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Beatriz Schaefer Peña. Leopoldo Lugones y el día del escritor.

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El 13 de Junio  se celebra en nuestro país el  Día del Escritor como homenaje a Leopoldo  Lugones quien, precisamente, nació un 13 de Junio de 1884 en Villa María del Río Seco, lugar por entonces en litigio entre la Provincia de Santiago del Estero y la de Córdoba, donde finalmente pertenece. Es decir, desde su nacimiento y tal vez regido por ese destino dual del signo natal, toda su vida estuvo marcada por contradicciones. Alguien dijo que Lugones se “rehacía” sin cesar pero, sin embargo, estas oscilaciones de su ser no le variaban la propia sustancia. Seguramente ese deambular interior respondía a una búsqueda continua de sí mismo y que finalmente lo llevó, desde la desolación, a su propia destrucción. Como escritor nos dejó el legado de una obra, a decir de Borges, que es una de las máximas aventuras del castellano. Sus textos estaban dotados de preciosismos, juegos de lenguaje, neologismos y también suntuosidad.

Su libro inicial: “Las montañas del oro”- que alguna vez formó parte del patrocinio de la  Sociedad Argentina de Escritores (SADE), Institución de la cual fue fundador y Presidente-, llevó su nombre a las juventudes de América. Pero la emoción, que siempre lo acompañó, alcanza, quizá, la mayor esplendidez en su obra: “Las Odas seculares”  desde la cual percibimos la agitación armoniosa por la pasión del país. Alguna vez, conversando con Jorge Calvetti, éste  me decía: Nuestro poema nacional es, sin duda, el Martín Fierro, pero nuestro poeta nacional es, sin duda, Leopoldo Lugones.

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El 30 de Julio de 1910 publica su ensayo Prometeo ( Un Proscripto Del Sol) en cuya contratapa puede leerse como Advertencia: “este libro forma parte de mi homenaje al Centenario de la Patria” y en cuyo prólogo nos dice las siguientes palabras ,tan vigentes, por cierto, en el día de hoy: La verdad es que tenemos muy descuidado el espíritu. Confundimos la grandeza nacional con el dinero que es uno de sus agentes. Hemos puesto nuestra honra en el comercio, olvidando que, por su propia naturaleza, el comercio puede llegar a traficar con nuestra honra. El comercio trafica con todo, porque ésta es su tendencia, como el fuego todo lo quema porque ésta es la tendencia del fuego…Ante este grave peligro de la patria, es necesario pensar con claridad y con entereza…Urge sobre todas las cosas, la espiritualización del país…

El 19 de Febrero de 1938 todos nuestros  diarios  dieron  noticias de su muerte, ocurrida el día anterior y sabemos que, por disposición expresa de la familia , no se permitieron discursos en su sepelio, quizá porque Lugones, antes de su agonía, había dejado escrito, entre otras recomendaciones: …Pido que me sepulten en la tierra y sin ningún signo ni nombre que me recuerde… ; pero fue en otro 19 de Febrero, esta vez del año 1993 y a instancias del Dr. Gilberto Molina, por entonces Presidente de la Sociedad Argentina de Escritores,  que los restos de Leopoldo Lugones fueron traslados desde el cementerio de La Recoleta hasta su ciudad de origen: Villa María del Río Seco para descansar, definitivamente, dentro de la montaña que  ahora lo cobija para siempre y que él sentía como una gran madre , desde su estrofa inolvidable: Yo que soy montañés, se lo que vale la amistad de la piedra para el alma.

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Hoy, a setenta y cinco años de su ausencia y en diálogo con poetas amigos, coincidimos en  afirmar que solamente los dos últimos versos del “Salmo Pluvial” que conforma sus “Poemas Solariegos” justifican, ampliamente,  todas las celebraciones a su memoria,  que nos honra como argentinos.

Dejo entonces esta trascripción como una flor al pie de su recuerdo.

SALMO PLUVIAL

Tormenta

                           Érase una caverna de agua sombría, el cielo;

El trueno, a la distancia, rodaba su peñón

y una remota brisa de conturbado vuelo

se acidulaba en tenue frescura de limón.

Como caliente polen exhaló el campo seco

un relente de trébol, lo que empezó a llover.

Bajo la lenta sombra, colgada en denso fleco,

se vio el caudal con vívidos azules, florecer.

Una fulmínea vara rompió el aire al soslayo;

sobre la tierra atónita cruzó un pavor mortal

y el firmamento entero se derrumbó en un rayo,

como un inmenso techo de hierro y de cristal.

Lluvia

Y un mimbreral vibrante fue el chubasco resuelto

que plantaba sus líquidas varillas al trasluz,

o en pajonales de agua se espesaba revuelto,

descerrajando al paso su pródigo arcabuz.

Saltó la alegre lluvia por taludes y cauces,

descolgó del tejado sonoro caracol;

y luego, allá a lo lejos, se desnudó en los sauces,

transparente y dorado, como un rayo de sol.

Calma

Delicia de los árboles que abrevó el aguacero.

Delicia  de los gárrulos raudales en desliz.

Transparente delicia del trino del jilguero.

Delicia serenísima de la tarde feliz.

Plenitud

El cerro azul estaba ragante de romero

y en los profundos campos silbaba la perdiz.

                                                                            Leopoldo Lugones