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Leonor Calvera: Susana Boechat – Desde la incandescente oscuridad

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Dos acontecimientos: el homenaje a una poeta que ha partido definitivamente y la entrada en sociedad de un nuevo libro “Desde la incandescente oscuridad”, tal el título del poemario de Susana Boechat, dedicado íntegramente a Nina Thurler, su entrañable hermana literaria. De alguna manera, esto parece una señal para que recordemos que todo ciclo caduca para dar lugar a uno nuevo, que todo no es sino una transmisión de lo que fue a lo que es y será. El hueso siempre vuelve a florecer, esta vez con estos nuevos poemas a los que, desde ya, le auguramos el mayor de los éxitos, uno más en la larga trayectoria en las letras de Susana Boechat que ha transitado felizmente la poesía y el ensayo y ha recibido numerosos premios.

Épica, drama, lírica: la poesía abarca paisajes múltiples. De la mano de los poetas -y las poetas- recorremos tiempos y espacios, latitudes interiores y la profundidad del cosmos. Todo ello está compuesto con letras del alfabeto que forman sílabas, que forman palabras que se van entretejiendo en ocasiones de manera deslumbrante, o tierna, en otras instancias de modo reflexivo o premonitorio.

Esa urdimbre de palabras tiene en la poesía de Susana Boechat la impronta de la afectividad, un conjunto de emociones, ideas, pensamientos y estados de ánimo que  impregna toda su perspectiva poética.

Ese estado de afectividad subjetivo que la define a cada momento se traslada de su interior al mundo que la rodea. Así, su historia vital aparece íntimamente unida a sus empatías: sus seres queridos, sus amigos –tanto los que están como los que han dejado de estar presentes. Cada uno de ellos ha dejado una huella perdurable, un impacto emocional que no se desvanece.

En la primera parte de este nuevo libro de Susana Boechat, titulado “Seres”, los poemas oscilan entre el llanto y la nostalgia por las personas que han partido en su viaje definitivo y la afirmación poderosa de lo existente.  Por ello dice:

                                “Todavía tenemos la vida

                                 compartimos el ancho

                                 silencio de los días

                                 la piel de los frutos olvidados

                                 y el silencio de nieblas y misterios.”

Así, a través del velo sentimental, poco a poco van apareciendo retratos con una claridad tan rotunda que los torna perdurables.

En cada uno de sus versos el recuerdo aparece matizado por una gran ternura. En “Tres poemas para una amiga dormida” quizá logra el grado más alto de sentimiento al no resignarse a la pérdida: “Niego tu espacio actual / y aún espero la llamada / fortuita, quitapenas  / lo etéreo de tu voz  / tan angelada /  la visión de una amiga / que dormita.”

La segunda parte del libro está dedicada a lugares: Uruguay y la Argentina  son los países que prestan sus escenarios con mayor frecuencia. Los sentidos alerta que despierta el verano, escenografías de tango, balcones y asfalto se alternan casi simétricamente.

Cada poema -como los del resto de la obra- está dedicado a una persona. Personas que, curiosamente, podemos a llegar a conocer, o por lo menos a intuir su psicología, a través de una sutil correspondencia con lo descripto. De alguna manera al nombrar mares y caminos, vuelos y calles se está pintando la mente y el corazón de aquel o aquella a quien está dirigido. Quizá el más representativo en este sentido sea el dedicado a su nieta.

La tercera parte del libro “Breves” se compone de cortas reflexiones sobre grandes interrogantes. Sin embargo, no tienen la aspereza del pensamiento racional descarnado sino que se entremezclan con notas de penas y ausencias amorosas; “No induzcas mi llanto / Ha desaparecido en madrugadas  / donde la soledad / era un perro caliente / lamiendo mi carne”. Y más adelante dirá: “¿Qué es la dicha / sino el mismísimo instante / en que te recuerdo?”

Tampoco está ausente la queja que recorre los siglos por la ausencia divina: “La sombra comienza- / ¿Dónde estás?  /Dios no contesta.”

O la interpelación mallarmeana a los agoreros y vaticinadores del futuro que no dan respuestas válidas: “¿Por qué espiralas el Tiempo / con tu numerología / de debes y haberes / donde el hombre es una / ficha que se apuesta / sin futuro?

La cuarta y última parte lleva el mismo título que el libro “Desde la incandescente oscuridad.”

Incandescente oscuridad. Esto parecería una contradicción. ¿Cómo puede la oscuridad enrojecerse como un cuerpo metálico? ¿Cómo puede convertirse en ígnea, ser llama, excepto que nos encontremos en un punto de fusión de opuestos, allì donde el misterio se hace presente.

El ser humano corriente se maneja en el mundo de las dualidades, de los opuestos y complementarios. Sin embargo, desde la noche de los tiempos los pensadores y poetas nos han advertido que el mundo binario en que nos movemos quizá no sea, o no es, el real, tal como la referencia a Platón y su alegoría de la caverna que inicia la última sección de este libro de Susana.

Vale decir, aquí todo es posible, como buscar “ese yo /sombra o sueño- / engañosos paso de tiniebla.” O recordar a “la Elegida / origen-vida de la especie.” O que “los sueños huelan a nunca”, o que el no se deshaga en brisa.”

El poema “En la incandescente oscuridad” está dedicado a Rubén Vela, el poeta del americanismo. Aquí encontramos una de las claves para adentrarse en el mundo que nos propone Susana: desenterrar el pasado para transformarlo, hacer que la memoria incendie los laberintos de la sombra, llevar a la superficie lo que es verdadero, no la ficción del mundo ilusorio que nos contiene.

Sin embargo, ese mundo que los hindúes llaman maya, el universo de lo contingente, guarda una inmensa cuota de belleza por descubrir. Belleza cuyo velo puede correrse en la lluvia que cae mansa, en la primavera que se inicia, en los cuerpos de sueño joven, en el diálogo entre un yo “alucinación, fantasma” y un tú ubicuo que se descubre “desde el más allá del más allá”. Belleza que no es trampa sino gozne para develar lo que está oculto, lo invisible que sostiene y permite el nacimiento de lo visible.

Así, mediante un manejo de la palabra que no excluye los neologismo y las uniones atrevidas, Susana  construye un mundo a partir de sus afectos, de sus emociones, de sus sentires. Una poesía intimista, subjetiva que, desde su interioridad, logra acceder al centro de lo general, de lo trascendente. Recorramos entonces sus laberintos para enriquecernos con una visión propia y singular.