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Beatríz Broide: Pactos Patriarcales

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Los géneros son una construcción  socio – cultural  que ordena la sociedad en un sistema de relaciones. Marca espacios, jerarquías, valoraciones y prestigios diferentes para ambos y de este modo los géneros constituyen y conforman un eje generador de desigualdades que estructuran y establecen posiciones de jerarquía y de subordinación, en la medida en que son una forma primaria de relaciones significantes de poder. Puede decirse que son fundantes, ya que constituyen , tanto en la historia de los individuos como de los grupos -y también de las sociedades- la primera jerarquía instaurada.

La violencia de género forma parte del conjunto de las manifestaciones jerárquicas. Pero es indispensable analizar como interactúan esas distintas manifestaciones, ya que la violencia de género cumple un papel diferenciado y estructuralmente esencial en la reproducción del sistema y la jerarquía de género constituye una manifestación especial del orden jerárquico, vital para su conservación y reproducción.

Hay que analizar, entonces, la dinámica general de las interacciones entre lo público y lo privado, la sociedad y la familia, que reproducen, de diversas formas ese orden jerárquico y en particular desde la construcción de la subjetividad.

El foco del análisis debe estar en las relaciones entre los elementos del sistema social, considerado como un sistema complejo, y el énfasis debe ponerse en las interacciones y en la mutua determinación entre los distintos subsistemas que lo componen.

Por lo tanto,  hay que  encarar un abordaje totalizador, que parta de un conjunto de interrogantes básicos e interconectados con el objetivo  de desentrañar cómo operan los pactos patriarcales en la interacción entre la jerarquía y la violencia de género y un orden social jerárquico, violento e injusto.

Todas las sociedades de las que hay registro presentan características de inequidad e injusticia. Se reparten de modo desigual el poder y los recursos, una situación que genera conflictos y violencia. Como consecuencia, las relaciones entre sus integrantes y su organización deben ser reguladas y sostenidas mediante un sistema formal e institucionalizado que les asegure cohesión y estabilidad. Surge, entonces, la necesidad de una sistematización y de la imposición ‑ coactiva y persuasiva ‑ de un determinado sistema de valores que resulte funcional y operativo.

Instituciones, legitimidad, consenso, a su vez presuponen, exigen y generan una “legalidad”, un Derecho, que actúa como un medio de control político a través de instrumentos, mecanismos y acciones que se corresponden con  las características y necesidades estructurales del sistema. Se trata de un Derecho creado para conservar el monopolio sostenido y legalizado de la violencia, que es así institucionalizada, oficializada y organizada.

De este modo, el Estado y las instituciones accionan simultáneamente a través de la coacción y del consenso, de la violencia y de la ideología, para asegurar del mejor modo posible la conservación de los privilegios y el funcionamiento de la sociedad. Por ello, para su mayor eficacia, el Estado debe encubrir y disimular su naturaleza, presentándose como neutral.

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La violencia necesaria para mantener un sistema social injusto ‑solapada e invisible, o abierta y descarada ‑ debe ser complementada por un cierto grado de aceptación o consentimiento de todos sus integrantes. Lucha e integración, violencia y consenso, no son fenómenos separados, sino aspectos diferentes pero estrechamente ligados de un proceso general único y dinámico.

Dentro de la dinámica de este proceso es clave la reproducción del propio sistema, que requiere ineludiblemente la producción de personas que se adecuen a él, que acepten como “naturales” sus condiciones para la reproducción social.

La familia ‑en cualquiera de las formas que ha adoptado a lo largo de la historia y en las distintas culturas ‑ es y ha sido siempre la encargada no solamente de la reproducción biológica, sino también de la reproducción del sistema de valores del orden social establecido.

De modo que el tipo de familia dominante en una sociedad autoritaria y jerárquica debe resultar funcional a ésta. La jerarquía de género, y por lo tanto la violencia de género, constituyen una necesidad del sistema social, que las integra en su metabolismo. Y es por eso que el tipo de familia dominante debe ser estructurado de manera que resulte convenientemente autoritaria y jerárquica.

La presencia de relaciones jerárquicas de género dentro de la estructura familiar ‑ que se encuentran en nuestra cultura y en todos los registros históricos existentes ‑ funcionan entonces, al mismo tiempo, como condicionantes ideológicos para la construcción y la aceptación de todas las desigualdades.

En la historia de los sistemas sociales, la estructura de géneros es y ha sido una estructura de poder: implica una jerarquía, y como tal se sostiene por medio de la violencia. Así como la desigualdad social implica la existencia de violencia social, la desigualdad entre los géneros implica una necesaria violencia de género.

Sin entrar en detalles sobre las variantes más evidentes de violencia de género, es de fundamental importancia  la referencia a sus manifestaciones más solapadas (y eficaces).

Y el más eficaz de los mecanismos de control social y de reproducción de las desigualdades es la violencia psicológica. Este tipo de coacción aparece como una constante en la vida cotidiana, y reafirma permanentemente la jerarquía y la opresión en todas las formas de dominación. Constituye una poderosa herramienta para lograr la sumisión de todas las categorías sociales subordinadas, de un modo sutil y difuso.

En las relaciones de género, la violencia psicológica se ejerce en forma  invisible e irreflexiva, característica que optimiza su efecto desvalorizante e intimidatorio.

El aspecto más importante de la estructura familiar es la perpetuación  ‑y concienciación‑ de un sistema de valores profundamente inicuo que no permite que se lo desafíe provocando claramente el síndrome del  servilismo concienciado.

En la relación entre jerarquía y violencia, cabe destacar el carácter normativo de la violencia y su necesidad en un mundo jerárquico, nó como un mecanismo espurio ni prescindible, sino como inherente y esencial.

La relación entre violencia de género y violencia social no es una relación entre dos entidades distintas sino una articulación específica, un modo particular de inserción recíproca de dos modalidades de una misma práctica social en la cual la especificidad de la articulación y de la inserción es constitutiva de ambas modalidades, que son raíces y fuentes, antagónicas y complementarias, de desigualdades sociales e interpersonales, de grupos y de personas.

Es decir que estas relaciones tienen, en todos los niveles y para todas las unidades participantes, un carácter constitutivo. Una complejidad que se observa en todos los aspectos: desde lo individual hasta la conformación de construcciones colectivas.

De modo que la sociedad se presenta como una red de relaciones jerarquizadas y de procesos de creación y modificación de todas ellas, y la jerarquía diferenciadora es, a la vez, colectiva e individual.

La construcción de la jerarquía de género no puede ser analizada como un fenómeno aislado, sino como parte de una teoría  política, ya sea para dar cuenta de la necesidad de esa construcción como para la comprensión global del sistema social. Y es precisamente en el marco de las jerarquías sociales que configuran el sistema donde la estructura de género reaparece siempre como estructura de poder.

Asimismo, en todo sistema social jerárquico se da un juego de interrelaciones dialécticas sumamente complejo, cambiante en el tiempo , que va adaptando mecanismos preexistentes para sostener, con distintas formas de violencia, ese orden jerárquico de la sociedad.

Existen, además, mecanismos de control para que las instancias de creación de jerarquía se refuercen mutuamente. Estos mecanismos de control se despliegan a lo largo de la historia, acompañando los cambios que se dan en los sistemas sociales, y su forma de operar se reformula continuamente, para resultar funcional al orden jerárquico vigente. En particular, la familia también se adapta, para reproducir los valores necesarios al sistema.

La familia cumple un papel fundamental porque los seres humanos pasan por un largo período de indefensión, y es durante esa etapa que se van conformando y modelando los primeros elementos de sus personalidades adultas,a la par que se va construyendo la subjetividad de los individuos. Ciertos aspectos de este proceso de condicionamiento encuentran expresión en los rasgos de obediencia y en la capacidad para la identificación con posiciones de subordinación y de superordinación que crean las precondiciones para el funcionamiento eficaz de las instituciones en el control y la movilización de los individuos.

El papel de la familia como estructura de poder en sí, y como modelo primario  componente del sistema global de poder, es prolongado y reforzado por la educación. Y no solamente por la educación formal: otras instituciones son también expresión concreta de esos mecanismos. Las iglesias, la cultura, los medios de comunicación, la ciencia, las actividades recreativas, etc. moldean las formas organizativas de la vida económica y social. Son todos  aspectos que se complementan para lograr el condicionamiento psicológico, el sometimiento de la razón, la captación de las conciencias; en suma el consenso para el órden jerárquico. Redefinen  a su vez qué violencia es admisible y preparan el terreno para la aceptación de una violencia abierta hacia quienes se atreven a desafiar el sistema establecido.

Todos esos mecanismos operan en un interjuego de roles y funciones, en el cual la familia es fundamental por su importancia en la producción de personas para su integración  al orden jerárquico.

La imbricada interdependencia entre ambos órdenes ‑género y sociedad‑, con todas sus implicancias y consecuencias, incide en la configuración de las fuerzas y estructuras socio – económicas y culturales, en el sistema de poder, en la organización y el funcionamiento del aparato político-institucional, en los mecanismos y procesos de decisión; todo lo cual vuelve a repercutir en la relación y en la dinámica entre estos dos órdenes.

Se arriba así a la existencia de una realimentación dialéctica permanente entre las relaciones de jerarquía/sumisión presentes en el macrocosmos social y su reproducción/gestación en el microcosmos de las relaciones interpersonales, marcadas por la construcción de las diferencias de género.

De ahí entonces la imposibilidad de entender los procesos sociales en que está implicada la jerarquía de género sin adoptar un enfoque dialéctico, que debe analizar, también, la conexión entre las categorías simbólicas y la práctica social. Para ese análisis, es necesario examinar dentro del sistema social  el subsistema reproductivo (producir personas), o sea la dinámica de la formación de los individuos que integrarán el propio sistema.

Los estudios habituales se abocan a aspectos limitados de ese examen y, aunque muchos de ellos están cuidadosamente documentados, el problema reside en que la mayoría se realiza con una visión parcial y fragmentada. Parcial porque omiten tanto la necesaria interdisciplinariedad que requieren los sistemas complejos, como la interconexión con una teoría general sobre el sistema, dejando así de lado claves importantes a la hora de entender el significado profundo de las instituciones estudiadas  e impidiendo analizarlas en todas sus dimensiones,  degradando su interpretación.

Por otra parte, ese enfoque lleva a un análisis que no va más allá de la constatación de discriminaciones y desigualdades, sin llegar a abarcar la interacción de la estructura de género con el conjunto del sistema de reproducción social, ni la dinámica de la construcción de la jerarquía social en que está inmersa la jerarquía de género.

Un abordaje con estas restricciones se traduce en acciones orientadas al logro de reivindicaciones formales, plasmadas en leyes específicas que intentan “corregir” esas discriminaciones, desigualdades y determinados problemas puntuales.

A su vez, las reivindicaciones formales, expresadas en disposiciones legislativas, instituciones, etc., aunque útiles en general, tan solo comportan un mero reformismo. Son valiosas en tanto visibilizan algún aspecto del problema y ocasionalmente resuelven ciertas situaciones críticas, pero las conquistas formales no constituyen  más  que paliativos que, en última instancia, operan como un enmascaramiento de los problemas de fondo.

Asimismo, todos los sistemas sociales requieren adaptaciones constantes para la continuidad de su propio funcionamiento. Las reformas legales son básicamente mecanismos de actualización que, en circunstancias históricas concretas, realizan cambios inevitables dándoles la apariencia de transformaciones fundamentales, sin llegar a cruzar nunca el umbral crítico de un vuelco sustantivo. No producen una verdadera ruptura del orden establecido.

Porque ése es el cambio de fondo necesario: disolver la jerarquía en tanto modelo y raíz misma de todas las discriminaciones y racismos.

Cuestionar el orden social jerárquico sin cuestionar la jerarquía de géneros que lo realimenta no sólo es insuficiente sino que es inoperante. De ahí la necesidad de examinar cómo funciona la relación entre ambos órdenes para su mutua perpetuación.

Se puede combatir las formas evidentes de violencia, pero debe entenderse que el objetivo es la desarticulación y erradicación del propio orden jerárquico, que no puede ser pensado como una simple corrección de los “excesos” de violencia, que permita a ese orden jerárquico seguir reproduciéndose a sí mismo.

Es imprescindible la comprensión de la dinámica social para poder cambiarla , pero también es necesario imaginar creativamente  los cambios que cuestionen profundamente el orden establecido para poder subvertirlo, desbloqueando  y liberando sus principales elementos para dar lugar a estructuraciones inéditas, que permitan y logren desarticular todos y cada uno de los perversos mecanismos de los pactos patriarcales.