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Leonor Calvera. Campo de juego de Beatriz Schaefer Peña

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CAMPO DE JUEGO
Beatriz Schaefer Peña
Editorial Vinciguerra. Buenos Aires, 2012

A partir de su obra inaugural, Mi jardín tiene estrellas, Beatriz Schaefer Peña ha ido ganando una posición cada vez más espectable en nuestra constelación poética. De ángeles y designios, Revelaciones y artificios, El fuego y los vestigios, En la alta noche y El que devora fueron otros tantos logros que la llevaron a convertirse en una de las voces argentinas más destacadas.

Tanto la crítica como los lectores coincidieron en elogiar su musicalidad, su profundo conocimiento de la métrica, la belleza de sus imágenes. Todas estas cualidades configuran un prisma cuyas bases están determinadas por la mímesis de la realidad, por su trasposición personal, por la expresión más o menos catártica de pensamientos y emociones. Pero,,,

En su etimología, poesía es hacer, crear, dar forma a lo que no existe. A ese fin, el que aborda la poesía tiene un instrumento único: la palabra. Una palabra que debe exceder la lengua de intercambio, que debe transmutarse  para acceder al canto que no niega la simultaneidad de las experiencias. Por eso, reflexiona Beatriz en uno de sus libros anteriores “debo soltar la lengua, amarrada en sílabas”, porque “sólo así se partirá esta piedra muda.”

Las palabras no son lo que denotan sino sombras de la cosa misma, sombras cuya realidad está siempre amenazada por el silencio que las envuelve. Tensarlas, desplegarlas, que nada guarden sino su limitación misma, es el oficio del poeta. Un oficio que Beatriz maneja admirablemente. Sin embargo, la poesía es más que eso. Como dice Jean Rousselot no consiste “en contar o nombrar las cosas, menos aún en poner en verso un pensamiento, una música, un color, un perfume, sino dar la latitud y la longitud del hombre en medio de este universo incomprensible e infinito-“

Para acercarnos a la dimensión del ser humano, para tornar un poco mas inteligibles los misterios del universo, Beatriz Schaefer Peña elige trepar los senderos de lo ignoto para que los `poemas cumplan su  misión de acercarse a cierto absoluto trascendente.

En procura de seguir cumpliendo con el objetivo que ya se había propuesto en obras anteriores, la de comprometerse con lo desconocido, la autora trabaja esta vez sobre un eje tan conocido y, simultáneamente tan arcano, como el ajedrez.

Recordemos un poco la historia de este juego.

Su antecedente más remoto quizá sea el egipcio: entre las pinturas de una tumba antigua figura un desfile funerario compuesto por varios porteadores que llevan el tablero al difunto en tanto otros cargan las cajas con las piezas. Platón mismo atribuye su invención al dios Thot, en tanto otros afirman  que fue ideado durante el sitio de Troya por Palamedes, hijo del rey de Euba y sobrino de Poseidón. Maexua Hieronymus Vida, obispo de Alba (1485-1556) escribió un poema –Scachhia ludus– em que se describen las bodas de Océano y Gea y se representa como un juego de los dioses del Olimpo.

Por su parte, Alfonso X, el Sabio le dedicó un magnífico códice El libro de los juegos de ajedrez, dados y tablas donde sostiene que el ajedrez está a la cabeza de todos los juegos porque en él queda siempre a salvo la verdad. Este concepto de que la verdad siempre brilla al final de una partida de ajedrez lo convirtió en el Juego de los Filósofos.

En la Edad Media se jugaba en los iglesias con el mismo sentido devocional que le daban en Egipto, Arabia y la antigüedad greco- latina. Monjes y seglares veían en él un camino iniciático. El micromundo del tablero y las piezas representa un analogon del universo que el adepto debe aprender a descifrar, a prever. Y para prever y descifrar debe conocer su propio interior y dominarlo. Por eso los magíster ludi eran clarividentes que actuaban también de guías y consejeros, como el caso de Ruy López con Felipe II.

Tenemos entonces que el ajedrez es una forma de comprender la realidad tanto como una ascesis personal. Es un juego cargado de simbología, auto-suficiente. que no parece ofrecer demasiadas posibilidades para una traducción poética que no sea servil. Sin embargo, Campo de juego logra forjar su propio camino incorporando, a la vez, su rica tradición. A partir de su puesta en escena, desarrolla una poesía del conocimiento y la reflexión, pasible de múltiples lecturas.

El discurrir de la primera parte comienza con la figura del peón. Los peones, aunque humildes, son muy poderosos porque forman la estructura que sostiene la partida. Son el pueblo, cada uno de cuyos componentes busca ser, como afirma Beatriz, “el asistido en la coronación” para que ya no sea propia “la herencia de la servidumbre-“

Entre los peones aparece, en el siguiente poema, una novedad importante, un verdadero hallazgo: la figura de la peona. En ruptura con los mandatos patriarcales que la ignoran y por primera vez en la historia, se reconoce el aporte de género, la que lucha junto al varón  “y lo adorna con hazañas-“

Tras la muchedumbre de peones se hallan la torre, el alfil y el caballo a los lados del rey y la reina.

La reina simboliza el poder de la Mater:  se mueve con gran versatilidad pero también con cautela porque es consciente de cuánto depende de ella. Recuerda otros tiempos en que “cuadrículas de plata” se abrían a su paso. Es la compañera del rey, su protectora, la que erguida mira a los opuestos. Pero también es la gran devastadora, la que mata sin piedad en cumplimiento de su deber de defensora.

Y luego está la figura del rey, el rey que necesita de todo su ejército para que lo protejan porque va muy despacio, moviéndose sólo de una casa a la vez. Pero. simultáneamente. es el centro, el corazón, el que determina el fin. Por eso ek poema dedicado al rey se cierra con estas palabras: “Sí, soy el soberano pero / dejo de serlo sin los súbditos / el más desamparado, el heredero de sí mismo,  / el Rey.”

Todo el combate se desarrolla sobre un campo bicolor pleno de significados. Es el entrelazamiento del bien y el mal, el cielo y a tierra, lo positivo y lo negativo, lo femenino y lo masculino: en última instancia, la vida y la muerte. Es el espacio “que no puede mitigar los golpes del azar”. y que “ve pasar las huestes”. Luces y sombras se alternan en su seno, como ha ocurrido desde la noche de los tiempos. En ese campo sacrificial está “dispuesto que alguien sea el Elegido” Brota entonces el interrogante que concluye la primera parte del libro: “¿Cuál será el vencedor? / ¿Cuál el Transfigurado? / ¿Quién?”

En oposición al espacio sagrado, la segunda y última parte está dedicada al campo raso. Ya no es el predio privilegiado, el simbólico e iniciático. Es el terreno llano, sin elevaciones. el de lo cotidiano, aquello con lo que nos tropezamos a diario. En ese mundo múltiple y abigarrado, Beatriz escoge sus temas preferidos: las situaciones límite, las complejidades de los caracteres, el universo de la magia. Lejos está de tratarlos con distancia y frialdad. Por el contrario, toma partido y los envuelve en un amor constante por aquel que ha caído, que se ha convertido en presa de odios, celos y envidia.

Y, como un hilo conductor, presente en sus libros anteriores, la piedad por el perseguido, el marginado, por el victimario que deviene víctima, tanto de sí mismo como de los otros.

El poema que concluye Campo de juego se titula “Las señales”. Se trata de un final muy potente, a toda orquesta, donde se entrecruzan las magnas revelaciones con los supremos interrogantes, los artificios con lo medular. Es una síntesis donde se unen los dos campos, el sagrado y el profano,  y se vislumbran las notas de un apocalipsis.

Escrito en una primera persona que puede ser todos y cada uno de nosotros, es el ser que se debate entre resplandores y tinieblas, el ángel y el demonio, pero también aquel que ha transitado mil caminos, que ha subido a los cielos y descendido a los infiernos, y lleva una pesada carga de culpas y errores, de fe y escepticismo. En equilibrio precario entre las antinomias, es el alma que espera ya “sin ver las contradicciones” mirando “desde unos ojos resguardados para descubrir / la Encrucijada”.

Sin duda este libro cuya nacimiento público celebramos hoy es un ejemplo magistral de que la poesía conceptual va de la mano con una extrema sensibilidad, de que la razón y el sentimiento conjugados se asoman a la mayor clarividencia, esto es,  a la alta poesía  única y trascendente.

LEONOR CALVERA

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