marco de las jerarquías sociales que configuran el sistema donde la estructura de género reaparece siempre como estructura de poder.

Asimismo, en todo sistema social jerárquico se da un juego de interrelaciones dialécticas sumamente complejo, cambiante en el tiempo , que va adaptando mecanismos preexistentes para sostener, con distintas formas de violencia, ese orden jerárquico de la sociedad.

Existen, además, mecanismos de control para que las instancias de creación de jerarquía se refuercen mutuamente. Estos mecanismos de control se despliegan a lo largo de la historia, acompañando los cambios que se dan en los sistemas sociales, y su forma de operar se reformula continuamente, para resultar funcional al orden jerárquico vigente. En particular, la familia también se adapta, para reproducir los valores necesarios al sistema.

La familia cumple un papel fundamental porque los seres humanos pasan por un largo período de indefensión, y es durante esa etapa que se van conformando y modelando los primeros elementos de sus personalidades adultas,a la par que se va construyendo la subjetividad de los individuos. Ciertos aspectos de este proceso de condicionamiento encuentran expresión en los rasgos de obediencia y en la capacidad para la identificación con posiciones de subordinación y de superordinación que crean las precondiciones para el funcionamiento eficaz de las instituciones en el control y la movilización de los individuos.

El papel de la familia como estructura de poder en sí, y como modelo primario  componente del sistema global de poder, es prolongado y reforzado por la educación. Y no solamente por la educación formal: otras instituciones son también expresión concreta de esos mecanismos. Las iglesias, la cultura, los medios de comunicación, la ciencia, las actividades recreativas, etc. moldean las formas organizativas de la vida económica y social. Son todos  aspectos que se complementan para lograr el condicionamiento psicológico, el sometimiento de la razón, la captación de las conciencias; en suma el consenso para el órden jerárquico. Redefinen  a su vez qué violencia es admisible y preparan el terreno para la aceptación de una violencia abierta hacia quienes se atreven a desafiar el sistema establecido.

Todos esos mecanismos operan en un interjuego de roles y funciones, en el cual la familia es fundamental por su importancia en la producción de personas para su integración  al orden jerárquico.

La imbricada interdependencia entre ambos órdenes ‑género y sociedad‑, con todas sus implicancias y consecuencias, incide en la configuración de las fuerzas y estructuras socio – económicas y culturales, en el sistema de poder, en la organización y el funcionamiento del aparato político-institucional, en los mecanismos y procesos de decisión; todo lo cual vuelve a repercutir en la relación y en la dinámica entre estos dos órdenes.

Se arriba así a la existencia de una realimentación dialéctica permanente entre las relaciones de jerarquía/sumisión presentes en el macrocosmos social y su reproducción/gestación en el microcosmos de las relaciones interpersonales, marcadas por la construcción de las diferencias de género.

De ahí entonces la imposibilidad de entender los procesos sociales en que está implicada la jerarquía de género sin adoptar un enfoque dialéctico, que debe analizar, también, la conexión entre las categorías simbólicas y la práctica social. Para ese análisis, es necesario examinar dentro del sistema social  el subsistema reproductivo (producir personas), o sea la dinámica de la formación de los individuos que integrarán el propio sistema.

Los estudios habituales se abocan a aspectos limitados de ese examen y, aunque muchos de ellos están cuidadosamente documentados, el problema reside en que la mayoría se realiza con una visión parcial y fragmentada. Parcial porque omiten tanto la necesaria interdisciplinariedad que requieren los sistemas complejos, como la interconexión con una teoría general sobre el sistema, dejando así de lado claves importantes a la hora de entender el significado profundo de las instituciones estudiadas  e impidiendo analizarlas en todas sus dimensiones,  degradando su interpretación.

Por otra parte, ese enfoque lleva a un análisis que no va más allá de la constatación de discriminaciones y desigualdades, sin llegar a abarcar la interacción de la estructura de género con el conjunto del sistema de reproducción social, ni la dinámica de la construcción de la jerarquía social en que está inmersa la jerarquía de género.

Un abordaje con estas restricciones se traduce en acciones orientadas al logro de reivindicaciones formales, plasmadas en leyes específicas que intentan “corregir” esas discriminaciones, desigualdades y determinados problemas puntuales.

A su vez, las reivindicaciones formales, expresadas en disposiciones legislativas, instituciones, etc., aunque útiles en general, tan solo comportan un mero reformismo. Son valiosas en tanto visibilizan algún aspecto del problema y ocasionalmente resuelven ciertas situaciones críticas, pero las conquistas formales no constituyen  más  que paliativos que, en última instancia, operan como un enmascaramiento de los problemas de fondo.

Asimismo, todos los sistemas sociales requieren adaptaciones constantes para la continuidad de su propio funcionamiento. Las reformas legales son básicamente mecanismos de actualización que, en circunstancias históricas concretas, realizan cambios inevitables dándoles la apariencia de transformaciones fundamentales, sin llegar a cruzar nunca el umbral crítico de un vuelco sustantivo. No producen una verdadera ruptura del orden establecido.

Porque ése es el cambio de fondo necesario: disolver la jerarquía en tanto modelo y raíz misma de todas las discriminaciones y racismos.

Cuestionar el orden social jerárquico sin cuestionar la jerarquía de géneros que lo realimenta no sólo es insuficiente sino que es inoperante. De ahí la necesidad de examinar cómo funciona la relación entre ambos órdenes para su mutua perpetuación.

Se puede combatir las formas evidentes de violencia, pero debe entenderse que el objetivo es la desarticulación y erradicación del propio orden jerárquico, que no puede ser pensado como una simple corrección de los “excesos” de violencia, que permita a ese orden jerárquico seguir reproduciéndose a sí mismo.

Es imprescindible la comprensión de la dinámica social para poder cambiarla , pero también es necesario imaginar creativamente  los cambios que cuestionen profundamente el orden establecido para poder subvertirlo, desbloqueando  y liberando sus principales elementos para dar lugar a estructuraciones inéditas, que permitan y logren desarticular todos y cada uno de los perversos mecanismos de los pactos patriarcales.

Liliana Díaz Mindurry. Violencia y literatura

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Bachelard se refería a una poética del aire, del agua, de la tierra, del fuego. Me gustaría agregar que una poética del aire es de tendencia metafísica, el agua lleva a la sensualidad, el fuego a los misticismos y blasfemias (sean o no de índole religiosa), la tierra a la vida cotidiana. Pero ese fuego devorador, lo pasional en el sentido de padecimiento y de infligir violencia a las mismas estructuras gramaticales está en la naturaleza poética. La poesía (término que incluye los otros géneros literarios y descartando lo poetizante en el peor sentido de altisonancia) muestra el caos falsamente ordenado por el lenguaje que se imagina a sí mismo referencial, al producir violencia en el centro mismo del decir. Digo esto para decir lo otro y para decir sucesivas cosas y para atacar la linealidad gramatical (que no es más que la reproducciones de las estructuras lineales del pensamiento) y para eviscerar  las palabras cortadas y hasta corrompidas como en la divertida y singular novela El orden alfabético de Millás, de escritura liviana que depara sorpresas.

Violencia en el sentido de quebrantar y violar. De forzar el lenguaje hasta vaciarlo y tergiversarlo. Atropellar las palabras para que expulsen  contenidos íntimos, secretos, paradojas.  No respetar palabras ni convenciones, sabiendo que la primera convención es la palabra y es necesario demostrar su falsedad en nuevas y nuevas convenciones igualmente falsas hasta que toda convención quede rota por sucesivas violaciones que siempre muestren el agujero en el sistema. Disfrazar para desnudar, desnudar para disfrazar, para desnudar, es decir, para disfrazar.

En otras palabras, proferir maldiciones contra el mismo Mal-Decir del lenguaje, demostrar toda su categoría de instrumento infernal.

Hasta aquí hablamos de atropellar a la palabra. Ahora hablemos de atropellar el sentido. Mostrar la extrañeza radical de todo presunto sentido a través de palabras  que muestran la desnudez del Agujero.  Una fuerza impersonal nos lleva a cualquier parte. Llamarlo inconsciente no nos ayuda. La misma muerte aparece como sentido fundamental de todo y es una muerte que no es muerte. Es la violencia de no terminar de morir y de no saber qué es ese extraño sentido porque no se puede escribir o decir la muerte. Como hacerlo si la muerte es lo esencialmente extraño. Como la palabra. También la palabra es lo esencialmente extraño.

¿Cómo? ¿La palabra no era un puente con el mundo exterior? ¿No era la forma de alcanzar al Otro? ¿Se trata ahora de violentarla para distanciarse del Otro? ¿Para mostrar con más fuerza que el puente está dinamitado? ¿O esa violencia es para mostrar su engaño, pero también para desencadenar sus poderes mágicos? ¿Arrancar los poderes mágicos? ¿Arrancar el encantamiento del mundo para formar un nuevo mundo, un nuevo encantamiento?

¿Hay un mundo exterior? ¿Diremos con Nietzsche que no hay hechos sino interpretaciones? ¿O con Derrida que antes de la representación hubo una repetición? (Repetition: ensayo). ¿Ese es el mito del eterno retorno? Tal vez si hubo un hecho fue matado por la palabra, quebrado en mil pedazos y sólo queda la interpretación de la interpretación. Como diría Foucault: si la interpretación es infinita es que no hay nada que interpretar.

La máxima violencia: saber que la palabra es necesariamente un monstruo de dos caras y que no se trata del equívoco ocasional o inclusive corriente sino del equívoco del equívoco. ¿Transparente por poco sentido?  ¿Opaca por mucho sentido o porque no dice nada?

Cuando San Juan de la Cruz dice deseando nada está diciendo violentamente muchas cosas. Por ejemplo: que la literatura es deseo de nada. Que ese deseo de nada es deseo de Dios, es decir, deseo de nada, es decir, deseo de Dios. Que la palabra es nada y dice nada y con ella el escritor desea decir eso: la nada, que es como decir todo. Que es infinito lo que quiere decir, y como no hay palabras para decir el infinito desea nada. Y todos los caminos que se pueden abrir, tantos como pasiones que leen. Porque hace falta eso: la pasión. Y la pasión es la violencia maravillada, en éxtasis. Como si fuera lo contrario de la violencia. Pero la palabra literaria es violencia, de mayor calibre que una injuria o un insulto. Porque es amor violento, violentado, que violenta, viola. Deseo. Y de nada.

Se trata de un idioma sagrado, con la sacralidad y la brutalidad del fenómeno religioso. Su sentido es secreto porque implica todos los sentidos. Y es tan humano como bestial.

Breton dijo que las palabras hacen el amor. Pero lo hacen a través de la muerte. Es un amor cargado de crímenes. Poetas como San Juan de la Cruz se llaman místicos, pero es una mística que hace el amor con Dios, y el amor no es un acto sin violencia. Es la más pura violencia.  Hay una magia oculta, una búsqueda violenta de poder sobre Dios, sobre un mundo de malentendidos, creado por ese mismo Dios que bendice maldiciendo.

Además hay un ritmo. La palabra literaria es una palabra con ritmo: verso o prosa, es igual. El ritmo nace de una escritura auténtica. El ritmo es un hechizo y el hechizo es arrancar secretos a la fuerza. Ya lo dice Juan: el Verbo es Dios. Cada uno inventa un universo de palabras y es en sí un Verbo o un Dios, como se prefiera decir. Pero el escritor no lanza palabras al aire sino que las junta en libros para producir una ruptura en el entramado fácil de cada lector, en esa armonía que todos tratamos de inventar miserablemente cada día con total conciencia del fracaso, pero persistiendo en nuestro simulacro de lenguaje.

Todo esto es un golpe y la literatura lo da con toda la fuerza y esto aunque lo escrito sea un balbuceo. El balbuceo de la poesía no elimina su violencia, su fuerza de choque: por el contrario, la aumenta. En la vida cotidiana atribuimos la maldición del lenguaje a la traición de éste o aquel, a la manipulación del poder, a Dios, al destino, a cualquier cosa. La literatura muestra esa violencia, al punto que produce un encantamiento. El mundo vuelve a tener ese encanto que nunca tuvo.

La literatura necesita desintegrar.  Producir equívocos, ya que el malentendido está, que ese malentendido sea un látigo para “azotar el mar, locura de bárbaro”, como decían los griegos.  Irritar. Porque es una palabra separada de sus funciones habituales.  En otro orden que no tiene que ver con las mentiras de su comunicación, de su información, de su discurso de poder de víctima o victimario. Esa es su fuerza, su hechizo, lo único que nos importa. Porque es verdad en su juego. El resto es una mentira que nos dice la política, la ciencia, la persona amada. Y se la puede interpretar como a un texto literario. Esa interpretación no importa: importa el texto en sí, su blasfemia.

Y la verdad, ¿qué función cumple en todo esto? La palabra es un instrumento ¿para disimular la ausencia o para buscar la verdad? ¿Qué queremos decir con buscar la verdad? ¿alguna nueva máscara vía filosofía o vía ciencia, un orden que nos tranquilice un poco, porque aunque no creamos en ninguna verdad resulta armónico que la busquemos? ¿Resulta sensato?

Pongamos por un momento que la literatura busque alguna verdad (aunque “verdad” sea otra palabra tan maldita como cualquiera, pero con su lado tranquilizador). Por ejemplo Proust. No busca la memoria del tiempo perdido, pero sí la verdad. No lo hace por buena voluntad, ni por un sano deseo de niño meritorio, sino porque hay signos que lo violentan y lo empujan a buscar como un amante celoso conocer la infidelidad del amado. O al menos sus signos.  Con esa misma violencia escribe. (¿Quién ¿ ¿Proust con sus felices magdalenas y sus losas venecianas y sus campanarios?). Cuidado con las apariencias: toda gran literatura, cuente o no hechos de violencia, use o no palabras violentas, atropelle o no las gramáticas, desinstala con su violencia escondida.

Pues entonces, bueno, sí, buscar la verdad. El Mal-Decir lo impide. Buscarla en ese Mal- Decir. Y que aparezca una verdad completamente distinta en el que lee. Porque en definitiva se trata de pensamiento a través de palabras malditas, o sea de un orden que es un caos.

No hay pensamiento de vanguardia que no sea poético. Incluyo a Galileo, a Marx, a Freud, hasta a Jesucristo, para hacer una lista anacrónica, un poco burlona, pero bastante precisa.  Son pensamientos poéticos, porque no van siguiendo una línea de orden sino de ruptura. Decir vanguardia a una mentalidad postmoderna en toda su variante pasatista, anticreadora, que juega a la parodia porque no tiene genio inventivo y hace coqueteos furiosos con el marketing que es su meta verdadera, es una forma del arte de injuriar, para usar un término borgesiano ya popular y aceptado por el lenguaje, o es una imagen magnífica de la impotencia que trata de disimular su desgracia. Los mass media con su afán de manipulación y de producción de intelectuales al servicio del poder, han servido para recrear este imaginario, esta antipoesía con otro género de violencia: la de la cuidadosa higiene de cerebros.

Sustraerse a la Ley para entrar en una gracia que nos hace inmortales, o pretender que los cuerpos caen con un movimiento rectilíneo uniforme y hacerlo dentro de un plano infinito (algo que no existía en la física aristotélica y menos en la cosmología medieval: sólo Dios es infinito), o decir que el trabajo no es mercancía, o salirse del sistema con un irrepresentable como el inconsciente, significan en su momento histórico, impensables, agujeros en la trama sistémica, aunque hoy sean lugares comunes, perfectamente representables y hasta manoseados por el pensamiento. No obstante han hecho suficiente violencia, han sido poetas fuertes en el decir de Bloom, han producido heridas y producciones de resistencia en ese gran poder creativo de la envidia, que es la crítica literaria.

Poesía, es sin lugar a dudas, violencia en el lenguaje, torsión de la gramática, aumento en progresión geométrica del íntimo Mal-Decir de nuestra comunicación cotidiana: lo real imposible lacaniano hace sentido en la fuerza de la encarnación. Poesía es desarticulación, incomodidad. Lo cómodo es el orden del consenso, el mandato social y la democracia del mercado, y en el pensamiento, ese sentido común, esa doxa, que no toca la episteme. ¿Tiene entonces algo que ver la ciencia con la poesía? En un solo punto: lo que hace a la incomodidad, la desarticulación del sentido común.

Imaginemos un señor sentado en su sillón, con su auxilio técnico de variada clase para adormecerse. Se enfrenta contra el Mal-Decir del lenguaje pero no le importa, está dormido, semimuerto. Su cerebro es apenas una tripa lavada y perfumada. Compra, vende, come, respira, defeca, fornica, hace hijos semejantes a él, muere. Apenas tiene algo de humano, está a punto de ser virtual. ¿Qué puede importarle de la gratuidad de un mundo palabrístico?

La violencia creativa se opone entonces a la violencia organizada del consenso, del mandato social. Las palabras si no son dinamita y producen esquirlas en el cerebro, no producen efecto poético. Fuerzan su significado y, lo mejor, fuerzan el pensamiento, lo acercan a sus límites.  Nada de Ley, la poesía es gracia pura. Es revolución sin demagogia.

Contra el Alzheimer general de un pensamiento manipulado, contra la todopoderosa y ubicua eficacia se dirige todo lo poético. En su golpe a lo establecido produce la necesaria crisis y la movilidad.

Ya lo decían los surrealistas. Y  es así. Toda belleza será convulsiva o no será.

El texto Violencia y literatura pertenece al libro de Liliana Díaz Mindurry  La maldición de la literatura.  Ruinas Circulares, Buenos Aires, 2012.

Imágenes:  htpp://rxpression.wordpress.com

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Arlette Neyens. Lo maravilloso

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Cuando Leonor Calvera me invitó a participar de este prestigioso ciclo para abordar el tema de “Lo Maravilloso”, en el contexto de “Lo oculto, lo misterioso, lo maravilloso”  no le contesté de inmediato…  Me quedé pensando cuál era el sentido de lo maravilloso en el contexto de lo oculto y lo misterioso.

Pensé que de alguna manera lo oculto, lo misterioso y lo maravilloso forman parte de un todo en ciertas circunstancias.

Lo oculto en sí.  Ambivalente

Lo oculto  por sí mismo es algo no manifiesto claramente.  Aparece como misterioso. No siempre lo oculto resulta feliz, placentero, beneficioso. Pero también puede serlo.

Lo misterioso. Ambivalente

En tanto lo misterioso al igual que lo oculto, no se muestra, permanece en lo oscuro y puede ser ominoso, perverso, o también en ciertas circunstancias se puede  revelar ser feliz y maravilloso.

Es decir que lo oculto y lo misterioso pueden ser ambivalentes.

 

Lo maravilloso. La magia

 

En cambio lo maravilloso trae en sí, aun desde lo oculto  y lo misterioso una promesa de felicidad, de alegría, de magia, de deslumbramiento, de encantamiento. Diría que bajo esta perspectiva lo maravilloso no es ambivalente.

No sé por qué pero en mi infancia asociaba, las hadas, las princesas y los duendes con lo deslumbrante, lo mágico, lo sorprendente,  lo maravilloso.

Pero más allá de las visiones infantiles el desafío estaba planteado.

Cuál era el enfoque con que debía abordar lo maravilloso.  La vida es maravillosa, los pájaros son maravillosos, los hijos son maravillosos, conseguir trabajo es maravilloso, gozar de un jardín es maravilloso, en fin todo los que conseguimos a través de nuestros deseos es maravilloso.

Pero me parece que esta no es la interpretación de “lo maravilloso” ya que lo maravilloso en un sentido profundo excede lo psicológico, lo filosófico, hasta lo racional. Por que justamente aquello que llamamos o calificamos de maravilloso está fuera de lo corriente, de lo  fácilmente accesible. Es aquello fuera de lo común muchas veces  es incomprensible  y siempre excepcional. Y sin embargo también es real.

Vivo prácticamente en las montañas, en un valle de la Cordillera de los Andes al sur del Neuquén. En ese entorno en ese medio la naturaleza se desarrolla. Y cómo ocurren cosas maravillosas.

A propósito que los pájaros son maravillosos.

 

Algunas maravillas de la naturaleza

 

En la cordillera cuando los loros bajan de las montañas hacia el mes de abril, llegan en bandadas bochincheras, se arraciman en los árboles con gran escándalo y luego vuelan hacia otros lados de los bosques siempre hacia el Este. Entonces todos sabemos que dentro de los próximos 15 días nevará en lo alto de los cerros.  ¿Cómo lo saben? Misterio o maravilla?

Otro ejemplo emocionante. Todos los años sobre el mes de marzo  asistimos a la ceremonia de la partida de las golondrinas, que como todos sabemos son pájaros migrantes. A propósito que  los pájaros son maravillosos ocurre que  se reúnen volando el giros y dibujos por el cielo cientos de golondrinas que convergen juntas y comienzan su danza ritual de ir y venir, de volar rasando el suelo y elevarse y volver a pasar sobre nuestras cabezas. La danza mágica va envuelta en su propio piar, se siente el estado de fiesta de ellas y la danza dura unos 20 minutos. Luego desaparecen tan misteriosamente como llegaron. Pero no es simple desaparecer es una fiesta de despedida.

aves

 

 

Se van hacia el norte en un largo viaje para llegar a las zonas cálidas. Recorrerán miles de kilómetros en busca de su destino. Regresarán en para la próxima primavera, para anidar otra vez  y así constantemente.

Vivir esa experiencia de la partida de la golondrinas decimos que es maravillosa.

Otro hecho maravilloso

Y uno de los hechos que más me conmueve es la llegada nocturna de los teros, hacia el final del invierno. Anualmente entre el 2 y  el 5 de agosto, en el silencio de la noche, repentinamente estalla el cielo con los gritos de los teros que regresan a casa. Vuelven para anidar tener sus pichones y volverán a partir al final del otoño. Anidan en el  mismo lugar, más aun, en el mismo nido todos los años.  Y cada año pienso y siento que es una maravilla. ¿Cómo encuentran las rutas del regreso, cómo reconocen el terreno, cómo recuerdan exactamente el nido del año anterior? Maravilloso misterio, ¿verdad?

Pero en realidad la ciencia nos ha dicho que responden a un instinto.

Claro que no sé si han podido explicar qué es el instinto, cómo  funciona y por qué funciona y se cómo conecta con un especie de GPS interno que llevan puesta desde el principio de los tiempos. Sin embargo ese arribo nocturno nos envuelve en una magia maravillosa.

Es el anuncio de un invierno que comienza a irse y la promesa de la primavera y de la nueva vida.

Veamos una contraparte.

Pero también esto tiene sus excepciones. Por ejemplo podría contarles que hay una araña que después de tejer su tela espera paciente y agazapada la caída de una avispa. Cuando ésta cae en la tela por supuesto queda atrapada. Entonces la araña  tranquila y oronda inocula en la panza de la avispa, una sustancia paralizante. La avispa queda viva. Entonces doña araña inserta en la pancita de la avispa sus huevitos. Ya se imaginan que los huevitos de araña crecen  en el calorcito de la panza de la avispa. Una vez nacidas la diminutas arañitas comienzan a alimentase de la panza de la avispa, hasta que crecen y ya no queda nada de la avispa  sólo un par de alas inútiles. Allá van al mundo las arañitas a repetir lo que hizo mamá.

Pero este irremediable acto de la supervivencia puede ser interpretado según cada cual.

Para un ateo es una demostración de que un Dios de infinita bondad no existe.

Para  un fundamentalista esto es voluntad de Dios que tiene sus propios designios.

Para un ser sensible que ama la vida es sin duda un hecho aterrador.

Para un biólogo, un científico, es demostración del instinto de sobrevivencia. Y calculará las proteínas, carbohidratos y demás que son consumidas por las arañitas y previstas por la avispa.

Es cierto que en realidad calificamos de maravilloso todo aquello que nos sorprende gratamente. Pero lo que nos sorprende negativamente lo calificamos de terrorífico, ominoso, repugnante, y otras cosas más por el estilo.

Entonces esto demuestra que todo es según el color con que se mira como dice el refrán.

Un campesino, un científico y un poeta

Un atardecer se encontraban en el campo un campesino, un científico y un poeta.

El cielo presentaba un esplendor de nubes camino al ocaso, de- batiéndose en colores increíbles que iban desde un rojo anaranjado muy vivo hasta mezclarse con violetas, grises y azulados.

Los tres miraban el cielo y el campesino rompe el silencio y  augura

“mañana va a hacer buen tiempo”, el científico explica sobre la clase de nubes y dice “son cúmulos nimbus”. El poeta embelezado sólo alcanza a decir “qué hermoso, qué maravilla”.

Por supuesto que si sigo en este terreno no vamos a terminar ni mañana a la tarde.

Entonces vemos que el concepto de maravilloso también lo es de acuerdo la óptica de cada uno.  Seguramente aquello que no es común a todos, aquello que se da de tanto en tanto.

Sin embargo también creo que debe ser aquello a lo que tenemos acceso de alguna extraña manera.

Pero ¿cuál es la esencia de lo maravilloso?  Es lo que la naturaleza nos presenta, es lo que el hombre inventa?

Pareciera que lo maravilloso está ligado a lo supra humano. Casi diría que está ligado a lo divino, y lo digo fuera de toda connotación  ideológica religiosa.

Entonces me pregunto por qué desde los oscuros principios de la humanidad  el hombre se preocupó  siempre por adorar y buscar la protección de poderes  supra humanas, ya sea el sol, las fuerzas de la naturaleza o una entidad divida poderosa, un Dios o un Ser Superior.

En mis recorridas por las zonas  indígenas de  la provincia de Río Negro, en función de mi trabajo en Centro Estudios Folklóricos  dependiente del Centro de Centro de Investigaciones Científicas de la

Provincia visitaba paisanos y aborígenes en busca de recopilar sus bienes culturales, tales como leyendas, mitos, supersticiones, creencias, ceremonias religiosas, casos, cuentos, dichos, costumbres y demás expresiones emanadas de su saber, sentir y creer.

Visitábamos cada tanto la comunidad de Ruca Choroy (Casa de loros), en la provincia del Neuquén. Allí solíamos conversar con María una mujer vieja y tejendera, siempre trabajando en su telar vertical, del que salían caminos y mantas. Una mañana llegamos gasta su rancho y ella salió sorprendida y muy excitada comenzó a reírse y a decir “wichita,wichita”, en lengua araucana según creímos, le preguntamos qué quiere decir “wichita” y nos contestó “ witran”. No comprendimos ni una cosa ni otra. Estaba con ella un nieto de unos 12 años y le preguntamos ¿qué quiere decir tu abuela con  Wichita y witran? Hablo con su abuela en su lengua mapuche y nos explicó wichita es visita en la “castilla” -así nombra la castellano, y witran en mapuche- “y mi abuela está maravillada de que estén ustedes aquí ahora porque anoche no soñó con que vendría visita”. No lo puede creer. Lo sobre natural, es para ella lo natural, y su mundo de creencias y mitos se mueve en el mundo que los designios, no de la realidad. Realidad desde nuestro punto de vista occidental.  Para ella eso era maravilloso.

Entonces me vuelvo a preguntar qué es realmente lo maravilloso. Cada uno de los hechos relatados responden a la esencia de la naturaleza brutal despiadada e impávida ante la muerte. Ella sacrifica al débil en su terrorífico destino mata para permanecer. Entonces dónde está lo maravilloso. Me pregunto está acaso en los ojos del hombre que encuentra extasiado belleza en las armonías del color o de la música o en lectura tersa de un  escritor.  Hay algo más que nos lleva a ese estado de maravilla, de exultación, de agitación interna, de emoción desbordante que se da en el arte.  Desde lo oculto y misterioso cuando el artista crea en estado de emoción profunda de agitación interna de exultación produce el milagro de la comunicación espiritual. Cuando el espectador, el oyente o el lector se encuentra con la obra de arte, recibe como la eco la emoción, la pasión y exultación del creador. En ese instante el espectador y el creador son uno sólo compartiendo la misma emoción, la misma exaltación.

Eso no ocurre siempre, cuando ocurre son momento mágicos, únicos, maravillosos e inexplicables.

Puede ocurrir que dos personas desconocidas entre sí asisten a un concierto y desde un misterioso lugar de sí mismos, la música los transforma, lo eleva, los emociona y de golpe esos desconocidos se miran y ese instante cada uno sabe que están compartiendo y sintiendo la misma pasión, la misma emoción, la exultación, el mismo desborde del acto creador.  Diría Martin Buber, están vibrando sobre la misma onda, hermanados por la emoción y por lo mejor de cada uno. Desarmados  uno frente al otro como en estado de amor,  entonces en ese instante ocurre sin duda el verdadero milagro, la verdadera maravilla, la maravilla del encuentro humano.

Un milagro oculto tan misterioso y maravilloso como el Amor mismo.

Hace un  tiempo he escrito algunos conceptos sobre fotografía y arte dije lo siguiente:

“  ….  La poesía, como toda  expresión creadora, es un desborde incontenible de emoción que bulle en el alma del artista, hasta “revelarse” en una expresión de arte.

    La fotografía puede ser poesía cuando salta las barreras de lo documental, cuando transgrede las leyes de focos y diafragmas, de telémetros y distancias focales, para transformarse en un lenguaje de riesgo donde el alma encuentra el delicado temblor con que puede fundirse universalmente en un abrazo sublime con la humanidad. Ese lenguaje de riesgo, ese temblor del alma, para que sea de comprensión universal debe ser un hecho estético.

Si esto se logra, entonces ocurre el verdadero milagro, la maravilla del encuentro humano.

Si no, no ocurre nada.

Reproducido de http://arletteneyens.wordpress.com/2013/06/18/lo-maravilloso/