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Beatriz Broide. Evita: Mito y realidad

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¿Se ha dicho todo sobre Evita? ¿O aún está todo por decirse?…

La copiosa,  constante y  heterogénea  producción bibliográfica parece expresar que todavía queda mucho por develar y revelar. Entre la aversión y el escándalo, o la adoración hasta la desmesura,  Evita ha marcado para siempre la historia argentina del Siglo XX .

Alcanzada por el prestigio controvertido de Perón, logró trascenderlo para acceder a la estatura de un mito que aún brilla con luz propia.

Y dos mitos quedaron enfrentados: el blanco y el negro. Para el primero, Evita era la virgen en persona, con sus virtudes y su sentido del sacrificio. Para el segundo, era una trepadora, sedienta de poder. Unos amaban a Evita

por su pureza; otros  la odiaban por impura.

La vida de Evita trasciende las interpretaciones  que la condenan a una beatitud inmutable o de los prejuicios que la congelan en una arribista. Fue una mujer que desde sus orígenes humildes alcanzó el raro privilegio de vivir para siempre en la memoria colectiva. Enaltecida o denigrada, el paso de su fugaz e irrepetible existencia constituye un verdadero engendramiento matricial y su marca simbólica continúa intacta.

A los quince años llegó a Buenos Aires para abrirse camino como actriz  . Lentamente fue consiguiendo un cierto reconocimiento ,  hasta afianzarse en los radioteatros . Y entre radioteatros y algunas películas logró una situación económica más o menos cómoda.  Pudo abandonar las tristes pensiones y mudarse a un departamento en el exclusivo barrio de Recoleta.

En enero de 1944 se encontró con Juan Perón  y en febrero ya estaban viviendo juntos. Eva y Perón se conocieron y se amaron inmediatamente. Los unió el calor de la pasión y del poder, fundiéndose en el mismo ímpetu por existir.

Pocos días después del emblemático 17 de Octubre de 1945, se casaron en Junín y posteriormente formalizaron el matrimonio católico en la ciudad de La Plata.

A partir de ese momento Evita comenzó abiertamente su carrera política, acompañando a Perón, como su esposa, en las giras de la campaña electoral con vistas a las próximas elecciones presidenciales .

Su participación fué una novedad en la historia argentina. Las mujeres carecían de derechos políticos  y las esposas de los candidatos tenían una presencia pública muy restringida. La cultura machista dominante consideraba una falta de feminidad que las mujeres opinaran o actuaran en política .

Tres días después de las elecciones, Evita pronunció con gran vehemencia  su primer discurso político en un acto organizado para agradecer a las mujeres el  apoyo prestado a la candidatura de Perón,  exigiendo,  además,  la igualdad de derechos para varones y mujeres y en particular el sufragio femenino. Dijo textualmente: “ La mujer argentina ha superado el período de las tutorías civiles. La mujer debe afirmar su acción.  La mujer debe votar, debe ocupar su sitio en el complejo engranaje social del pueblo. Lo requiere, en suma, la transformación del concepto de mujer”.

Transcurrieron cuatro meses entre el triunfo electoral y la ceremonia oficial de asunción del mando.  Cuatro meses durante los cuales la existencia de Evita tomó un cariz intermedio entre su pasado de actriz y su futuro político.

Por sus orígenes, ese estado intermedio le sentaba de maravilla. Se mostraba alegre, despreocupada, irreverente, caprichosa, traviesa, encantadora… La vida le pertenecía puesto que ella misma era un puro proyecto y se preparaba para gozarlo con desparpajo.

Era el comienzo-

Lo esencial de su obra y sus realizaciones se dieron en los últimos cinco años de su  corta vida.  Realizaciones, pero también dominio y verticalidad.  Fue, tal vez, la luchadora más visceral,  autoritaria, deslumbrante,  arbitraria  y magnética de las mujeres argentinas.  Y al lado de Evita había otra,  y otra  y otra más. Una multiplicidad de Evitas armada con miles fragmentos a la vez: la frívola y manipuladora  y  la Evita  sensible, intuitiva, emocional, desconcertante, protagonista de una magnífica historia. Para ella, el tiempo urgía.  Quizás por eso entendía muy bien la urgencia de los demás.

evita Con muchas dificultades y venciendo múltiples obstáculos, en 1947 fué promulgada la ley que establece el sufragio femenino en la República Argentina. El viejo anhelo que  venían reclamando sin éxito importantes grupos de conocidas y valientes luchadoras feministas, se había concretado

Sin embargo, hubo una enérgica voz disidente: Victoria Ocampo repudió el proyecto de Evita por considerarlo una maniobra electoral;  aunque  muy posteriormente reconoció su error  y tuvo el valor de decirlo.

Y. es curioso: ellas nunca se conocieron.  Pero por diferentes circunstancias de vida se encontraron ocupando casi al mismo tiempo un espacio de poder desde lugares antitéticos en los que la mujer articula su propia voz  fuera del ámbito doméstico. Frente a los estereotipos establecidos, la inteligencia de Ocampo y la astucia de Evita consistieron en entender el doble discurso  y usarlo para delinear su lugar entre los intersticios de las contradicciones del sistema imperante. Victoria se construye en un espacio propio.  Frente a la palabra oral y presente de Evita , ella se recluye en la intimidad catártica de la palabra escrita.  Ambas fueron emblemas antagónicos de clase y de ideologías enfrentadas. Cada una dibujó su propio destino según el espacio público que ocupó en la estructura de poder: lo culto frente a lo popular. Pero una y otra  lograron transgredir los límites impuestos por la hegemonía patriarcal y sus legados siguen vigentes Su mayor acto de justicia fué otorgarse una voz en la historia  argentina. Voces de mujer que aún se escuchan.

Trazar una semblanza de la personalidad de Evita es tarea compleja. En parte, hay que recurrir a sus propias palabras: “Para explicar mi vida de hoy, es decir lo que hago, de acuerdo con lo que mi alma siente, tuve que ir a buscar , en mis primeros años, mis primeros sentimiento. He hallado en mi corazón, un sentimiento fundamental que domina desde allí, en forma total, mi espíritu y mi vida: ese sentimiento es mi indignación frente a la injusticia. Desde que me acuerdo cada injusticia me hace doler el alma como si me clavase algo en ella.”

También hay que hurgar entre los vericuetos de su peculiar relación con Perón: una relación de sinceridad y de simulacro, donde lo auténtico y lo aparente corrían a la par. Diversos testimonios de la época dan cuenta que no parecían comunicarse  entre ellos sino por medio de tapujos  y mensajes cruzados poco diáfanos,  en los que no se sabía si se trataba de dejar ver o de fingir hacerlo para tapar lo esencial.

Borges dijo alguna vez: “Ni Perón era Perón ni Eva era Eva. Eran individuos misteriosos”. ¡Hermosa metáfora!…

Tal vez, Perón era mucho menos Perón de lo que Evita era Evita. Ambos representaron sus papeles  en el mismo teatro de sombras. Pero detrás del simulacro del Hada , había una mujer. Aunque ella era franca y él tramposo, los tornaba similares ese tercer personaje que era su relación.  Empantanados en los eslabones  del  juego interactivo que se dá en llamar una relación de pareja, fueron inseparables en el sentido más cenagoso del término. La carrera por el poder los igualaba, borrando las diferencias entre los ardides de uno y la sinceridad de la otra.

Acaso, la pregunta que se impone es si Perón utilizó la ley de sufragio femenino como una trampa más para servirse  de las mujeres (su esposa y las demás)  o si, por el contrario, fue él quien cayó en la trampa que le tendió Evita, aún mucho más peligrosa porque ella actuaba con franqueza.

Ésta, como tantas otras, son preguntas que aún siguen abiertas.

Tras un largo peregrinaje necrófilo, sus restos descansan en una bóveda de la Recoleta.  Las multitudes ya no se apretujan para tocar el marmol como antes tocaban su piel.  Sólo algunos nostálgicos entrados en años, mujeres casi siempre, van de vez en cuando para prender velitas.

Ahora, pertenece a la Historia…

 

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