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Liliana Díaz Mindurry. Violencia y literatura

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Bachelard se refería a una poética del aire, del agua, de la tierra, del fuego. Me gustaría agregar que una poética del aire es de tendencia metafísica, el agua lleva a la sensualidad, el fuego a los misticismos y blasfemias (sean o no de índole religiosa), la tierra a la vida cotidiana. Pero ese fuego devorador, lo pasional en el sentido de padecimiento y de infligir violencia a las mismas estructuras gramaticales está en la naturaleza poética. La poesía (término que incluye los otros géneros literarios y descartando lo poetizante en el peor sentido de altisonancia) muestra el caos falsamente ordenado por el lenguaje que se imagina a sí mismo referencial, al producir violencia en el centro mismo del decir. Digo esto para decir lo otro y para decir sucesivas cosas y para atacar la linealidad gramatical (que no es más que la reproducciones de las estructuras lineales del pensamiento) y para eviscerar  las palabras cortadas y hasta corrompidas como en la divertida y singular novela El orden alfabético de Millás, de escritura liviana que depara sorpresas.

Violencia en el sentido de quebrantar y violar. De forzar el lenguaje hasta vaciarlo y tergiversarlo. Atropellar las palabras para que expulsen  contenidos íntimos, secretos, paradojas.  No respetar palabras ni convenciones, sabiendo que la primera convención es la palabra y es necesario demostrar su falsedad en nuevas y nuevas convenciones igualmente falsas hasta que toda convención quede rota por sucesivas violaciones que siempre muestren el agujero en el sistema. Disfrazar para desnudar, desnudar para disfrazar, para desnudar, es decir, para disfrazar.

En otras palabras, proferir maldiciones contra el mismo Mal-Decir del lenguaje, demostrar toda su categoría de instrumento infernal.

Hasta aquí hablamos de atropellar a la palabra. Ahora hablemos de atropellar el sentido. Mostrar la extrañeza radical de todo presunto sentido a través de palabras  que muestran la desnudez del Agujero.  Una fuerza impersonal nos lleva a cualquier parte. Llamarlo inconsciente no nos ayuda. La misma muerte aparece como sentido fundamental de todo y es una muerte que no es muerte. Es la violencia de no terminar de morir y de no saber qué es ese extraño sentido porque no se puede escribir o decir la muerte. Como hacerlo si la muerte es lo esencialmente extraño. Como la palabra. También la palabra es lo esencialmente extraño.

¿Cómo? ¿La palabra no era un puente con el mundo exterior? ¿No era la forma de alcanzar al Otro? ¿Se trata ahora de violentarla para distanciarse del Otro? ¿Para mostrar con más fuerza que el puente está dinamitado? ¿O esa violencia es para mostrar su engaño, pero también para desencadenar sus poderes mágicos? ¿Arrancar los poderes mágicos? ¿Arrancar el encantamiento del mundo para formar un nuevo mundo, un nuevo encantamiento?

¿Hay un mundo exterior? ¿Diremos con Nietzsche que no hay hechos sino interpretaciones? ¿O con Derrida que antes de la representación hubo una repetición? (Repetition: ensayo). ¿Ese es el mito del eterno retorno? Tal vez si hubo un hecho fue matado por la palabra, quebrado en mil pedazos y sólo queda la interpretación de la interpretación. Como diría Foucault: si la interpretación es infinita es que no hay nada que interpretar.

La máxima violencia: saber que la palabra es necesariamente un monstruo de dos caras y que no se trata del equívoco ocasional o inclusive corriente sino del equívoco del equívoco. ¿Transparente por poco sentido?  ¿Opaca por mucho sentido o porque no dice nada?

Cuando San Juan de la Cruz dice deseando nada está diciendo violentamente muchas cosas. Por ejemplo: que la literatura es deseo de nada. Que ese deseo de nada es deseo de Dios, es decir, deseo de nada, es decir, deseo de Dios. Que la palabra es nada y dice nada y con ella el escritor desea decir eso: la nada, que es como decir todo. Que es infinito lo que quiere decir, y como no hay palabras para decir el infinito desea nada. Y todos los caminos que se pueden abrir, tantos como pasiones que leen. Porque hace falta eso: la pasión. Y la pasión es la violencia maravillada, en éxtasis. Como si fuera lo contrario de la violencia. Pero la palabra literaria es violencia, de mayor calibre que una injuria o un insulto. Porque es amor violento, violentado, que violenta, viola. Deseo. Y de nada.

Se trata de un idioma sagrado, con la sacralidad y la brutalidad del fenómeno religioso. Su sentido es secreto porque implica todos los sentidos. Y es tan humano como bestial.

Breton dijo que las palabras hacen el amor. Pero lo hacen a través de la muerte. Es un amor cargado de crímenes. Poetas como San Juan de la Cruz se llaman místicos, pero es una mística que hace el amor con Dios, y el amor no es un acto sin violencia. Es la más pura violencia.  Hay una magia oculta, una búsqueda violenta de poder sobre Dios, sobre un mundo de malentendidos, creado por ese mismo Dios que bendice maldiciendo.

Además hay un ritmo. La palabra literaria es una palabra con ritmo: verso o prosa, es igual. El ritmo nace de una escritura auténtica. El ritmo es un hechizo y el hechizo es arrancar secretos a la fuerza. Ya lo dice Juan: el Verbo es Dios. Cada uno inventa un universo de palabras y es en sí un Verbo o un Dios, como se prefiera decir. Pero el escritor no lanza palabras al aire sino que las junta en libros para producir una ruptura en el entramado fácil de cada lector, en esa armonía que todos tratamos de inventar miserablemente cada día con total conciencia del fracaso, pero persistiendo en nuestro simulacro de lenguaje.

Todo esto es un golpe y la literatura lo da con toda la fuerza y esto aunque lo escrito sea un balbuceo. El balbuceo de la poesía no elimina su violencia, su fuerza de choque: por el contrario, la aumenta. En la vida cotidiana atribuimos la maldición del lenguaje a la traición de éste o aquel, a la manipulación del poder, a Dios, al destino, a cualquier cosa. La literatura muestra esa violencia, al punto que produce un encantamiento. El mundo vuelve a tener ese encanto que nunca tuvo.

La literatura necesita desintegrar.  Producir equívocos, ya que el malentendido está, que ese malentendido sea un látigo para “azotar el mar, locura de bárbaro”, como decían los griegos.  Irritar. Porque es una palabra separada de sus funciones habituales.  En otro orden que no tiene que ver con las mentiras de su comunicación, de su información, de su discurso de poder de víctima o victimario. Esa es su fuerza, su hechizo, lo único que nos importa. Porque es verdad en su juego. El resto es una mentira que nos dice la política, la ciencia, la persona amada. Y se la puede interpretar como a un texto literario. Esa interpretación no importa: importa el texto en sí, su blasfemia.

Y la verdad, ¿qué función cumple en todo esto? La palabra es un instrumento ¿para disimular la ausencia o para buscar la verdad? ¿Qué queremos decir con buscar la verdad? ¿alguna nueva máscara vía filosofía o vía ciencia, un orden que nos tranquilice un poco, porque aunque no creamos en ninguna verdad resulta armónico que la busquemos? ¿Resulta sensato?

Pongamos por un momento que la literatura busque alguna verdad (aunque “verdad” sea otra palabra tan maldita como cualquiera, pero con su lado tranquilizador). Por ejemplo Proust. No busca la memoria del tiempo perdido, pero sí la verdad. No lo hace por buena voluntad, ni por un sano deseo de niño meritorio, sino porque hay signos que lo violentan y lo empujan a buscar como un amante celoso conocer la infidelidad del amado. O al menos sus signos.  Con esa misma violencia escribe. (¿Quién ¿ ¿Proust con sus felices magdalenas y sus losas venecianas y sus campanarios?). Cuidado con las apariencias: toda gran literatura, cuente o no hechos de violencia, use o no palabras violentas, atropelle o no las gramáticas, desinstala con su violencia escondida.

Pues entonces, bueno, sí, buscar la verdad. El Mal-Decir lo impide. Buscarla en ese Mal- Decir. Y que aparezca una verdad completamente distinta en el que lee. Porque en definitiva se trata de pensamiento a través de palabras malditas, o sea de un orden que es un caos.

No hay pensamiento de vanguardia que no sea poético. Incluyo a Galileo, a Marx, a Freud, hasta a Jesucristo, para hacer una lista anacrónica, un poco burlona, pero bastante precisa.  Son pensamientos poéticos, porque no van siguiendo una línea de orden sino de ruptura. Decir vanguardia a una mentalidad postmoderna en toda su variante pasatista, anticreadora, que juega a la parodia porque no tiene genio inventivo y hace coqueteos furiosos con el marketing que es su meta verdadera, es una forma del arte de injuriar, para usar un término borgesiano ya popular y aceptado por el lenguaje, o es una imagen magnífica de la impotencia que trata de disimular su desgracia. Los mass media con su afán de manipulación y de producción de intelectuales al servicio del poder, han servido para recrear este imaginario, esta antipoesía con otro género de violencia: la de la cuidadosa higiene de cerebros.

Sustraerse a la Ley para entrar en una gracia que nos hace inmortales, o pretender que los cuerpos caen con un movimiento rectilíneo uniforme y hacerlo dentro de un plano infinito (algo que no existía en la física aristotélica y menos en la cosmología medieval: sólo Dios es infinito), o decir que el trabajo no es mercancía, o salirse del sistema con un irrepresentable como el inconsciente, significan en su momento histórico, impensables, agujeros en la trama sistémica, aunque hoy sean lugares comunes, perfectamente representables y hasta manoseados por el pensamiento. No obstante han hecho suficiente violencia, han sido poetas fuertes en el decir de Bloom, han producido heridas y producciones de resistencia en ese gran poder creativo de la envidia, que es la crítica literaria.

Poesía, es sin lugar a dudas, violencia en el lenguaje, torsión de la gramática, aumento en progresión geométrica del íntimo Mal-Decir de nuestra comunicación cotidiana: lo real imposible lacaniano hace sentido en la fuerza de la encarnación. Poesía es desarticulación, incomodidad. Lo cómodo es el orden del consenso, el mandato social y la democracia del mercado, y en el pensamiento, ese sentido común, esa doxa, que no toca la episteme. ¿Tiene entonces algo que ver la ciencia con la poesía? En un solo punto: lo que hace a la incomodidad, la desarticulación del sentido común.

Imaginemos un señor sentado en su sillón, con su auxilio técnico de variada clase para adormecerse. Se enfrenta contra el Mal-Decir del lenguaje pero no le importa, está dormido, semimuerto. Su cerebro es apenas una tripa lavada y perfumada. Compra, vende, come, respira, defeca, fornica, hace hijos semejantes a él, muere. Apenas tiene algo de humano, está a punto de ser virtual. ¿Qué puede importarle de la gratuidad de un mundo palabrístico?

La violencia creativa se opone entonces a la violencia organizada del consenso, del mandato social. Las palabras si no son dinamita y producen esquirlas en el cerebro, no producen efecto poético. Fuerzan su significado y, lo mejor, fuerzan el pensamiento, lo acercan a sus límites.  Nada de Ley, la poesía es gracia pura. Es revolución sin demagogia.

Contra el Alzheimer general de un pensamiento manipulado, contra la todopoderosa y ubicua eficacia se dirige todo lo poético. En su golpe a lo establecido produce la necesaria crisis y la movilidad.

Ya lo decían los surrealistas. Y  es así. Toda belleza será convulsiva o no será.

El texto Violencia y literatura pertenece al libro de Liliana Díaz Mindurry  La maldición de la literatura.  Ruinas Circulares, Buenos Aires, 2012.

Imágenes:  htpp://rxpression.wordpress.com

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