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Leonor Calvera: Henriétte Ronner Knip, La pintora de gatos.

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Seductores, extraños, centrados en sí mismos, los gatos han sido objeto de tratamientos extremos por parte del ser humano. Se los consideró deidades y se los persiguió hasta llegar al borde del exterminio, Salvajes y domésticos, hubo de pensarse que estaban en posesión de raros secretos. Territoriales y arcanos, fueron la compañía preferida de aquellos que buscaban respuestas a los enigmas del universo. Compañeros de brujas y chamanes, cariñosos e independientes, casi vencedores de la ley de gravedad, imposibles de adiestrar, los gatos, desafiantes y comprensivos, atraviesan los escalones de la historia.

Sus representaciones son innumerables; en piedra o madera, solos o acompañados, en telas o reproducciones digitales, el gato ha sido objeto de una particular atención. Sin embargo, no hay otro artista que iguale en dedicación a Henriette Ronner-Knip en la pintura de gatos.

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La pintora

Hija de Josephus Augustus Knip y de Pauline Rifer, Henriëtte  nació en Amsterdam el 31 de mayo de 1821. Su padre era un reconocido paisajista y dibujante que ganó en 1808 el Premio de Roma en su especialidad. El arte era la atmósfera que se respiraba en ese hogar donde el cabeza de familia impartía lecciones para ganarse la vida. Precisamente esta faceta de educador lo llevó a trasladarse con frecuencia de un sitio a otro. Sin embargo, poco después que Henriëtte cumpliera once años todo comenzó a cambiar.

El padre, separado de su madre desde casi su nacimiento, finalmente se divorció para casarse con Cornelia van Leeuwen, que se había constituido en la verdadera madre de Henriëtte. Sin embargo, el panorama no era nada alentador dado que el padre se encontraba a punto de perder totalmente la vista. Dado que Henriëtte había recibido en su hogar una sólida formación en pintura quedó a cargo de la niña soportar el peso económico de la familia tanto como las obligaciones legales.

No obstante la dura carga que había caído sobre sus espaldas, tuvo fuerzas para dar a conoce públicamente sus trabajos. Tenía diecisiete años, cuando se presentó en Dusseldorf dentro del marco de la Exposición de Maestros Vivos. Y ya por entonces era capaz de producir y vender numerosas obras.

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Retrato de la pintora

La familia estuvo durante años trasladándose de un lugar a otro hasta establecerse finalmente en Berlicum en 1840. Ocho años después fallece Cornelia, tras lo cual vuelve a mudarse, esta vez a Amsterdam. Allí comienza a pintar bosques, animales, granjas. Inicialmente utilizó la técnica de la acuarela aunque luego hubo de decidirse por el óleo. El reconocimiento de sus pares no tarda en llegar: la Sociëtait Arti et Amicitiae, fundada en 1839, -institución clave en el arte de los Países Bajos- le concede el honor de ser la primera mujer admitida como miembro activo,

En 1850 contrae matrimonio con Feico Ronner, cuyo apellido incorporaría a su nombre. Una vez más toma la decisión de mudarse, esta vez a Bruselas. Y una vez más se convierte en el sustento económico de la familia, dado que Feico caía enfermo constantemente. En tanto iban llegando los hijos, seis en total, y el marido administraba las ganancias, Henriëtte se entregaba a la creación, esta vez con un espectro menos amplio, pintando sólo perros y gatos.

Si bien los perros habían tenido ya cabida en sus obras, se trataba de perros de caza en bosques o campos mientras que la nueva etapa los incluía como animales de interior. Su prestigio como pintora de animales era tan reconocido que la reina de Bélgica la comisionó para que pintara a dos de sus perros falderos más queridos. El éxito fue enorme, lo cual le valió que el emperador Guillermo I de Alemania, la princesa María de Hohenzollern y la duquesa de Edimburgo, entre otros personajes, le encargaran tanto retratos propios como la pintura de sus mascotas.

Su madre, Pauline, se había dedicado a pintar pájaros. Su hija, alrededor de 1870, comienza a pintar los cuadros de gatos que ganarán una gran fama. En los últimos años de su vida, se dedicó a observar a los gatos y perros que tenía en su jardín para luego realizar pequeñas esculturas de papel con una pose determinada que luego colocaba en los accesorios de interior para finalmente, reproducirlos en sus cuadros.

Tres de sus hijos, Alfred, Alice y Emma, aunque recogieron sus enseñanzas artísticas, casi no incluyeron animales  en sus pinturas costumbristas. Junto a ellos, Henriëtte realizó varias exposiciones.

Galardonada con la Orden de Leopoldo en 1897, miembro de la Orden de Orange-Nassau en 1901, sus cuadros trascendieron las frontera de su país, exhibiéndose en galerías y museos extranjeros tanto durante su vida como después de su muerte, ocurrida en Ixelles el 28 de febrero de 1909.


Los gatos

La existencia de Henriëtte Ronner Knip estuvo signada por el trabajo y las obligaciones, Obligaciones que afrontó con valor y sin quejas ni aparentes resentimientos. Esa aceptación sin cuestionamientos ¿se reflejó también en su obra? La respuesta tiene varias facetas que se complementan y, a la vez, se contraponen.

La mayoría de las pinturas de Henriëtte pertenecen al género de retratos, sean éstos de personajes humanos como de animales. Se trata de un género de prosapia milenaria, cuando las antiguas civilizaciones honraban a los personajes destacados tratando de inmortalizarlos en piedra, metal o arcilla. La intención no era mostrar la auténtica fisonomía sino diseñarlos de modo tal que inspiraran pensamientos de nobleza y reverencia. Esa misma línea se continuó durante siglos, siendo los elegidos personajes de las monarquías o figuras destacadas en el manejo en general de los asuntos públicos. No obstante, también existieron excepciones sobresalientes, como la Mona Lisa de Leonardo.

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Los siglos XVIII y XIX contemplaron el auge de los retratistas. Goya, Degas, Ingres, Corbet pintaban figuras aisladas o en grupo, guiados por su sentido del arte, no por el dinero ya que algunos, como Monet o Renoir, que carecían de recursos, usaron a sus familiares y amigos como modelos. Lo cierto es que, para la mayoría de ellos, su gran fuente de recursos eran los trabajos por encargo.

Henriette Ronner Knip vivía de su trabajo y con él mantenía a su familia, por lo tanto, sus capacidades debían adecuarse a los gustos de quines realizaban los encargos, vale decir, se hallaba en una posición ambivalente entre mostrar lo mejor de lo que tenía ante sus ojos  sin por ello dejar de volcar su propia percepción. Ese balanceo entre el exterior ajeno y el interior propio que, de algún modo, aparece en todos sus  pinturas, cobra un relieve inusitado en sus cuadros de gatos.

Decía Aristóteles:”El objetivo del arte no es presentar la apariencia externa de las cosas, sino su significado interno; pues esto, y no la apariencia y el detalle externos, constituye la auténtica realidad”. La realidad en sí de los gatos de Henriëtte es probable que permanezca ignorada por siempre pero lo que sí transparentan es la realidad íntima de la artista.

Entornos cómodos, muelles, limpios, acogedores, calmos. Ámbitos cerrados donde no urge la prisa de conseguir el sustento diario. No hay peligros que eludir ni enemigos que enfrentar.  El panorama es tranquilo pero monótono. Sólo existe la mirada del amo/a- cuyo designio más destacado es mantener la prisión.

Los gatos, por lo general cachorros, ejecutan algunos rituales de juego dentro de lo permitido. Son educados y afectuosos. No se les permite ningún gesto que pudiera romper la armonía. Son animales de interior, viviendo en clave de sumisión.

Lejos han quedado los gatos sagrados que acompañaron a las grandes deidades. Lejos ha quedado la sonrisa irónica que se desvanece e el aire del gato de Cheshire. Lejos han quedado los gatos que peleaban por la supervivencia en una Europa que los perseguía y quemaba por creerlos maléficos compañeros de las brujas. Lejos han quedado los gatos cuyo único alimento es lo que puedan cazar. Mucha distancia hay entre estos gatos y el gato diseñado por Ralph Chaplin: Negro, con la espalda arqueada y los pelos de punta, mostrando los dientes y las uñas como inequívoca señal de lucha contra los poderes del capitalismo salvaje.

Los gatos por encargo que pinta Henriëtte están adaptados a las exigencias de los ricos y poderosos. Todos han de mostrar su parte amable, tierna, encantadora. Sin embargo, algo disuena en ese panorama: los ojos.

“Magnéticos, atragantes, visionarios, se reputaba que los ojos del gato podían ver de noche, lo cual los convertía en buenos custodios. Por ello, en antiguo cementerios de Besi Hasan se encontraron pequeñas imágenes de gatos, de ojos prominentes, sentados en actitud de vigilancia.

El felino recibió los apodos de ‘vigilante de la noche’  y ‘destructor de los enemigos de Osiris’, tanto por su pitad para la guardia como por su extrema sensibilidad a las influencias astrales.

Según Plutarco, que repetía conceptos de Cornelio Agrippa, los ojos del gato se agrandan o achican de acuerdo a las fases de la luna, lo cual lo convierte asimismo en un excelente visionario. Capaz de entrever aquello que se mueve en dimensiones que no son las binarias. O, tal vez, pasar él mismo de una a otra dimensión. Quizá se deba a esta facultad de desvanecerse súbitamente a la vista humana que, si un gato se aparece en sueños, suele ser interpretado, desde el psicoanálisis, como la parte femenina asociada al pensamiento intuitivo no racional.

Asimismo, distintas culturas han sostenido que los ojos del gato 1coadyuvan en rechazar un conjunto de fenómenos desfavorables y, por el contrario, en favorecer los positivos. Tanta es su fuerza que a una piedra de cuarzo se la denomina, precisamente, ‘ojo de gato’. Los árabes creían que ese crisoberilo de variados colores podía causar la invisibilidad de quien lo usara incorrectamente. De modo más modesto, en otras culturas, incluso en la moderna occidental, al ojo de gato se le atribuyen propiedades como erradicar las malas influencias, fortalecer la salud y prevenir enfermedades. También atrae el éxito y la fortuna y es eficaz para combatir los contratiempos. En otra faceta, se asocia el crisoberilo u ‘ojo de gato’ a la disciplina interior y el autocontrol.”1

Los ojos de los gatos que pintó Henriëtte Ronner Knip han perdido toda fiereza, toda magia. No curan ni desaparecen secretamente. Están velados por una melancolía infinita. Son ojos confinados en la seguridad; como quien los pinta, han dejado atrás la rebeldía. Responden a las órdenes y mandatos de una sociedad que no admite lo que no comprende, lo que no puede encaminar dentro de las normas impuestas.

La gran Henriëtte, como sus gatos, aceptó someterse a las exigencias de su tiempo y lugar. Y lo hizo con pleno éxito, dejando una obra galardonada que excede el centenar de cuadros.  Pero su verdadero legado está en esos ojos melancólicos de los que ha huido la verdadera libertad.

 1 LEONOR CALVERA. Memorias y olvidos.  Buenos Aires. 2017.

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