Archivo de la categoría: Beatriz Schaefer Peña: En torno a “Pensamientos en red”

Beatríz Schaefer Peña: En torno a “Pensamientos en red”

Estándar

pensamientosenredLeonor Calvera nos entrega su obra Pensamientos en red y ya desde el título induce al desafío. Sabemos que el pensamiento en sí, esa actividad intelectual de comparar las ideas -entre otras definiciones- es algo ajeno a lo apresable, pero Leonor nos propone “la red”, ya sea como los senderos que se entrecruzan, se bifurcan, se distancian  pero al final se comunican y coinciden en un mismo destino, o bien como aparejo para la caza y en este caso, dentro  del mismo, esos pensamientos  y como bien nos lo advierte la autora en su nota inicial, se tejen y destrozan, se unen y dispersan; es decir: la red aparecería también como la metáfora del límite.

Nuestra mente nos sorprende siempre con sus recursos desconocidos: fuente inagotable  que nos deslumbra con sus insospechados laberintos.

En este caso son también dos los que se abren en el espíritu de este libro: 1) el de Teseo, que si bien nos lleva a ese centro donde nos aguarda el peligro de la perdición, (respecto de esta obra sería la incomprensión), de todos modos nos deja libre el camino hacia el retorno. El otro: 2) el de Ariadna, para cuya única salida -entre tantas otras alternativas-  de ese centro aludido y para regresar a ella, necesitamos de su hilo conductor que, en este caso, sería  la palabra evocadora de los hechos desde el ayer milenario  hasta el hoy, donde lo científico, de todas maneras, no ha logrado el acopio total de la información para trasponer el límite de lo inexplicable.

La obra se divide en tres partes sobre las cuales solo haré una somera interpretación, no solamente para evitar lo extenso del discurso sino  también porque Antonio Las Heras, ya desde el prólogo, ha logrado, en la síntesis, una acertada referencia de todo el contenido.

De manera que yo he preferido indagar en el espíritu del libro, en aquello que me ha conmocionado de su lectura, dejándome en el ánimo esta versión personal  que voy a transmitir.

Una de las propuestas que admite esta obra es precisamente detenerse en las señales que nos precedieron desde hace siglos hasta re-encontrarlas en ciertas referencias de nuestra actualidad.

Al introducirnos en las primeras páginas de estos Pensamientos en red, Leonor Calvera nos va entregando, en evocaciones e imágenes, la visión de su propio concepto respecto del fluir del Universo. Así, todo lo que transmite es real pero también lindero con lo misterioso y lo imaginado.

Ella se sale de sí para tornarse en  “el otro”. Quiero decir: hace de su propia argumentación aquella que sea propicia para llegar a ese lector, no modelo, sino “distinto”, como diría Humberto Ecco.

La expansión del conocimiento también es un acto creativo y nos remite a la irrupción de la Luz en el Caos Primigenio, a ese encendido que se fue propagando en la bóveda celeste y se detuvo en la tierra como testimonio de la Verdad: el Big-Bang de los científicos, el Lucifer del mito.

El libro se inicia con ”La Danza de los Mundos”, con la simbología de la Gran Diosa en la ebullición, la exaltación de los sentidos, lo esplendoroso: tobillos, piernas, muslos que se ciernen como sierpes de fuego bajo la advocación del amor que también aparece, después,  en el territorio de los ángeles  con sus paradojas y consecuencias, con sus apariencias engañosas.

Más adelante nos encontramos con ese otro mundo fantástico de los animales cifrados en los tótem o en las figuras grabadas en las piedras,  desde donde ostentaban su categoría de dioses, benévolos o malvados, convertidos en el centro de las celebraciones y como testimonio material y milenario de esa plegaria que todos los humanos aún guardamos en el ánimo en procura de la piedad o la gracia del temido Inabordable.

Y en un continuo fluir del pensamiento sistémico, donde se entrelazan  magia y lógica, desde el marco inquietante del arte gótico con las luces y las sombras  de sus pasadizos, sus catedrales y el mundo abrumador del Medioevo,  no podía estar ausente la figura perdurable del Nosferatu que eligió ese escenario del frío y la oscuridad para irrumpir en una aparición que aún permanece y seguirá permaneciendo entre nosotros en pleno siglo XXI. Así bien lo define nuestra autora quien se ha detenido, no solamente en esa naturaleza romántica de la criatura que necesita del fluir ajeno para lograr la inmortalidad de la vida y el amor, sino en aquella otra más deleznable que también la habita y lamentablemente está más consustanciada con lo humano: la del servirse del  otro hasta su destrucción sólo para alcanzar el goce y las satisfacciones materiales que se logran desde la ambición desmedida.

Ya cerrando esta primera parte del libro trasponemos, de la mano de Leonor,  ese umbral de lo vedado para encontrarnos con lo oculto donde, muchas veces, sucede lo maravilloso, pero para ello se necesitan los ojos bien abiertos del espíritu y el ánimo preparado y dispuesto a escuchar las voces reveladoras.

No es fácil, ya se sabe, el camino del Conocimiento, tantas veces estigmatizado para quienes nos precedieron en su búsqueda y también en su hallazgo: esas Hermandades y agrupaciones que,  como bien  nos explica la autora, se transmitían y conservaban sus saberes para resguardar la filosofía   perenne, la que impulsa el conocimiento tanto material como espiritual.

En la Segunda Parte del libro Leonor se interna en  ese mundo de los opuestos cuya unión nos propuso el extraordinario talento de Carl Jung.

En contraposición a la doctrina de Cristo,  quien negaba  la Sombra por  considerarla de naturaleza diabólica  y por ello la arrojaba a las profundidades,  Jung no solamente la asume como parte integral del ser sino que une, en esa propuesta,  lo impenetrable de la oscuridad con el esclarecimiento que viene de la luz para conciliar, en esa armonía, la ambivalencia permanente que subyace en toda conciencia humana y aún en el Universo con las leyes inquebrantables de todas  sus manifestaciones: día-noche, vida-muerte, odio-amor, bien-mal,…y así podríamos seguir indefinidamente.

En laborioso abordaje Leonor se introduce en ese complejo mundo de quien se detuvo, más allá de la psiquiatría y la psicología analítica, en la antropología, el arte, la alquimia, la filosofía y también en la misteriosa  trama de los sueños.

Todo este capítulo es como una celebración de las ideas del genio suizo  de quien la autora afirma que aún se lo está descubriendo porque, como el mismo Jung dijo alguna vez: “ se aprende cuando se va más allá de la razón y de las palabras”.

Esta segunda parte de Pensamientos en red se cierra con la evocación de Rabindranaht Tagore, el poeta indio en quien Leonor Calvera detiene su admiración como reconocimiento, no solamente a la  universalidad de su voz y pensamiento sino también al vuelo de esa palabra trascendida que el vate alcanzó desde la iluminación. Asimismo la autora alude al paso de Tagore por la Argentina, su estadía prolongada en el país, bajo la tutela de Victoria Ocampo y esa mirada que lo detuvo en el ámbito de lo femenino, como en la novela titulada “Gora”, desde la cual, destaca Leonor, Tagore despliega una galería de mujeres impresionante que, de algún modo, ilustran las diferentes circunstancias que atraviesa el género.

Así nos encontramos, en estas páginas, con esa coincidencia de las dos grandes personalidades evocadas: Jung y Tagore. Ambos convalidaron el mundo de los opuestos: el primero reconoció la Sombra como parte integrante del ser, el segundo reconoció lo femenino como complemento esencial del espíritu para alcanzar el encuentro con lo absoluto. Tanto el uno como el otro aspiraban a la Unidad.

Leonor expresa lo que le dictan sus voces interiores y esas voces se manifiestan en plenitud en el inicio de la tercera y última parte del libro,  donde la figura de la mujer aparece como simbología de esa gran matriz generadora de todo lo posible.

Como en un calidoscopio aparecen ante nosotros y desde la palabra evocadora, las presencias de las diferentes diosas que se fueron sucediendo a través de los Siglos, desde Venus hasta Démeter, desde Artemisa hasta Isis, para convergir, todas ellas, en la figura de la Gran Diosa, que fue venerada en diferentes ritos -que celebraban la fecundidad y donde se transmitían los conocimientos- por  aquellas  mujeres que se agrupaban por las noches para estos fines  dando origen, entonces, a las primeras iniciaciones y sociedades secretas del género. Pero el miedo y la superstición perdurables, ya se sabe, aún en nuestros días, convierte a la sabiduría en demoníaca. Desde el Papado ejercido en ese entonces por Inocencio VIII, en pleno Renacimiento, y  de la mano de la Santa Inquisición y también del protestantismo, se inició la terrible cacería  que levantó la hoguera del castigo y la purificación. Más de doscientos años duró la horrenda persecución instruida por el atroz Malleus Maleficarum, como lo define Leonor y que causó la muerte, se calcula, de alrededor de cinco millones de mujeres.

Sin embargo no pudieron  diezmar a todas esas Diosas que aún permanecen, algunas todavía durmiendo su letargo, dentro del ánimo femenino que ya ha comprendido que su misión puede llegar más allá del ejercicio de lo meramente doméstico, porque y usando las palabras de la autora, el camino debe ser sólo para quienes lo transitan..

En el capítulo que sigue Leonor nos hace partícipes de su propio interrogante: ¿Cuál es el verdadero Rostro? Y para descubrirlo, como en un doble juego de acertijos, nos condiciona a la lectura que nos llevará a reconocer, quizá, esa secreta faz.

Después, nos regresa a los opuestos para detenerse en ese continuo oscilar  del pensamiento  vs. materia. Destaco  que en estas páginas, en particular, se manifiesta esa condición de poeta de la autora en bellísimas metáforas, como cuando nos dice, refiriéndose a los Siglos XVI y XVII: Ese discurso oficial era el mismo que había desatado la gran caza de brujas, cuyos conocimientos fueron ahogados en el mar de fuego de las hogueras...

Y la autora va cerrando la red de sus pensamientos con la simbología inductora de su propio mensaje y entonces se sucede el tema de la sangre, que, ya se sabe, ha ejercido y ejerce  desde todos los tiempos, un poder de fascinación  en el universo imaginario de los hombres. Para casi todos los ritos y religiones tiene un poder sagrado y la literatura, tampoco ha sido ajena a la influencia de ese fluido portador de la vida, la vida que también queda significada después en el Caldero de las Brujas “como símbolo  de la matriz femenina”, “como vientre de la Madre”, donde estas mujeres combinaban sus sustancias y conocimientos  que devenían en medicinas antes de ocurrir su brutal represión a la que antes se aludió.

Pero ¿qué ocurre con la muerte, con esa noche cerrada que se cierne, inevitable sobre todos los seres?

Desde una mirada abarcativa nuestra autora se detiene en los diferentes conceptos  que la historia ha registrado sobre el tema, desde las más antiguas culturas y religiones hasta nuestra actualidad.

Casi siempre personificada  en la figura femenina, la Muerte  se instala en los rincones más secretos del alma condenándonos a vivir esperándola. Sin embargo, algunas veces deja caer en el ánimo de sus elegidos el piadoso manto del consuelo con la esperanza de un renacer en otros planos superiores.

Y el hombre, quien siempre ha buscado en los espejos el perfil dorado del demiurgo, también ha querido y seguirá anhelando el secreto de crear la vida. Así, de la mano de Leonor, nos encontramos con el Golem, la criatura mágica creada por el rabino Loew; el homúnculo de Paracelso, el Frankestein de Mary Shelley, los zombis de Haití y los robots, entre otras criaturas inquietantes.

El libro se cierra dejándonos, entre sus mensajes, la certidumbre de que desde esa mirada reflexiva hacia nuestra interioridad y que no es otra más que la meditación, podremos lograr asirnos a nuestro propio hilo sagrado, aquel que nos permitirá recorrer e indagar en nuestros territorios más oscuros y desolados, sin el peligro de sucumbir devorados por el monstruo que a todos nos habita, para poder entonces regresar renovados de nosotros mismos: única posibilidad para alcanzar la salida hacia la salvación.